¡Entonces es un chico... genial! Por fin, una vez mi paranoia se equivoca para bien. Y no cualquier equivocación: una que deja mariposas en el pecho y preguntas flotando como pétalos en el aire. Me contengo para no saltar de emoción. Sigo observando desde el borde de las escaleras, con los ojos bien abiertos y el alma en puntillas. Retrocedo sin dejar de mirar a mis padres, intentando pasar desapercibida en mi propio acto de espionaje doméstico. Pero al dar un paso hacia atrás, siento algo extraño debajo del pie. Es como si la planta se hubiese hundido en una textura que no pertenece al suelo. Un segundo después, un leve ardor me sacude el tobillo. -¡MIAUUU! -grita Bartolomé, con toda la furia de un emperador felino cuyo territorio ha sido invadido. ¡Oh, por favor! No puede ser. Le pisé

