Capitulo 8

856 Words
¡Entonces es un chico... genial! Por fin, una vez mi paranoia se equivoca para bien. Y no cualquier equivocación: una que deja mariposas en el pecho y preguntas flotando como pétalos en el aire. Me contengo para no saltar de emoción. Sigo observando desde el borde de las escaleras, con los ojos bien abiertos y el alma en puntillas. Retrocedo sin dejar de mirar a mis padres, intentando pasar desapercibida en mi propio acto de espionaje doméstico. Pero al dar un paso hacia atrás, siento algo extraño debajo del pie. Es como si la planta se hubiese hundido en una textura que no pertenece al suelo. Un segundo después, un leve ardor me sacude el tobillo. -¡MIAUUU! -grita Bartolomé, con toda la furia de un emperador felino cuyo territorio ha sido invadido. ¡Oh, por favor! No puede ser. Le pisé la cola. Y no fue un roce delicado: fue una pisada completa. Lo miro horrorizada mientras él me lanza una mirada asesina, de esas que sólo los gatos saben ejecutar. Parece estar diciendo: "Esto no lo olvidaré jamás". Sin pensarlo, lo cargo en brazos y salgo corriendo a mi cuarto, como quien huye con el testigo del crimen. No sé si es por miedo, por vergüenza o por pura costumbre, pero lo hago con fuerza, determinación y pasos que retumban en el suelo. Al salir del pasillo, giro la cabeza y veo que mis padres, desde el primer nivel, me observan. Ya me vieron. No hay escapatoria. La sorpresa está arruinada. El sigilo es historia. Me apresuro, cada escalón es una declaración de guerra contra el misterio. Llego a mi cuarto. Abro la puerta, me deslizo dentro con Bart en brazos y la cierro con un golpe seco. Luego aseguro la cerradura como si estuviera defendiendo un secreto de Estado. -¡Carajo, eso no puede volver a pasar! -le digo al gato, aún entre risas y sobresalto. Bartolomé me observa con sus ojos grandes, brillantes, dilatados como si aún estuviera procesando la humillación. El silencio que emite es ruidoso. Lo dejo en el suelo con delicadeza, intentando redimirme, y me acerco a la cama buscando un poco de descanso. Pero justo cuando estoy a punto de hundirme en las sábanas, el teléfono suena. El sonido me sobresalta como un trueno en plena noche silenciosa. Salto hacia el colchón y agarro el celular como si fuera un artefacto sagrado. Desbloqueo el patrón con movimientos mecánicos, y entonces aparece: > "Píntame una noche blanca... como las que tú sueles hacer... > ATTE: Tu Poeta Triste" Mi corazón da un giro. Una vuelta completa. Una voltereta emocional. No hay número visible. Es un mensaje de texto. Solo esas líneas, como escritas en una nube. ¿Por qué por SMS? ¿Por qué tan fugaz? Reviso los mensajes anteriores. Nada. No hay historial. No hay contexto. No hay más. Solo esa súplica poética. Esa petición que no sé si interpretar como una declaración, una confesión o una invitación. Me quedo en silencio. La habitación parece haber cambiado de textura. Como si las paredes ahora estuviesen hechas de papel y cada palabra del mensaje hubiese impregnado el aire. "Píntame una noche blanca..." ¿Qué significa eso? ¿Una noche blanca como las de los poemas? ¿Una noche cargada de nieve emocional, de reflejos suaves, de ese tipo de abrazo que sólo existe cuando todo afuera se congela? Me siento en la cama con las piernas cruzadas, y Bart se acomoda a mi lado sin decir nada. Su respiración es calma. Su pelaje tibio. Él es mi termómetro emocional, y ahora mismo parece estar en modo sintonía poética. -¿Tú qué dices, Bart? ¿Crees que ese chico volverá a venir a la casa? Bart parpadea lento, como si la respuesta requiriera pausa. No maúlla. No gruñe. Solo me mira. Y en sus ojos hay algo que no sé si es sabiduría felina o puro misterio. Cierro los ojos un instante. La frase resuena de nuevo: "como las que tú sueles hacer". Él ha visto algo mío. Lo sabe. Me conoce. O me intuye. Y eso, para alguien como yo, ya es una forma de amor. Las manos me sudan. Reviso el mensaje una y otra vez. ¿Y si contesto? ¿Pero cómo, si no hay número? ¿Y si espero? ¿Y si mañana hay otro mensaje? ¿Y si papá vuelve a cruzarse con él en la calle? ¿Y si... Bart me da un golpecito con la cabeza. Una especie de cabezazo suave, como diciendo: "Ya basta de pensar, Magda. Vive la escena." Me recuesto. El celular en la mano, la luz de la lámpara tenue, el gato ronroneando, y una nota flotando en el aire que acaba de abrir un portal. No sé quién es "Tu Poeta Triste". No sé si volverá, si se atreverá a firmar con nombre, si algún día se acercará en persona. Pero ahora lo sé: hay alguien que me ve, que me escribe, que me sueña. Y esa noche, en mi habitación, ese solo hecho bastó para que el corazón pintara su propia noche blanca.
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