Capitulo 10

976 Words
Apago la luz de mi habitación con un movimiento lento, casi ceremonioso, como si con ese gesto apagara también el día que se resiste a marcharse. El interruptor emite un leve chasquido y la oscuridad se derrama por las paredes, suave y envolvente, como tinta que borra los bordes del mundo conocido. Me deslizo bajo las sábanas, sintiendo el roce frío del algodón contra mi piel aún tibia, y acomodo mi cuerpo en una posición fetal, buscando el consuelo de la quietud, el silencio, la pausa. Pero hay una presencia que despunta entre las sombras: la luz blanca y artificial del teléfono, que aún permanece encendida y proyecta su resplandor sobre mi rostro como una especie de interrogatorio silencioso. Sostengo el celular entre las manos, en ese espacio íntimo que existe entre el insomnio y la expectativa. La pantalla brilla con una intensidad casi molesta, como si supiera que estoy atrapada en la tensión de la espera. Abro una vez más la bandeja de mensajes. Reviso las conversaciones recientes con una ansiedad contenida, buscando una señal, una frase nueva, una palabra perdida entre las líneas del "chico enigma" que ha trastocado mi noche. Vuelvo a leer lo último que me escribió, despacio, casi deletreando cada sílaba, intentando descifrar el tono oculto en sus palabras. ¿Está jugando conmigo? ¿Es un acertijo disfrazado de ternura? ¿Es él, o son varios los que habitan ese nombre inventado? Pasan los minutos. Largos, densos, como si el tiempo se hubiese dilatado en una especie de suspensión expectante. La pantalla permanece en silencio. Nada se mueve. El ícono de "escribiendo" no aparece. Mi mente, sin embargo, no cesa. Recorre escenarios, reconstruye posibles identidades, enlaza pistas con recuerdos, con gestos y palabras que alguien me dijo alguna vez. Pero ya es tarde, y la lucidez comienza a deshacerse entre el cansancio. Suelto el teléfono como si me rindiera ante la incertidumbre, lo dejo caer suavemente sobre la mesa de noche. Cierro los ojos con la intención de iniciar el descenso hacia el sueño, de abandonarme por fin al reposo. El cuarto está en silencio. Solo el crujir ocasional del techo y el ronroneo tenue del ventilador y el de Bartolomé acompañan mi respiración. Pero apenas mis párpados se tocan y la oscuridad interior comienza a tomar forma, el teléfono vibra. Es un estremecimiento repentino, casi violento, que corta la quietud como una cuchillada precisa. Me incorporo de un brinco, como si alguien hubiese gritado mi nombre en medio del bosque. Mi corazón late con fuerza, la sangre parece golpearme en las sienes. Extiendo la mano y tomo el dispositivo. La pantalla brilla de nuevo, como un ojo que no deja de mirar. Y ahí está. "¡Ey! Magda. Buenas noches. Descansa, princesa de mis sueños. ATTE: Tu poeta triste." Lo leo una vez, dos, tres. La frase me golpea con una mezcla de ternura y desconcierto. Hay algo en ella que roza la cursilería, pero también algo profundamente íntimo, como si el autor conociera el lenguaje exacto con el que vibran mis emociones cuando nadie las escucha. "Tu poeta triste". ¿Quién se autodenomina así? ¿Qué historia lleva detrás ese apodo? ¿Es una máscara, una declaración, una provocación? Me quedo mirando fijamente el mensaje. Los latidos del corazón comienzan a estabilizarse, pero la mente se agita como un pájaro encerrado. ¿Quién es? El tono parece familiar, pero al mismo tiempo impersonal. Un guiño que parece apuntar a alguien cercano, quizás demasiado cercano. Y de pronto se desliza una sospecha. Ya sé de qué me está hablando este chico... o al menos creo saberlo. Si mis intuiciones son correctas, podría ser cualquiera de mis amigos más íntimos: esos con los que comparto gestos, secretos, complicidades. ¿Es un juego entre nosotros? ¿Un pacto tácito de anonimato, de seducción velada? La noche avanza, pero algo se ha alterado. No logro dormirme. El mensaje flota como una luciérnaga luminosa en mi mente. Aun así, me obligo a cerrar los ojos, intento regular la respiración, acompasar el latido al silencio de la habitación. Bartolomé, el gato, duerme hecho un ovillo a los pies de la cama, ajeno a mis inquietudes, confiado en la estabilidad de lo cotidiano. Y entonces, sin previo aviso, algo me despierta en plena madrugada. No sé cuánto tiempo ha pasado ni por qué he abierto los ojos, pero estoy completamente alerta. La habitación está sumida en una oscuridad espesa, casi líquida. No hay ningún sonido perceptible. Las luces continúan apagadas. El teléfono reposa donde lo dejé. No hay vibraciones ni notificaciones nuevas. Solo el silencio, y algo más... algo inasible. Me incorporo con cuidado, tratando de identificar lo que pudo haber interrumpido mi descanso. Miro a mi alrededor. La silueta de los muebles se dibuja apenas contra la sombra. Bartolomé sigue allí, inmóvil, dormido. Pero hay algo que no encaja. Algo ha cambiado. No sé si fue un sueño, una sensación, un pensamiento que tocó demasiado hondo. Este tipo de despertares no son característicos en mí. No se trata de un ruido, ni de un sobresalto. Es una especie de vacío que se ha posado en la atmósfera. Un hueco invisible, como si alguien hubiese estado aquí y se hubiese marchado sin hacer ruido. La ausencia pesa más que la presencia. Me siento al borde de la cama y me abrazo las piernas. El frío de la madrugada roza mis tobillos. Mi mente repasa, sin éxito, posibles causas. Pero no hay racionalidad que pueda explicarlo. Algo ha alterado mi sueño. Algo me ha convocado desde dentro. Y aunque no puedo nombrarlo, lo sé: no es sólo el mensaje lo que me inquieta, es el espacio que ha dejado su eco. Es la intuición de que hay algo más allá de lo visible. Algo que respira entre líneas. Entre sombras. Entre gestos suspendidos en el aire.
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