Me despierto sin saber muy bien por qué. No hay ningún sonido que me alerte ni una luz repentina que me haya sacado del sueño. Solo una extraña sensación de presencia, como si algo invisible hubiera rozado mi conciencia. Me incorporo lentamente, sintiendo la tela tibia de las sábanas deslizarse por mi piel, y permanezco unos segundos sobre el colchón, inmersa en ese limbo entre la vigilia y el letargo. Mis ojos, aún pesados por el sueño interrumpido, se dirigen hacia la pared blanca frente a mí. No hay nada en ella, ni cuadros, ni sombras que proyecten figuras inquietantes. Pero me esfuerzo por concentrarme, por anclar la mente a algo tangible, algo que me devuelva cierta quietud.
Sin propósito claro, me dejo caer otra vez sobre la cama, como si el cuerpo supiera mejor que yo que no hay respuestas fuera de ella. Busco el calor de Bartolomé, que reposa en su rincón habitual como una presencia silenciosa y confiable. Lo abrazo con ternura, como si fuera un peluche encantado, una criatura mágica que sabe cómo devolverme a tierra. Al sentir el contacto, él se incorpora con la delicadeza de quien conoce mi ritmo y se acomoda sobre mi pecho, desplegando un ronroneo potente, casi terapéutico. La vibración de su cuerpo es rítmica, envolvente, como un mantra natural. Su pelaje, suave y ligeramente perfumado por el hogar, roza mi cuello, y por un instante me dejo arrullar por ese gesto simple y doméstico.
Pero esta vez, ni el ronroneo ni la cercanía logran aquietar la marejada mental que me habita. Algo no está bien. Es como si una corriente eléctrica estuviera recorriendo mi interior, como si el descanso fuera una puerta que se niega a abrirse del todo. Mis pensamientos vuelan de forma desordenada: el mensaje, la noche, la incertidumbre que se desliza entre los objetos callados de la habitación. En algunos momentos, el cuerpo cede ante el agotamiento y los párpados caen, obedientes. Pero apenas se juntan, una sensación de inquietud se apodera de mí con violencia sutil. Es como si la oscuridad trajera consigo un llamado que no sé descifrar.
Me siento dividida entre la necesidad de permanecer en la cama y el impulso de moverme, de hacer algo que me devuelva cierta claridad. Quizás un té, quizás sentarme frente a la ventana con un libro. Sin embargo, no sé qué actividad podría ofrecer consuelo en esta hora incierta, donde todo parece suspendido. La oscuridad que envuelve la habitación se ha vuelto más densa, como si tuviera peso. Es una oscuridad que no solo tapa la luz, sino que también parece absorber el tiempo, la orientación, el sentido mismo de estar despierta.
Me giro con lentitud y miro hacia la ventana, tratando de encontrar alguna señal que me ubique en el mundo. Pero desde mi posición solo puedo ver un n***o total, sin estrellas, sin luna, sin contornos. La noche parece sin fondo, sin límites. Una especie de manto que se ha posado sobre todo y que no permite ver ni hacia afuera ni hacia adentro. Me pregunto qué hora será. Intento recordar si escuché las campanadas de la medianoche o el canto lejano de los gallos. Pero no hay rastro de sonidos familiares. Solo la habitación, silenciosa, expectante.
Siento la necesidad de revisar mi teléfono. Tal vez la hora, una notificación, un nuevo mensaje, cualquier cosa que dé sentido a esta vigilia. Muevo la cabeza suavemente de lado a lado, explorando con la mirada cada rincón visible. Pero no logro encontrar el dispositivo. No está sobre la mesa de noche, ni sobre el escritorio, ni cerca de la almohada como suelo dejarlo. La confusión se mezcla con una pereza que se siente ancestral, como si mi cuerpo supiera que no hay nada fuera que valga el esfuerzo de levantarse.