Capitulo 12

1322 Words
Mientras continúo abrazando a Bartolomé, siento el calor de su cuerpo vibrar tenuemente contra mi pecho, como si sus sueños respiraran despacio a través de su pelaje. El silencio de la noche se hace más denso, como un líquido espeso que me rodea mientras mi mente comienza a despegarse de la superficie del momento. No hay ruido, salvo ese minúsculo zumbido que parece nacer dentro de mí, ese diálogo interior que insiste en desplegar sus hilos cuando lo único que deseo es dormir. Sin embargo, el sueño se ha vuelto esquivo esta noche, y yo, atrapada en esta quietud vigilante, me dejo llevar por la corriente de pensamientos que surgen como burbujas. Pienso en las tareas que quedaron a medias, en los correos sin respuesta, en esa reunión que olvidé confirmar, en la ropa que espera doblada desde hace tres días sobre una silla. Pienso también en el clima, en la humedad que se cuela por las rendijas, y en los platos que quedaron sin lavar porque preferí fingir que el tiempo podía detenerse. Todas esas pequeñas piezas del rompecabezas cotidiano empiezan a adquirir un peso que se siente excesivo en este instante de vulnerabilidad. Es posible que sea precisamente eso lo que me mantiene despierta: una acumulación invisible de cosas pendientes que, al hacerse presentes de golpe, me despojan del descanso como si estuviera pagando una deuda silenciosa. Bart se remueve ligeramente y me aferro a su cuerpo con más ternura. Su respiración acompasada me da algo de paz, como si él, en su mundo de felinos sueños, supiera mantenerme a salvo de los pensamientos que intentan invadirme. Pero no basta. El insomnio no cede. Así que, finalmente, llego a una conclusión que se vuelve inevitable: no tiene sentido permanecer en la cama si el sueño no viene. No quiero perturbar la serenidad del cuarto, ni mucho menos el descanso de Bartolomé, así que con una lentitud ceremonial aparto su cuerpo de mi pecho y me deslizo hacia el borde de la cama. La sábana me roza la piel como si fuera una advertencia, pero la ignoro. Piso el suelo frío con cautela, procurando que cada movimiento sea silencioso, casi ritual. Camino hasta la ventana, atraída por ese rectángulo oscuro que conecta mi mundo con el exterior. El cristal está ligeramente empañado. Apoyo la frente contra él, y el contraste con el frío me hace cerrar los ojos un instante. Afuera, las luces de la ciudad titilan tímidamente, como si también ellas estuvieran dudando entre el sueño y la vigilia. Me sorprende cuánto puede ofrecer una madrugada cuando se la observa sin distracciones: hay una forma de belleza melancólica en estos minutos suspendidos, una vibración que sólo se revela cuando el mundo duerme. Inhalo profundamente. El aire está cargado de humedad y algo más difícil de nombrar: una especie de nostalgia anticipada, como si la noche estuviera recordando cosas por mí. Me quedo ahí un rato, sin medir el tiempo, dejándome envolver por esa presencia silenciosa que a veces se parece a una respuesta. No sé si hallaré la claridad que busco, pero la posibilidad de estar en pausa ya es un alivio. Quiero saber qué hora es, pero al mirar alrededor descubro que mi teléfono no está donde usualmente lo dejo. Vuelvo a la cama casi en puntillas, guiada por una mezcla de pereza y afecto. Me resisto a encender la luz, no sólo por Bartolomé, que sigue dormido enroscado en la misma posición de antes, sino porque algo en la penumbra me resulta acogedor. No quiero romper la atmósfera nocturna con un destello impertinente. Busco entre las sábanas y las almohadas con la mano extendida, y justo cuando estoy por rendirme, siento la familiar textura del teléfono bajo mi muñeca. -¡Ah! -susurro, como si mi alivio pudiera despertar a alguien. Afortunadamente, no necesito incorporarme del todo. Solo alargo el brazo con la precisión de quien no quiere que se disuelva la magia de ese instante. Las yemas de mis dedos rozan el borde del dispositivo, lo arrastro lentamente hasta mí y lo sostengo entre las manos como si fuera algo frágil, como si contuviera respuestas más profundas que un simple dato horario. Me aseguro de bajar el brillo de la pantalla antes de encenderla. No quiero que Bart se despierte. No quiero que el cuarto se transforme. Prefiero que todo permanezca como está: suspendido entre el calor de su cuerpo y el misterio de lo que aún no sé. -Esto se está volviendo incómodo -murmuro, rompiendo sin querer el encanto del momento mientras observo los dígitos en la pantalla con una mezcla de resignación y ternura. El reloj marca una hora absurda, una de esas que sólo existen para quienes habitan el insomnio. Pero al menos estoy aquí, acompañada por la presencia tibia de Bartolomé y por esta oscuridad que, lejos de asustarme, parece entenderme. Encendí el dispositivo, y la pantalla iluminó tenuemente mi rostro con ese resplandor azul que siempre parece fuera de lugar en la penumbra. Dibujé con el dedo el patrón que ya casi ejecuto por pura memoria muscular, sin pensar. Cuando el sistema reconoció la forma y liberó el acceso, apareció la hora: 4:49 A.M. Por un instante, creí que era más temprano, que aún había espacio para entregarme al sueño con cierto margen de indulgencia. Pero no. La aurora ya está al acecho en algún rincón del cielo. -No queda mucho para que comience a salir el sol -musité con una mezcla de resignación y ternura, como quien acepta que la noche está perdiendo su poder. Me quedo mirando la pantalla, sin un objetivo concreto. No hay notificaciones urgentes, ni mensajes pendientes, sólo la hora suspendida como un número sin destino. Pasan unos segundos, tal vez más, hasta que la pantalla se apaga de forma automática. El sonido suave, como el estallido de una burbuja minúscula, rompe el ensimismamiento y me devuelve con dulzura al cuarto, como si un hilo invisible me tirara hacia la realidad. Respiro hondo. Me cuesta entender por qué estoy tan despierta si no hay nada que atender con urgencia. Quizás por costumbre, por ese reflejo adquirido de vivir pendiente de lo siguiente. Decido consultar mi agenda, más por confirmación que por necesidad. Reinicio el teléfono para acceder a la aplicación donde organizo mis jornadas. La pantalla tarda unos segundos en revivir, como si también estuviera sacudiéndose el letargo. Mientras se carga, repaso mentalmente lo hecho ayer: trabajé desde temprano, encadenando tareas como cuentas en un collar. Cierres pendientes, correos, documentos, llamadas. Todo fue abordado, completado, tachado. Incluso avancé con las obligaciones de la semana próxima, como quien anticipa una tormenta que nunca llega. Hoy debería ser, oficialmente, un día de tregua. Una pausa justificada tras el vértigo reciente. Un respiro merecido. Lo pienso, lo reconozco... pero no logro entregarme del todo a esa calma. El impulso de estar alerta no se apaga tan fácilmente. Miro el teléfono un momento más, luego lo deposito a un lado, con la pantalla hacia abajo, como si eso fuera suficiente para marcar una tregua con el mundo. Pero el gesto no surte efecto. El sueño no regresa. No hay somnolencia que me tome por sorpresa ni postura que me devuelva a la tibieza de los sueños. Me muevo con suavidad, rotando el cuerpo sobre la cama como quien busca un punto de gravedad distinto, una alineación secreta entre columna, almohada y esperanza. Nada funciona. -Qué frustrante. Ahora que no tengo nada que hacer, no sé cómo pasar el tiempo -dije con cierto fastidio, rompiendo el silencio que parecía haberse acomodado como un huésped invisible en mi habitación. Bartolomé, con su sensibilidad felina, percibe el cambio. Agita sus orejitas con un gesto casi musical, como si sintonizara una frecuencia distinta en mi voz. Despierta de su descanso sobre mi pecho, estira sus patas delanteras con lentitud, en un ritual que mezcla elegancia y somnolencia, y luego se acomoda a mi lado, enroscándose
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