La luminosidad no es lo suficientemente intensa como para deslumbrarme, pero tampoco tan tenue como la de una vela antigua. Es esa luz intermedia, cálida como un recuerdo, suave como una caricia en la penumbra. La lámpara emite su resplandor rojizo con una especie de discreción cómplice, perfecta para noches como esta, en las que el mundo parece suspendido en un intervalo incierto entre el desvelo y el sueño. Observo las pequeñas figuras que coloqué con esmero sobre su pantalla: animales diminutos, recortados con paciencia, cada uno con una historia secreta adherida a sus contornos. Cuando la luz los atraviesa, sus sombras se proyectan sobre las paredes y el techo, transformándose en un desfile de siluetas danzantes: ciervos, gatos, peces, aves mitológicas. Un teatro de sombras doméstico que convierte el cuarto en una caverna encantada.
Y pienso, con la certeza tranquila que traen las madrugadas largas, que la mejor opción en momentos así es pintar. No para crear algo concreto, sino para deslizarme dentro del instante, para dejar que los colores se mezclen con las horas suspendidas.
Me levanto con cuidado de la cama, intentando no mover demasiado el colchón para que Bartolomé no se incomode. Él dormita todavía, enroscado como un globo tibio, apenas perceptible bajo el edredón. Avanzo despacio hasta el armario que se encuentra cerca de la puerta, donde guardo mis materiales. Lo abro como si desenterrara un tesoro: pinceles, lienzos, frascos, papeles manchados de pigmento. Tomo el lienzo con la mano izquierda, acaricio la textura de su superficie como quien sopesa un secreto. Lo coloco a un lado de mis pies, con cuidado, y me pongo en cuclillas para buscar el óleo, que guardo en la parte baja de un gabinete algo desgastado por el tiempo.
Al abrir la gaveta inferior, se revela el corazón colorido de la noche. Las tres cajas de óleo están alineadas como pequeños cofres mágicos. Cada una contiene cincuenta paletas distintas, lo que suma ciento cincuenta tonos que esperan como centinelas de un reino desconocido. Aún no sé qué voy a pintar; no hay una imagen clara en mi mente, sólo una urgencia silenciosa, una necesidad de movimiento, de mezcla, de huella. Tomo las tres cajas, abrazándolas con torpeza, junto a pinceles y lienzo. Me incorporo con esfuerzo, sintiendo cómo el vértigo me sorprende como siempre: esa breve sensación de que el mundo gira con más velocidad de la que puedo procesar.
-Vaya, no puede ser que cada vez que me levanto me dé este vértigo tan intenso -susurro, con la voz quebrada por el desconcierto. Me quedo un momento inmóvil, esperando que la habitación se detenga.
Cuando finalmente mi visión se estabiliza, sostengo los objetos con mayor firmeza, sintiéndolos más pesados, más presentes. Camino lentamente hacia la cama, hacia Bartolomé, buscando una señal que me inspire, una forma, un color. Él, que hasta hace poco dormía profundamente, percibe mis pasos y levanta la cabeza con un gesto errático, entre el sobresalto y la curiosidad. Sus orejas se alzan, sus ojos verdosos brillan en la penumbra como fragmentos de jade.
Me inclino hacia él, con una ternura casi infantil, y le doy un beso entre las orejas. El sonido se extiende como una nota musical, redonda y suave. Bartolomé se acomoda de costado, enroscando su cuerpo con elegancia felina, como un caracolito peludo que se protege del frío. Sus orejas se mueven ligeramente, atrapando los murmullos del cuarto como antenas delicadas. Me mira fijamente, sin juicio, sólo con esa presencia firme que los gatos ofrecen cuando deciden acompañarte sin preguntar.
-¡Y recuerda! -le digo con cariño, tocándole suavemente el lomo-. Te amo, mi Barty.
-Miau -responde, en ese tono suyo que no es queja ni afirmación, sino una aceptación tácita de todo lo que soy.
Con una sonrisa suave dibujada en el rostro, me estiro perezosamente, sintiendo cómo el cuerpo agradece el movimiento después de tanto rato inmóvil. Dejo con delicadeza todos los útiles de pintura sobre la cama, acomodándolos como si fueran piezas de un ritual sagrado. Apago la lámpara con un gesto lento, casi reverente, y su luz se desvanece como un suspiro que se guarda en los rincones del cuarto. Todo queda en penumbra.
Recojo nuevamente los materiales: el lienzo aún vacío como una promesa, los pinceles, las cajas de óleo. Salgo de la habitación con pasos suaves, casi ceremoniales, cerrando la puerta con la misma cautela con la que se cierran las escenas importantes en una obra de teatro. Al hacerlo, noto un detalle que me hace frenar en seco. Las luces del pasillo y de la sala están encendidas. Todas. Como si la casa hubiera despertado antes que nosotros.
Pienso en mamá. Tal vez decidió madrugar para preparar café, como suele hacer en esos días en los que la memoria se le agita. Sí, debe ser eso. A papá no se le habría olvidado apagar las luces, nunca. Pero hay algo que no encaja. El aire se siente distinto, cargado de una vibración sutil, como cuando se entra a una habitación donde ha habido alguien pero ya no queda nadie. Me quedo quieta unos segundos, escuchando.
Desde la cocina comienza a sonar música. No un hilo melódico discreto, sino algo mucho más estridente. Bajo las escaleras con cautela, como quien se adentra en una escena que aún no sabe si es sueño o realidad. La música se vuelve más clara. No puede ser... ¿Maneskin? ¿A esta hora? El bajo retumba como si quisiera desarmar las paredes de la planta baja. Cada paso me acerca a algo que no entiendo.
Cuando llego al último escalón, me detengo. Desde ahí puedo ver parte del comedor. Lo que aparece ante mis ojos no tiene lógica: un auténtico desastre se ha instalado en la mesa. Platos vacíos, cubiertos con restos de comida, servilletas arrugadas como flores marchitas, una botella tumbada en el suelo. Hay pan desmigado en las sillas, manchas de salsas en el mantel que apenas cubre la superficie. Parece el vestigio de una reunión frenética, como si un grupo hubiera irrumpido sin aviso y celebrara algo que nadie más comprende.
Me detengo detrás de una de las paredes, cubriéndome con discreción. Miro hacia la cocina, de donde la música todavía se derrama como un río ruidoso. Me asomo con nerviosismo. El espacio está iluminado, pero no hay nadie a la vista. Ni mamá, ni papá, ni sombras. Sólo el eco de la canción Mamma Mia que acaba de detenerse abruptamente, como si alguien hubiera quitado el disco de golpe. El silencio que queda después es más inquietante que la música misma.
Coloco mis pertenencias sobre la mesa más cercana, sin hacer ruido. Me acerco a uno de los cuchillos que aún está sobre los platos revueltos. Lo tomo con la mano izquierda. Tiene restos de masa de pan, un hilo de mostaza que ya se ha comenzado a secar. El peso del metal entre mis dedos me transmite una sensación extraña: es práctico, útil, pero también simbólicamente inquietante. No quiero usarlo, pero tampoco quiero estar sin nada con qué defenderme.
Avanzo despacio hacia la cocina, sintiendo cómo la adrenalina comienza a subir por mi cuerpo como una marea invisible. Cada paso es un latido. La madera cruje bajo mis pies. El aire parece detenerse, espeso como una tela que me envuelve. Estoy tan alerta que cada mínimo ruido se convierte en amenaza: el roce de una cortina, el golpeteo de una gota en el fregadero.
Mi corazón golpea el pecho como una puerta que alguien intenta abrir desde dentro. Es una sensación extraña... como si estuviera entrando en una dimensión paralela donde todo lo familiar se ha distorsionado. Quiero gritar, pero me contengo. No por miedo a ser descubierta, sino porque una parte de mí sabe que algo está fuera de lugar. Que este no es el mundo donde me fui a dormir.