Capitulo 14

1377 Words
Unos pasos suaves se acercan desde atrás, tan cerca que parecen surgir de mi propia sombra. Me doy la vuelta de golpe, impulsada por el instinto, con el cuchillo en alto, tembloroso pero firme, como una heroína improvisada en medio de un thriller doméstico. No hay nadie. O eso creo. El silencio se estira, denso. Pero entonces lo siento. Una respiración cálida, casi juguetona, rozando mi oído izquierdo. Me quedo paralizada. El miedo me trepa por la espalda como una corriente eléctrica. Intento gritar, decir algo, advertir... pero mi voz se hace añicos antes de salir, como si se hubiera tropezado con el pánico. De pronto, dos manos se posan en mis costillas y me empujan hacia adelante. Caigo al suelo con un gemido ahogado, y el cuchillo rueda lejos de mí, abandonando su papel protagónico como quien se retira del escenario. Estoy atónita. La respiración se me acelera como si el corazón quisiera salir corriendo sin mí. -¿Te asusté? -dice una voz que conozco de memoria, esa mezcla entre burla y afecto paternal-. ¡Caray, Magdalena! ¿Tomar el cuchillo? ¿Qué pensabas hacer con eso, eh? Me giro todavía en el suelo y lo veo: mi papá, con expresión de padre bromista, ese gesto que combina reproche y ganas de carcajada. La tensión se disuelve como una nube de vapor. Estaba aquí todo el tiempo. No había intrusos. Solo él, con sus pasos teatrales y sus bromas de madrugada. Me tiende el brazo para levantarme, pero mis piernas flaquean. Parecen hechas de algodón. Apenas consigo incorporarme. -Eres una despistada, Magda -dice él, como quien da un veredicto que ha repetido mil veces. -¿Y yo qué iba a saber que estabas aquí abajo comiendo como si fuera un banquete vikingo? Pensé que nos habíamos quedado sin opciones, papá. No puedes hacer estas cosas a mitad de la noche. Él gira los ojos como quien baila una coreografía invisible de paciencia. En sus manos, un plato con dos hamburguesas, aún tibias, aún gloriosas. Se detiene al pasar junto a mí. Las mira como si evaluara su valor estratégico. Yo aprovecho el momento para agarrar una de las hamburguesas con rapidez felina, mientras recojo mis materiales de dibujo. -¡Ey! ¡EY! ¡Eso no se hace! -protesta, medio en serio, medio en juego-. Si querías una, te la preparas tú. ¡No te aproveches, pequeña ratera nocturna! Ya en camino hacia la cochera, con el lápiz entre los dedos y la hamburguesa mordida como trofeo, sonrío en silencio. El susto ha pasado. Pero la escena queda. Como una viñeta onírica en medio de una madrugada absurda. Y en el aire, el eco lejano de Mamma Mia, como si la casa también jugara con nosotras. Con una sonrisa traviesa que se dibuja lentamente en mi rostro, me asomo por el borde de la pared que separa la cocina de la antesala. El aire huele a café recién hecho y a pan tostado ahora, pero yo sostengo entre los dedos el verdadero trofeo de la mañana: un trozo generoso, casi obsceno, del desayuno de mi padre, o bueno el predesayuno como solía decirle. Lo levanto con teatralidad, como si fuera una ofrenda robada a los dioses, y lo muerdo con deleite, saboreando no solo el sabor, sino el acto mismo de haberlo arrebatado. Desde el otro lado, él me lanza una mirada fulminante, mezcla de fastidio y resignación, mientras se limpia las manos con una servilleta arrugada. —Ojalá te atragantes, pendeja —gruñe, sin levantar la voz, pero con esa cadencia que solo él sabe usar cuando está medio en serio y medio en broma. Yo río. No por la frase, que ya me la ha dicho mil veces, sino por el ritual que se repite cada mañana como una danza doméstica. Salgo de la cocina con paso ligero, aún masticando el trozo robado, y atravieso la antesala con la seguridad de quien sabe que, aunque lo regañen, siempre será perdonada. Nuestra relación ha sido siempre así: una mezcla de complicidad y provocación, como si él fuera un hermano mayor que juega a ser padre cuando la situación lo exige. A veces me sermonea, otras me cubre, pero siempre está ahí, como una sombra cálida que me sigue sin invadir. Al llegar a la puerta que da a la cochera, me distraigo por un segundo, tal vez por el peso de la risa o por la textura aún crujiente del pan en mi boca, y tropiezo torpemente con el marco. El golpe es seco, y en mi intento por abrir la puerta con rapidez, todos los materiales que llevaba en los brazos se desparraman por el suelo con un estruendo que rompe la quietud de la mañana. Papeles, pinceles, frascos de pintura y algunos bocetos mal doblados quedan esparcidos como si hubieran explotado desde mi pecho. Me detengo un momento, respiro hondo y me froto la cara con ambas manos, sintiendo el ardor leve que deja el roce con la madera y la vergüenza del tropiezo. La cochera está en penumbra, como si aún no hubiera despertado del todo. Con un gesto automático, enciendo la luz. El fluorescente parpadea antes de estabilizarse, bañando el espacio en una claridad fría y ligeramente azulada. Me tomo unos segundos para observar el entorno: las cajas apiladas en la esquina, el viejo ventilador que ya no uso, el caballete apoyado contra la pared, y el escritorio que mis padres me regalaron hace unos meses, con la esperanza de que allí nacieran cosas importantes. Todo está en su lugar, como lo dejé la última vez. Nada se ha movido, nada ha cambiado. Esa quietud me reconforta. Me agacho con cuidado, recogiendo cada objeto como si fueran piezas de un rompecabezas que debo armar antes de comenzar. Los pinceles vuelven a su frasco, los papeles se apilan, los frascos se alinean como soldados esperando órdenes. Cuando todo está nuevamente en orden, me siento frente al escritorio. El asiento es firme, ligeramente incómodo, pero ya me he acostumbrado. Abro la caja donde guardo los materiales más preciados: lápices de grafito, carboncillo, acuarelas, tintas. Los acomodo con precisión, como si el acto mismo de organizar fuera parte del ritual creativo. Ya tengo todo lo que necesito. Todo menos una idea. —¿Qué es lo que podré dibujar? —susurro, como si al decirlo en voz baja pudiera invocar alguna musa escondida entre las sombras del garaje. Me quedo quieta, esperando que algo surja. Pero el silencio es denso, y la atmósfera del lugar, aunque familiar, resulta monótona. Las paredes grises, el suelo de cemento, el olor a humedad y pintura vieja no ayudan. Miro alrededor, buscando inspiración en los objetos cotidianos: una bicicleta cubierta por una sábana, una caja de herramientas, una lámpara rota. Nada parece tener la chispa que necesito. Entonces recurro a mi galería de fotos. Saco el celular del bolsillo, lo desbloqueo y empiezo a deslizar el dedo por las imágenes. Hay retratos familiares, paisajes, fotos de comidas, capturas de pantalla de cosas que me parecieron interesantes en algún momento. Pero ninguna me provoca ese cosquilleo en el pecho que anuncia que algo va a nacer. Paso una, otra, otra más. Nada. El sonido estridente de una alarma me saca del trance. El celular vibra con insistencia, como si quisiera recordarme algo urgente. Lo miro con fastidio, pensando que es algún mensaje sin importancia, pero al revisar la pantalla me doy cuenta de que es la alarma que había programado para despertarme. Irónico, considerando que ya llevo horas despierta. Me río sola, apago la alarma y, justo antes de guardar el teléfono, algo llama mi atención. Un mensaje. No uno cualquiera, sino uno que aparece como una chispa en medio de la oscuridad. Lo abro. No es largo, ni especialmente elaborado, pero tiene algo. Una frase, una imagen mental, una emoción contenida. Y en ese instante, como si alguien hubiera encendido una luz dentro de mí, la idea aparece. Clara, vibrante, urgente. Me incorporo de golpe, con el corazón latiendo más rápido. Tomo el lápiz, preparo el papel, y empiezo a trazar las primeras líneas. El garaje ya no me parece monótono. La luz azulada se convierte en atmósfera. El silencio, en cómplice. Y yo, en creadora.
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