Me concentro con una devoción casi ritual en cada pincelada, como si cada trazo fuese una extensión de mi respiración; un latido que se transfiere desde mi pecho al lienzo. El silencio que me rodea no es vacío, sino cómplice: guarda el eco de mis pensamientos mientras deposito lo mejor de mí en esta superficie blanca que, poco a poco, deja de ser neutra para convertirse en un espacio cargado de intención. Cambio los pinceles con frecuencia, buscando el grosor exacto y el gesto que traduzca lo que aún no sé nombrar, pero que siento vibrar en la punta de mis dedos. El óleo, con su densidad y carácter impredecible, exige una atención constante, casi maternal. Cada vez que una gota se desliza fuera de su cauce, me apresuro a limpiarla como si se tratara de una herida que no debe dejar cicatriz

