El peso del Adiós

1533 Words
Los primeros rayos del sol se filtraron con suavidad por la ventana de la habitación, acariciando el rostro de Mia y obligándola a abrir los ojos con una mueca de fastidio. Había dormido más de lo habitual, y no era de extrañar: la noche anterior había sido un torbellino de emociones, un laberinto de pensamientos y sensaciones despertadas por la llegada de Tain, el compañero de su madre. Aquel dragón había traído noticias capaces de trastocar su mundo. Durante horas, Mia había dado vueltas en la cama, incapaz de conciliar el sueño. Había tanto que procesar… decisiones que tomar, verdades que asimilar. Y, como si eso no bastara, las palabras escritas por su madre aún resonaban con fuerza en su mente. Ya no se sentía una anomalía, una rareza incomprendida. Por primera vez, no tendría que justificar lo que era, porque ahora sabía que no estaba sola. Existía otro ser como ella, en algún rincón del mundo. Divinus. Ese era el nombre de su r**a. Solo pensar en ello la emocionaba. Le fascinaba su significado, le daba identidad y propósito. El apoyo de sus padres —su madre desde la distancia eterna, su padre en presencia amorosa— la impulsaba a seguir adelante. Sonrió al recordar lo que se avecinaba: uno de sus más grandes sueños estaba por cumplirse. Ese día no sería uno cualquiera; sería el primer capítulo de su nueva vida. Por fin conocería el reino del que tanto había oído hablar, el lugar donde nacieron las raíces de su madre. Nunca imaginó que llegaría ese momento tan pronto. Y lo mejor: no iría sola. Con torpeza, se sentó en la cama y dejó escapar un bostezo. Aunque su cuerpo había descansado, su mente estaba agotada. Se arrastró hacia el baño y dejó que una ducha revitalizante despejara la neblina de su mente. Al terminar, se envolvió en una toalla y regresó a su cuarto para vestirse. Eligió un vestido verde de mangas largas, ajustado justo debajo del busto, que le llegaba a medio muslo. Se calzó unas botas negras y trenzó su cabello con paciencia. Al mirarse en el espejo, aprobó su reflejo con una sonrisa discreta. Su estómago rugía, así que salió al pasillo en busca del desayuno. En el comedor ya se encontraban sus amigos de siempre. Varias mesas estaban vacías, probablemente porque la mayoría ya estaría cumpliendo sus deberes. Como cada mañana, Mia tomó asiento entre su padre y Neahm. Besó a ambos en la mejilla antes de saludar al resto con calidez. —¿Descansaste? —le preguntó Raziel. —Un poco. ¿Y tú? —Igual. Él tomó su plato y comenzó a llenarlo con esmero. —Papá, no hace falta, puedo hacerlo —dijo ella con dulzura, sin querer parecer desagradecida —Hoy no. Es mi última mañana contigo. Permíteme consentirte, al menos un poco más. Ella comprendió y no discutió. La idea de separarse de su padre por tanto tiempo le oprimía el pecho. Lo echaría de menos con una intensidad que no sabía cómo soportaría. El futuro era incierto, y ninguno sabía cuándo volverían a verse. Le preocupaba que él no pudiera sobrellevar la ausencia de su madre… y ahora también la suya. Sabía bien que los ángeles solo se enamoraban una vez en la vida, y esa devoción eterna podía convertirse en un tormento. Muchos, incapaces de soportar el dolor, elegían desaparecer. Pero Mia se obligó a sacudir esos pensamientos. No, Raziel no haría algo así. Él era fuerte. Era su pilar. Y, sobre todo, había hecho una promesa: en su próxima vida, se reuniría con Marissa, y por fin vivirían su historia de amor. —¿Pasa algo? —preguntó Raziel al notar su silencio. —No… solo pensaba en qué harás cuando me vaya. —Tengo mucho trabajo. Retomaré mi lugar como líder de los principados. Han sido diecinueve años de ausencia, y hay mucho por hacer. Mia se sintió reconfortada. Saber que su padre no se abandonaría a la tristeza la tranquilizaba. Él era fuerte, y eso le bastaba. —Me alegra saber que volverás a tu sitio —dijo, y comenzó a comer. —¿Tienes todo listo, Mia? —preguntó Neahm. —Creo que sí. No estoy muy segura de qué debería llevarme. —Todo lo que te ayude a mantenerte con vida —intervino Aidan, ganándose una mirada fulminante de Raziel. —Todo saldrá bien —dijo Neahm—. Estaremos contigo todo el tiempo. —Eso espero. Si a Mia le sucede algo, tendrán serios problemas —intervino Selafiel—. Y no lo digo solo por Raziel, me incluyo en la amenaza. —Gracias por tu sutileza, Selafiel —respondió Aidan—. Pero si ella sale ilesa, no será por tu amenaza. Créeme, no eres el único que se preocupa por su seguridad. —¿Podemos cambiar de tema, por favor? No quiero que mis últimos recuerdos aquí estén llenos de tensión. Todos se miraron, asintieron y fue Aidan quien rompió el hielo con un nuevo tema, logrando aligerar el ambiente. El desayuno, al final, fue cálido y alegre. Rieron con las ocurrencias del ángel más joven, mientras Raziel compartía historias embarazosas de la infancia de Mia. Neahm, que había vivido muchas de esas escenas bajo diferentes identidades, aportaba con sus comentarios sarcásticos. Selafiel, tan serio como siempre, participaba a ratos. Por un momento, todos olvidaron lo que se avecinaba. Solo eran ellos, juntos, felices… una última vez. ⊱✿⊰ Después del desayuno, Mia y Raziel salieron a caminar por el palacio. Recorrieron por última vez los pasillos que tantas memorias albergaban, y finalmente llegaron a su rincón favorito: el jardín trasero. Ese lugar lo era todo para ellos. Testigo de conversaciones importantes, revelaciones inesperadas, momentos inolvidables. Mia lo amaba, porque le otorgaba paz. —¿Recuerdas la primera vez que vinimos aquí? —preguntó Raziel. Ella asintió—. Jamás imaginé que llegaríamos a este punto tan rápido. Al principio, no te traje aquí para entrenar. —¿Mentiste? ¿Por qué? —Fue solo una excusa. La verdad es que Skycastle posee una magia muy antigua, construida por los primeros ángeles. Este jardín es un nido de poder, un refugio sagrado. —Creado para proteger a criaturas como yo del submundo. —Exactamente. Me siento tan orgulloso de ti… de la mujer en la que te has convertido. —Gracias, papá. Soy quien soy por ti. —Durante dos años creí que mantenerte aquí te alejaría de los problemas de Ganondorf, pero me equivoqué. Al final, tu destino te encontró. Mia lo abrazó. Raziel respondió con un abrazo aún más fuerte. Separarse de su hija era más doloroso que cualquier batalla. Pero sabía que debía confiar en ella. Era el momento de dejarla volar, de permitirle escribir su propia historia. —No tengo palabras para expresar lo orgulloso que estoy de ti. Ella también lo estaría —dijo sin mencionar un nombre. No hacía falta. —Significa mucho para mí que me lo digas —respondió ella, abrazándolo de nuevo. —Vamos, Selafiel también quiere despedirse. Tiene algo para ti. Lo siguió hasta la habitación del ángel, quien los esperaba entre una maraña de papeles. Selafiel se levantó con solemnidad. —Vengo a despedirme —dijo Mia al entrar. —Te esperaba. Hay algo que quiero entregarte. Ella lo miró con curiosidad. —Desde el día en que llegaste vi en tus ojos una curiosidad inagotable. Pensé que con el tiempo se calmaría, pero no. Es parte de ti. Y aunque puede ser peligroso, también es una virtud. —No olvides que también es preguntona —intervino Raziel con una sonrisa. —Cierto —añadió Selafiel—. Una de tus muchas preguntas fue sobre esto. Se dirigió a un armario y extrajo una espada envuelta en telas antiguas. Al desenvolverla, el metal brilló como si respirara luz. —Esta reliquia solo pertenece a la familia. Y no hay mejor lugar para ella que contigo. —Fragarach… —susurró Mia. —Muchos la creyeron perdida, pero siempre estuvo aquí —reveló Raziel. —Es… hermosa —dijo, tomando la espada entre sus manos. Su poder la atravesó como un rayo cálido. Sonrió, emocionada—. Gracias. No lo esperaba, pero me hace muy feliz. Sus maestros estaban listos para dejarla ir. Le habían enseñado todo: combate, estrategia, historia, idiomas. Ahora debía aplicar sus conocimientos, templar su carácter y convertirse en la líder que estaba destinada a ser. Fuera del palacio, Neahm y Aidan ya la esperaban. Cada uno llevaba su mochila lista. Mia se giró una última vez hacia su padre, lo abrazó fuerte. —Te amo —le susurró él—. Cuídate mucho. No te separes de Neahm. Y si algo pasa, usa tu magia con esto. Le entregó un colgante dorado, sencillo, con dos pequeñas alas blancas. —¿Qué es? —preguntó ella. —Así estaré contigo. Siempre. No te lo quites. Te protegerá del mal. —Gracias, papá. Me encanta. —Vamos, parte ya o se les hará tarde. Mia tomó el bolso, abrazó a Raziel una última vez y, sin mirar atrás, emprendió su viaje hacia el corazón de Ganondorf. Hacia su destino.
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