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Bellaror

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Blurb

Mia, una mestiza de la realeza que ya no se puede ocultar

Será parte de un juego que aún no tiene escrito un final

Tendrá que enfrentar pruebas y sus poderes obtendrá

Sus enemigos portan la máscara del engaño

La guerra arrasará dejando destrucción a su paso

Su felicidad es la llave que se esconde en el libro de una vieja habitación

El amor no es lo que ella piensa y tendrá que elegir si ser solo la elegida o una guerrera

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Prefacio
Un grito desgarrador quebró el aire del reino, como una campana fúnebre que anunciaba el final de una era. El silencio cayó de inmediato, espeso y absoluto, mientras todas las criaturas presentes volvían sus miradas, horrorizadas, hacia el origen de aquel alarido. Solo podía significar una cosa: la reina había caído. El rey, con las rodillas hundidas en la tierra, sostenía entre sus brazos el cuerpo ensangrentado de su amada. Sus ojos, rojos de furia y desconsuelo, se alzaron hacia la responsable. Tembloroso, se puso de pie, tambaleándose como si el peso de su corona ya no tuviera sentido. —¡Ataquen! —rugió hacia su ejército. Pero nadie se movió. Los soldados se miraban entre sí, paralizados por la incertidumbre. El rey giró con incredulidad hacia su pueblo, atónito ante su desobediencia. —¿¡Están sordos!? ¡He dicho que ataquen a ese ser despreciable que acaba de asesinar a vuestra reina! Lucian, capitán de la guardia, dio un paso al frente con el rostro tenso. —Su Alteza… no podemos. Es la princesa. —¡Es una bastarda! —espetó el rey, escupiendo veneno con cada palabra—. Ni siquiera sabemos si realmente es quien dice ser. Se volvió hacia la joven pelirroja, aún de rodillas tras su feroz enfrentamiento con Meriel. La magia que le había sido concedida se había agotado por completo; si no hubiese sido por la reliquia ancestral que empuñaba, jamás habría logrado vencer a la banshee. —¿Ves lo que has hecho? Asesinas a tu propio pueblo, y aún así dices merecer el trono. —Soltó una carcajada seca, colmada de odio—. Si lo quieres… tendrás que matarme. Apoyada en el brazo firme de Raegan, Mia levantó la mirada. Con una mano presionando la herida de su abdomen y la otra arrastrando su espada rota, dio un paso al frente. Cada movimiento era una lucha contra el veneno que recorría sus venas, pero el fuego en sus ojos no vacilaba. Enderezó la espalda y sonrió con la arrogancia de quien ya no teme caer. —¿Quién me va a detener, hermanito? —preguntó, burlona—. ¿No ves que ni tu propio pueblo te obedece? Dustin respiraba con dificultad, sus hombros alzándose y cayendo como si el aire le quemara los pulmones. Las aletas de su nariz se abrían con rabia mientras sus ojos lanzaban relámpagos hacia Mia, que avanzaba lentamente. —Si es necesario, lo haré. —Conoces las leyes. No puedes matar a un m*****o de tu familia. Es un crimen castigado con la muerte. El rey curvó los labios en una sonrisa demente. —¿Quién dijo que serías la primera? Ni siquiera te considero mi hermana. Eres un error de la naturaleza. Mia se detuvo. Aquellas palabras, más filosas que cualquier daga, confirmaban lo que ya sospechaba. Dustin había sido el asesino de su madre. El dolor de saberlo era insoportable… pero ni siquiera con esa revelación en sus manos podía asesinarlo. No era como él. Si quería reinar sobre ese pueblo que la había acogido, debía hacerlo limpiamente, como lo dictaban las antiguas leyes. Ella no era una monstruo, ni una asesina, ni la traidora que los propagandistas del rey habían descrito por todo Ganondorf. Miró hacia el suelo y divisó la marca que había buscado: el círculo rúnico. Retiró la mano de su herida y dejó que su sangre manara sobre la piedra, tiñendo las líneas antiguas. Esa batalla no había sido una casualidad… era el juicio final. El que decidiría, por derecho, al heredero del trono. Giró hacia Raegan, cuya postura firme y serena le bastó para saber que no estaba sola. Siempre se sentía segura cuando él estaba cerca, aunque no entendiera por qué. —¿Quieres matarme? Aquí estoy —dijo alzando los brazos y dejando caer su espada—. Me entrego en bandeja de plata. Demuéstrame que mereces ese trono. Estoy herida, agotada, y vencí a tu patética reina. Tú eres el siguiente. Dustin, incapaz de tolerar la humillación frente a su pueblo, apretó los dientes y avanzó con su arma en mano, dispuesto a poner fin a todo. —Eres tan patético —continuó Mia, envenenando cada palabra— que necesitas una espada para enfrentar a una mujer desarmada. Cada frase era una provocación medida, diseñada para cegar al rey y hacerlo cruzar el umbral del círculo sin notarlo. La noche anterior, Raegan había acudido a sus aposentos con un plan: ella no tendría que matar a nadie. Ninguno de los dos deseaba que la futura reina comenzara su reinado con sangre en las manos. Dustin lanzó su espada a un lado y, uno por uno, fue despojándose de las armas ocultas en su traje. Cuando estuvo a punto de alcanzarla, Mia habló una vez más, desviando su atención. —Espero que no seas tan básico como tu esposa. Quiero una pelea real, Dustin. Demuestra que mereces esa corona. Mencionarla era un golpe bajo, y ella lo sabía. Pero necesitaba tiempo. Si el plan fallaba, estaría perdida. Aun así, confiaba en Raegan. Si él creía que el ritual podía hacerse allí, ella también lo creería. —Primero te mataré a ti… y luego a tu estúpido perro faldero —escupió Dustin, clavando la mirada en Raegan. El rey de Arghol resopló desde su sitio, con calma imperturbable. Entonces, Dustin cruzó la línea del círculo rúnico. Mia comenzó a susurrar el hechizo. Solo faltaba un elemento: la sangre real. En ese instante, una sombra rasgó el cielo. Tain apareció, como un relámpago carmesí, y pasó sobre el rey con un rugido estremecedor. Sus garras cortaron el pecho de Dustin, cuya sangre cayó justo sobre las runas. Un grito de dolor se apagó al instante, absorbido por una luz dorada que emergió del círculo. Las alas de ambos se iluminaron, como si fueran de seda dorada. Se elevaron por los aires, y en los ojos de Dustin apareció, por primera vez, el miedo. Sabía que Mia era poderosa… pero había contado con que sus heridas la dejaran fuera de combate. Ambos cerraron los ojos. Cayeron, entonces, en un sueño profundo. El ritual los había llevado al plano astral, donde tendría lugar la verdadera prueba: una batalla ancestral por el trono. Raegan desplegó sus alas y voló hasta ellos. Al no ser parte del ritual, la magia no lo tocaba. Se colocó entre ambos y, con la serenidad que lo caracterizaba, se dirigió al pueblo. —Criaturas de Ganondorf —proclamó—, sé que muchos no entienden lo que acaba de ocurrir, así que lo explicaré brevemente. Se ha iniciado el Ritual de Valor, la prueba definitiva para determinar al verdadero heredero del trono. Solo el más fuerte, el más digno y el más puro será coronado. Este vínculo restaurará la magia del reino y devolverá su antigua gloria. Si alguno de ustedes se atreve a acercarse… tendrá que pasar sobre mí. —¿Y si gana el rey? —preguntó una voz entre la multitud. —Entonces, lamentablemente, será el legítimo soberano de Ganondorf. —Yo opino que deberíamos matarlo ahora —gruñó el jefe del clan de vampiros, emergiendo de las sombras. —¡Al rey nadie lo toca! —gritó Lucian, firme. —Es Mia quien debe morir —interrumpió otra voz, que hizo que todos se giraran. Meriel. De pie, sangrante pero viva, con los ojos enrojecidos por la ira. —Esa estúpida intentó asesinar a vuestra reina. Deberías avergonzarte —dijo, dirigiéndose a Raegan con rabia desbordante. El rey esbozó una sonrisa peligrosa. —Bueno… un poco de acción no me vendría mal. Y entonces se preparó, mientras Meriel lanzaba un grito de guerra y se abalanzaba sobre él. Pero mientras los cuerpos se movían, en otro plano los espíritus ya combatían una guerra silenciosa… una que decidiría el futuro del reino de Ganondorf. [1] Espada de Raziel, se menciona en el primer libro

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