El aire del bosque olía a humedad y tierra viva. Cuatro siluetas avanzaban entre los árboles, envueltas por una penumbra que parecía observarlas con mil ojos invisibles. Las hojas crujían bajo sus botas, y los zumbidos de insectos se mezclaban con los susurros del viento.
Aiden caminaba al frente, espada en mano, atento a cada sonido. Neahm, silenciosa como una sombra, iba detrás de él, mientras la princesa elfa mantenía su capa bien cerrada, intentando ocultar el temblor de sus manos. Mia, en cambio, se mantenía serena, aunque el brillo inquieto de su mirada delataba que también sentía la presión del bosque sobre su pecho.
El territorio de los lobos no era un lugar amable. Nadie en su sano juicio se aventuraba allí al caer el sol.
—No miren atrás —murmuró Aiden sin girarse—. Solo… sigan caminando.
Un chasquido resonó entre los arbustos. Algo se movía. Varias veces. Pequeños pasos, tal vez, o algo que preferían no imaginar.
—Son solo animales —intervino Mia, con voz firme, antes de que el miedo germinara entre ellos—. El bosque está lleno de vida. Nada más.
Sus palabras sonaron tranquilizadoras, aunque incluso ella notó que la oscuridad parecía respirar.
Tras una hora de marcha, la princesa elfa rompió el silencio.
—Deberíamos detenernos un momento. Comamos algo antes de seguir.
Mia negó enseguida.
—Si paramos ahora, la noche nos alcanzará. Come mientras caminas, Yali. Ya descansaremos cuando estemos a salvo.
La elfa asintió, comprendiendo. Aun así, una punzada de nostalgia la atravesó. Recordó cuando era niña y los otros elfos se escapaban a jugar entre esos mismos árboles. Ella jamás se atrevió. Desde lejos escuchaba sus risas, mientras el miedo le susurraba que el bosque los devoraría. Ahora, caminando entre esas sombras, comprendía que aquel temor infantil no había sido infundado.
El tiempo pasó lento, hasta que la espesura comenzó a aclararse. Frente a ellos, la silueta de una montaña emergía bajo el tenue resplandor lunar. El corazón de Mia dio un vuelco: estaban cerca. Allí, entre las rocas del borde, debía esconderse el portal hacia el mundo de las banshees.
Pero la suerte no los acompañaba. El cielo comenzaba a teñirse de un gris profundo, y los aullidos distantes helaron el aire.
—Apúrense —dijo Aiden en voz baja—. La luna llena se levanta…
Un grito desgarrador resonó a lo lejos. Luego otro, más cerca.
—Échense tierra sobre el cuerpo —ordenó él—. Si nos huelen, estamos perdidos.
Obedecieron, cubriéndose con barro húmedo mientras continuaban la búsqueda del portal. La oscuridad se cerraba sobre ellos cuando divisaron un destello anaranjado entre los árboles.
—Una fogata —susurró la elfa.
Se acercaron con cautela, con la esperanza de encontrar viajeros, pero el fuego ardía solo, abandonado, como si alguien lo hubiera dejado encendido a propósito.
—Apáguenlo —dijo Mia con un escalofrío.
Pero ya era tarde. El crujir de ramas y un coro de respiraciones roncas los rodearon. Tres bestias emergieron de la oscuridad: enormes, cubiertas de un pelaje gris y n***o, con colmillos brillando bajo la luz plateada. La baba goteaba de sus fauces.
Aiden, Neahm y la princesa elfa se colocaron frente a Mia, espadas en alto.
El suelo temblaba bajo las patas de los licántropos. El aire olía a sangre y furia.
Entonces, antes de que el primero se lanzara, un rugido más grave y poderoso desgarró la noche. Una quinta figura irrumpió entre ellos: un hombre lobo aún más imponente, con el pelaje oscuro como la noche y los ojos de un n***o profundo. Los otros retrocedieron, aullando de miedo, y huyeron de inmediato hacia el bosque.
El silencio que siguió fue sepulcral.
El enorme lobo volvió su mirada hacia el grupo. Su respiración era un trueno contenido.
Aiden levantó su espada de nuevo, pero Mia lo detuvo con una mano.
—No… —susurró.
Sus ojos se encontraron, y algo dentro de ella se estremeció. No sintió miedo. Sintió reconocimiento.
Dio un paso adelante, luego otro. La criatura retrocedió, gruñendo bajo, como si luchara contra un impulso invisible. Aiden intentó sujetarla.
—¿Estás loca? ¡Te va a destrozar!
Pero Mia no lo escuchó. Siguió avanzando, guiada por algo más fuerte que la razón.
Neahm, con el ceño fruncido, observaba en silencio. La magia en el aire era palpable.
Cuando Mia estuvo lo bastante cerca, el lobo bajó la cabeza. No en amenaza… sino en reverencia.
Ella extendió la mano y rozó su pelaje. Un torrente de pensamientos la golpeó de inmediato: imágenes, voces, emociones. Entendió sin palabras. Aquel ser no era su enemigo. Era su guía.
—Nos llevará al portal —dijo ella con calma, girándose hacia los demás.
Confundidos, pero sin opciones, la siguieron.
El lobo los condujo hasta la base de la montaña, donde dos bestias vigilaban una roca cubierta de musgo. Al verlos, inclinaron sus cabezas y se apartaron. La criatura puso su garra sobre la piedra, y un resplandor azul brotó del contacto, abriendo un portal giratorio de energía.
Mia se acercó al lobo una última vez.
—Gracias por salvarnos —susurró—. Te debo una vida.
El lobo inclinó su cabeza, y en ese instante, un destello recorrió el brazo de Mia. Un tatuaje apareció sobre su piel: un símbolo lunar entrelazado con una huella de lobo, marcado en un resplandor plateado que se desvaneció lentamente. La deuda estaba sellada.
Neahm la observó con una mezcla de asombro y respeto.
—Mia acaba de conocer a su compañero —murmuró para sí.
La princesa elfa la oyó, incapaz de ocultar su sorpresa, mientras cruzaban el portal azul uno a uno. Antes de entrar, la elfa se giró hacia la criatura que aún los miraba desde la entrada. Le sonrió con gratitud.
El portal se cerró tras ellos con un zumbido suave, y el bosque volvió a quedar en silencio.
Aquella noche, bajo la luna llena, los cuatro sobrevivieron a la Montaña del Lobo… y sin saberlo, el destino de Mia había cambiado para siempre.