La luz del amanecer caía sobre los jardines de Arghol como lluvia de cristal. Las fuentes susurraban con un rumor sereno y los rayos del sol se filtraban entre las columnas de plata, esparciendo destellos que flotaban en el aire como motas de luz viva. En el patio de entrenamiento, la escarcha de la noche anterior apenas se desvanecía; la hierba irradiaba un tenue fulgor verdoso. Allí, entre columnas que parecían sostener el cielo, Mia se plantó frente a Raegan. Él la observaba con brazos cruzados, semblante sereno, pero con una expectación que dibujaba finas líneas de tensión en su frente. —Comencemos con lo de ayer —dijo él, la voz profunda y medida—. Concéntrate, siente el pulso de la energía dentro de ti. No la obligues: guíala. Mia respiró, clavó los pies en la tierra y dejó que el

