El bosque de Cantabria

881 Words
El Bosque de Cantabria era uno de los lugares más peligrosos del mundo, y no sin razón. Aquel paraje sombrío era territorio de unas criaturas despiadadas, impredecibles y crueles: los Cantabrias. Nunca sabías dónde podrían estar, ni cuándo atacarían. Su sola presencia había convertido el bosque en una zona desierta, temida incluso por los más valientes. Se decía que los Cantabrias podían confundirse fácilmente con árboles, debido a su colosal tamaño y su piel cubierta de corteza endurecida. Pero bajo esa apariencia arbórea se escondían bestias salvajes con garras capaces de cercenar extremidades de un solo golpe. Sus manadas cazaban con brutal eficiencia, y escapar de ellas era prácticamente imposible. Como si eso no bastara, al caer la noche, una antigua magia despertaba dentro de ellos, transformándolos en monstruos aún más feroces. Tiempo atrás, arrasaron aldeas enteras y ciudades fortificadas. Solo los elfos lograron enfrentarlos, gracias a su don ancestral para controlar a los animales salvajes. Fueron ellos quienes, tras una guerra sangrienta, lograron encerrar a los Cantabrias en los abismos del infierno. Desde entonces, el bosque quedó sellado bajo una vigilancia silenciosa, pues los Cantabrias, aunque libres otra vez, no se alejaban demasiado del territorio élfico. Solo ellos sabían cómo contener a tales horrores. Neahm se estremeció al pensar en aquellas criaturas. La sola idea de toparse con una le helaba la sangre. Y como si sus temores invocaran la presencia del mal, sintió que alguien —o algo— los observaba. Miró en torno con cautela… y allí estaban: unos ojos rojos y brillantes se encendieron entre la maleza. —¿A dónde vamos a ir? —preguntó en voz baja, tensa—. Ya casi anochece y aún no tenemos un sitio seguro para pasar la noche. —No tenemos que irnos… solo despistarlos. Por tierra pueden seguirnos, pero por aire no —respondió Aidan con calma estratégica. Mia, al notar las expresiones tensas de sus compañeros, se acercó de inmediato. —¿Qué ocurre? —preguntó, mirando a ambos con el ceño fruncido. —Luego te explicamos. Por ahora, solo sigue a Aidan, ¿vale? La pelirroja asintió en silencio. Neahm abrazó a Aidan, quien extendió sus alas y se alzó en vuelo con ella entre sus brazos. Mia los siguió rápidamente, elevándose por el cielo oscuro. Volaron en círculos por varios minutos hasta regresar al punto de partida. Entonces, descendieron y se ocultaron tras la cascada, en la cueva que conocían como último refugio. —¿Pueden explicarme qué fue eso? —dijo Mia mientras exprimía su largo cabello empapado. —Nos seguían unos Muglees —respondió Neahm, aún agitada. —¿Muglees? —repitió ella, con una mezcla de curiosidad y alarma. —Criaturas carroñeras —explicó con desdén—. Se alimentan de los restos que dejan los Cantabrias… o los ayudan a encontrar comida fresca. Como forasteros, somos un manjar. —Vaya… y yo que pensaba que el nombre del bosque tenía algo de poético —murmuró Mia—. No sé si quiero saber cómo lucen esas criaturas. —Créeme, no lo quieres —añadió Aidan mientras se sentaba lejos de la entrada. Sacó su mochila y distribuyó tres bolsas con comida. Mia se sentó a su lado, le dio las gracias y empezó a devorar el contenido con ansiedad. Sentía el cansancio golpearle los huesos. Se quitó los zapatos, usó su mochila como almohada y cerró los ojos. Aidan también se tumbó. Solo Neahm permanecía en pie, con los sentidos alerta, vigilando el exterior. Afuera ya era completamente de noche, pero sus oídos distinguían el crujir de ramas… las bestias merodeaban cerca de la cascada. —¿Estás seguro de que los despistamos? —Completamente —dijo Aidan, seguro—. Encendí una fogata lejos de aquí. Si todo va bien, las criaturas irán hacia la luz. Nosotros viajaremos en dirección opuesta con sumo cuidado. —Entonces… ¿por qué siento que se acercan a la montaña? —Aidan —intervino Mia—, ¿los Cantabrias le temen a algo? —No lo sé… espero que al agua —respondió con franqueza—. Si cruzan el río, estaremos acabados. —Nos encontraron —susurró Neahm—. Pero… ¿cómo? Mia, que ya se había recostado, se puso los zapatos de nuevo. Evaluó la situación. Salir a luchar era un suicidio. Pero quedarse, esperando ser devorados, tampoco era opción. Cerró los ojos. No debía entrar en pánico. Nada bueno surgía del miedo. Respiró hondo. Y entonces, una voz suave —una de esas que escuchaba en su mente— le susurró algo al oído. Se incorporó. Caminó hacia el fondo de la cueva. Alzó una mano, de la que brotó una pequeña llama mágica que iluminó el entorno rocoso. —¿Estamos en una cueva, verdad? —preguntó con calma. —Sí… ¿puedes apagar esa llama? ¡No es momento de estupideces! —espetó Neahm. —¿A dónde lleva este camino? —preguntó Mia, girándose hacia ellos antes de extinguir la luz. Aidan la observó por un momento. Luego asintió. —Buena idea. No tenemos nada que perder. —Cualquier cosa es mejor que enfrentarse a esa manada —añadió Neahm, que se estremecía cada vez que sentía como esas criaturas sacadas de pesadillas se acercaban lentamente.
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