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935 Words
Durante las siguientes semanas, Amara se entregó por completo a su entrenamiento. Temprano por la mañana, tarde por la noche, practicaba hasta que le dolían los músculos y le ardían los pulmones, decidida a perfeccionar cada giro, cada salto. Podía sentir el peso de la competencia, las miradas de los jueces, los rumores del mundo del patinaje, y quería demostrarles que estaban equivocados, demostrarse a sí misma que estaban equivocados. Pero por mucho que intentara concentrarse, un par de ojos oscuros y firmes seguían apareciendo en su mente. Liam Blackwell. Lo veía fugazmente mientras recuperaba el aliento entre rutinas, imaginando su mirada atenta mientras practicaba una secuencia desafiante, y de alguna manera, eso la impulsaba a patinar con más fuerza, mejor. No podía explicarlo; era exasperante y emocionante a la vez. Su presencia la perseguía como una corriente eléctrica, impulsándola a sobresalir aunque la frustrara. No sabía qué pensar de ello. Liam había despertado algo en ella: una mezcla inquebrantable de curiosidad, respeto y una vulnerabilidad que no se había permitido sentir en años. Una tarde, después del entrenamiento, mientras se estiraba en el hielo, su entrenadora, Marina, se dio cuenta de que se estaba quedando dormida. —Tierra a Amara —bromeó, dándole un codazo con una sonrisa—. ¿Adónde fuiste hace un momento? Amara volvió al presente, ocultando la leve sonrisa que se dibujaba en sus labios. "A ninguna parte. Solo... pensando en la rutina." Marina arqueó una ceja con escepticismo, pero la dejó pasar y le ofreció una suave palmadita en el hombro. "Bien. Mantén la concentración, niña. Vas por buen camino. Pero no le des demasiadas vueltas; estás en tu mejor momento cuando te dejas llevar". Amara asintió, reflexionando sobre el consejo de su entrenadora. Siempre se había aferrado al control, intentando perfeccionar cada detalle. ¿Pero soltar? Eso era lo único que nunca había dominado. Soltar significaba confiar en sí misma, y de alguna manera, eso parecía más difícil que cualquier salto o giro. Mientras tanto, Liam también se encontraba inusualmente distraído. Era un hombre acostumbrado a compartimentar, a desviar su atención de una aventura a otra con facilidad. Pero desde que comenzó el Winter Blaze Invitational, la mirada feroz y el espíritu decidido de Amara habían permanecido en su mente. Su dedicación le recordaba sus propias luchas para construir su imperio, pero su talento, su firme compromiso con la perfección, eso era algo completamente distinto. Una noche, tras un largo día en la oficina, Liam se encontró consultando las actuaciones anteriores de Amara en internet. Vio un vídeo de su última competición, cautivado por su forma de moverse: elegante pero potente, completamente inmersa en su arte. A medida que ejecutaba cada salto, su admiración se intensificaba. Era una luchadora, una fuerza a tener en cuenta, y cuanto más la observaba, más sentía una extraña atracción hacia ella, algo que trascendía la admiración. Cuando por fin cerró su portátil, se recostó en su silla, sacudiendo la cabeza con una leve sonrisa. Había visto su determinación, su fuerza, pero también había una fragilidad que percibía que ella guardaba con esmero. Se sintió atraído por ella, por comprender la complejidad de ese impulso. A medida que pasaban los días, Amara se esforzaba más que nunca, impulsada por una extraña y silenciosa competencia consigo misma. Sentía la presión crecer, pero era una presión distinta a la que estaba acostumbrada. Ya no se trataba solo de la competencia; se trataba de demostrarse a sí misma —y quizás, en pequeña medida, a Liam— que podía ascender, que era más que una simple patinadora prometedora con potencial. Una noche, tras una agotadora sesión de práctica, se sentó sola en la pista vacía, recuperando el aliento. Las tenues luces proyectaban un suave resplandor sobre el hielo, y su mente volvió a él. Odiaba no poder quitárselo de encima, odiaba haberle dejado ver una parte de ella que solía mantener oculta. Pero por mucho que intentara enterrar el recuerdo de su encuentro, sus palabras persistían. "Una pasión como la tuya es rara, Amara." Respiró con dificultad, oyendo el eco de su voz en su mente, esa serena sinceridad que no podía ignorar. Quizás tenía razón. Quizás era más fuerte de lo que se permitía creer. Cerró los ojos, imaginándoselo allí, en las gradas, observándola con esa serena intensidad. Y mientras lo imaginaba, algo cambió en su interior: una liberación, una liberación. Sabía que no podía controlar todos los resultados, que no podía protegerse de cada caída. Tendría que confiar en sí misma, patinar con todo su corazón, si quería triunfar. Su entrenamiento adquirió una nueva energía, una crudeza y una vulnerabilidad que la asustaban y la emocionaban a la vez. Esa noche, mientras Liam estaba en su oficina revisando la logística de la competición, se preguntó cómo estaría, si estaría lista para enfrentarse al hielo. Estuvo a punto de coger su teléfono para enviarle un mensaje rápido, pero se detuvo. No quería interferir ni distraerla, aunque quería ofrecerle su apoyo. Pero en el fondo, Liam sabía una cosa: él estaría allí, en la grada, observándola enfrentarse a sus miedos, su propio testigo silencioso de la fuerza y la resiliencia que lo habían cautivado. Solo podía esperar que ella encontrara el coraje para confiar en sí misma y que tal vez, solo tal vez, lo dejara formar parte del camino. Y mientras Amara continuaba su entrenamiento, impulsada por la creciente comprensión de que ya no patinaba sólo para ella misma, tanto ella como Liam se encontraron enredados en una atracción magnética que ninguno podía ignorar, una conexión que lenta pero inevitablemente los estaba atrayendo juntos.
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