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Acuné a la pequeña Lía en mis brazos, acababa de dejar el hotel en el que me había hospedado para venir a despedir a mi madre, apenas dos días del funeral y prácticamente todos mis ahorros se habían gastado pero bueno: la muerte y los impuestos son cosa seria.
Suspiré cansada, ser mamá es algo agotador y más en estas circunstancias sin embargo lo prefería a seguir atada a Hector: mi ex marido abusivo y violento. Aunque a decir verdad era muy joven para tener una hija, una maestría y un divorcio, apenas tenía 23 años.
Caminé por la ciudad, iba a comprar un periódico cuando la noticia en la primera plana me hizo retroceder en seco: «Anton Brashen se convierte en el primer multimillonario joven...» y allí posando con un traje n***o impecable y una sonrisa perfecta estaba mi exnovio.
Yo había dejado a Anton por un malentendido... Mi mejor amiga me hizo creer que él había intentado robarle a mi padre, me enfurecí como una bestia: lo humillé, terminé la relación e hice que papá lo despidiera.
Sé que actúe muy impulsivamente, tiempo después descubrí que era una equivocación, pero mi papá estaba enfermo de cáncer en aquella época y ver que el hombre al que estaba ayudando desinteresadamente lo traicionaba de aquella manera me enloqueció.
Me hizo gracia que ahora fuera millonario, era como una novela de esas que leía cuando era joven; se me hacía un poco insulso y ridículo, más que todo considerando la terrible situación en la que yo me encontraba.
—Señorita—una anciana se me acercó—mi más sentido pésame—no la reconocí pero seguramente era alguien cercano.
—Gracias, ¿era amiga o conocida de mi madre?—pregunté con verdadera curiosidad.
—Soy la abuela de Anton—vaya casualidad pensé sorprendida—la reconocí de lejos, siento mucho lo de su madre.
—Si, es algo muy triste pero bueno... La muerte es parte de la vida—ella sonrió afablemente.
—Así es, usted y él... Hacían muy buena pareja—la miré mal, no entendía porqué me hacía un comentario tan desatinado en una situación vulnerable como en la que me encontraba.
—Me tengo que ir—dije, acto seguido di media vuelta y me alejé rápidamente de la viejita.
«¡Qué señora tan imprudente!» pensé molesta, no entendía a que venía ese comentario fuera de lugar. Decidí irme a comprar un batido para relajarme de aquel mal momento.
Me senté en una cafetería, finalmente cambié la opción frutal por un poco de cafeína, estaba bostezando demasiado y apenas eran las tres de la tarde. Suspiré perezosamente, incluso me ardían los ojos, loa últimos días había dormido muy mal.
Revise mi cuenta bancaria para descubrir otra fatalidad que agregar a mi lista: los de la funeraria habían cobrado dos veces el paquete, dejándome con 17 dólares en la cartera. Desesperada comencé a hacer llamadas para intentar resolver la situación en el menor tiempo posible.
Al final dijeron que tardarían entre tres y diez días hábiles en realizar la devolución, sentí que me iba a dar algo. Agarré mi vasito de cartón y mi mochila y me fui a buscar refugio en algún parque, no pude evitar comenzar a llorar, aquella situación era desesperante.
La pequeña Lía también entro en crisis y empezó a chillar, tuve que calmarme para tranquilizarla a ella... No sabía que hacer, mis padres estaban muertos y no había vuelto a hablar con mis amigos hacia años.
Me quedé sentada en aquella banca, viendo los autos pasar, tomándome el café frío como castigo extra ante mi deprimente existencia. Abrigue a mi bebé lo mejor que pude, al menos ella no pasaría frío y yo era vieja y podía aguantar.
Estaba en el momento más oscuro de mis cavilaciones cuando un Rolls-Royce n***o fue bajando la velocidad y se estacionó justo frente a mí.