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1061 Words
No tenía demasiadas ganas de pasar al lado de Anton convaleciendo luego de un accidente pero la culpa había hecho mella: sabía que se lo debía, él había usado su cuerpo como escudo humano para protegerme a mí y a Lía. Cuando pensaba que hubiera pasadon si Anton no se interponía me llenaba de una angustia horrible, el: «¿y si...?» se me atoraba en la punta de la lengua. Porque quizás hubiera sido la peor catástrofe de mi existencia. A lo mejor Lía salía disparada de mis brazos, sabía que si algo le pasaba a mi bebé mi corazón y mi mente no lo tolerarían. Era lo más importante para mí en todo el universo. Yo no soy una heroína de novela que sacrifica a la persona que ama con tal de salvar al mundo, yo prefiero sacrificar al mundo entero para salvar a la persona que amo. Por eso me quedé solo porque el me lo pidió, no me era algo insoportable del todo si era por honor, aunque Bianca era un dolor de ovarios y eso lo tenía bien claro. Estaba jugando con Lía en la habitación cuando la señorita Stevens irrumpió, estaba vestida como de costumbre: demasiado glamour y poca practicidad, un vestido verde, un chal ópalo y zapatos de tacón de punta. —Ten muy en claro que Anton solo te protegió porque tenías a tu hija en brazos: él me lo dijo así que ni te ilusiones. —Jamás lo haría—contesté con honestidad—él es tu prometido Bianca y aunque tú no me agrades ni un poco por lo frívola, superficial, narcisista, egolatra... —¡Ey, ya basta!—dijo lanzándome una reprimenda—deja de ser tan hostil. —En fin: a pesar de lo desagradable que resultas para mí entiendo que te casarás con Anton... Sinceramente desearía no estar aquí pero las circunstancias me han obligado pero apenas pueda me largaré. —Que sepas que él solo te pidió que te quedarás para que fueras su sirvienta—se burló—para que cocines y lo cuides cuando nadie más este disponible, es el lugar que te corresponde después de todo el daño que has hecho. —Pues si él se fía de mí para eso puede que terminé resbalandose por las escaleras "accidentalmente" o comiendo un platillo de comida envenenada; no estoy aquí para servirle a nadie, que te quede claro. —¿Qué más harías?—dijo mirándome—su tu esposo te dejó con esa bebé... —Puedo sola, sé trabajar y estudié muchos años para valerme por mi misma, a diferencia de ti Bianca Stevens: mis padres no me criaron con el único fin de capturar al mejor postor, ellos querían que su hija tuviera autonomía financiera. Así que soy libre, nadie vela por mí es cierto pero a la vez no hay una billetera a la que deba rendir cuentas más que a la mía. Pasé un mal momento tras el cobro doble del paquete funerario de mi madre pero ya he recuperado mi independencia. —Como si tuvieras otra opción—dijo mirándome, intentaba parecer altiva pero se le estaba acabando la carga de odio y el chip de resentimiento se iba resecando al quedarse sin argumentos—¿creés que Anton aún querría casarse contigo luego de que apareciste aquí con una hija de otro hombre? —No me interesa casarme con Anton—contesté con sinceridad—me matrimonio anterior fue porque el me ofreció estabilidad en mi condición migratoria y yo quería crecer profesionalmente en el extranjero... Pero nunca soñé con casarme—Bianca parecía contrariada e incómoda—el Señor Brashen ya me dio todo lo que quería de él, no hay más, nuestra relación ha muerto para siempre y él es completamente tuyo. —¿Todo lo que querías de él eran unos cuantos acostones sin compromiso?—dijo mirándome y mostrando el diamantes en su dedo. —Si—dije plasmando una sonrisa malévola en mi rostro—eso era lo que quería. Yo vi a Anton Brashen hace tantos años y justo pensé: "este hombre va a ser mío y me lo voy a comer tantas veces que mi apetito de él va a quedar completamente saciado", ya lo tuve, ahora es tuyo—Bianca enrojeció y salió corriendo. Me quedé mirando a la puerta, sabía que tenía una lengua demasiado afilada y que a veces me pasaba de sinvergüenza pero no podía evitarlo: la señorita Stevens se lo había buscado. Cuando Lía se quedó dormida en la noche me quedé mirando al techo, el sueño no acudía a mí y la cena había sido demasiado ligera para mi gusto. Suspiré, estar de nuevo en mi ciudad y en circunstancias tan extrañas se sentía como estar dentro de un cuento. En eso llegó Rafa, el guardaespaldas de Anton y me dijo que él ocupaba verme; no quería dejar a Lía pero tuve que obligarme a ir mientras una de las cocineras la vigilaba. La habitación del Señor Brashen era enorme: ventanales con vista a la ciudad, un balcón, una cama que era del tamaño de mi cuarto de invitada, una mesa, una televisión tipo cine, todo lujo y ostentosidad. Él estaba arrecostado en la cama, al menos ya no se veía tan mal como en el hospital a pesar de sus vendas. Me miró durante unos segundos, no supe descifrar que había en esos ojos cargados de misterio. —¿Por qué le dices esas cosas a Bianca?—solté una carcajada sin poder evitarlo—eres demasiado vulgar. —Perdóname Anton—sonreí—ella me provoca y adoro ver la cara de vergüenza que pone cuando le hablo sucio. —¡Alma!—rugió—deja de corromper a mi prometida. —Lo siento Señor Brashen—batí las pestañas con coquetería fingida—ese trabajo le toca a usted. —No le menciones más a Bianca las cosas que hicimos. —Pues dile que no me moleste y seré como una tumba cerrada. —¿Tanto te cuesta olvidar?—se burló. —No te creas tan importante, nisiquiera estas en el top tres de mis mejores amantes—sus ojos se oscurecieron, lo miré altiva a pesar de que estaba mintiendo descaradamente. —Que mal, porque tu estás en el primer lugar.
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