Un dolor en el Trasero
Iba a matarlo.
No hoy. No mañana.
Pero quizá algún día.
Algún día en el que mi nombre ya no estuviera ligado al suyo. Cuando Emma Guzmán fuera apenas una mancha de tinta olvidada en uno de sus contratos millonarios. Entonces —y solo entonces— nadie sospecharía que fui yo.
Entrecierro los ojos en su dirección. Sé que mi famosa mirada de hielo no le hará absolutamente nada, pero aun así la afilo, la sostengo, la convierto en un arma silenciosa mientras él sigue comiendo como si nada. Como si no acabara de dejar plantados a veinte niños vestidos de superhéroes en un hospital.
Niños con cáncer.
—Solo cancélalo —gruñe otra vez, como si no lo hubiera escuchado la primera.
Oh, lo había escuchado.
Todo el maldito Nueva York lo había escuchado.
Lo fulmino con la mirada.
—Y no —añade sin siquiera mirarme—No vas a hacerme cambiar de opinión con esa cara.
Corta un trozo de carne con una calma insultante y se lo lleva a la boca.
La boca que quiero golpear.
Me contengo de alzar el dedo medio. Aunque esté al otro extremo de la mesa, sé que su sexto sentido hollywoodense se activaría de inmediato. Igual que ahora, que sin verme sabe perfectamente que lo estoy asesinando con la mirada.
—Thomas, lo prometiste —insisto.
—No. Tú lo prometiste —responde, imperturbable—. Debiste ser más cuidadosa con los compromisos a los que estoy dispuesto a ir.
Toma la copa de vino tinto y bebe un largo sorbo. Para horror de la vena de mi frente —que amenaza con lanzarse directo a su yugular—, mi jefe continúa comiendo con infinita paciencia.
¿Todavía daban cadena perpetua en Nueva York por asesinato?
Cierro los ojos y me concentro en los ceros de mi cheque.
Uno… dos… tres… cuatro…
No funciona.
Si hay algo que odio con todo mi ser es cancelar compromisos a última hora. Preferiría dispararme en el dedo gordo del pie. Pero al parecer, el señor Me importa una mierda tu compromiso, Emma no comparte mis principios.
Me muerdo la parte interna de la mejilla y parpadeo hacia él.
Estas visitas no eran improvisadas. No me desperté un día pensando: ¿Sabes qué sería divertidísimo? Vestir a Thomas Preston como Capitán Nort y llevarlo a un hospital infantil. Claro que no. Ni siquiera tenía que consultarlo con él; le encantaba. Le gustaba ver a los niños sonreír, firmar autógrafos, tomarse fotos con pequeños héroes que lo miraban como si realmente pudiera salvar el mundo.
Pero desde que Amber —la Perra con P mayúscula— lo dejó…Corrijo.
Desde que él la echó de casa en mitad de la noche.
Según la prensa.
Nada volvió a ser igual.
Y lo entiendo, ¿sí? Que tu matrimonio se acabe es una mierda. Pero eso fue hace siete meses.
Siete meses en los que yo limpié cada una de sus borracheras.
Siete meses sobornando bares para que no filtraran fotos del gran Thomas Preston besuqueando a medio Manhattan.
Siete meses sin dormir bien.
Siete meses sin paz.
—Por favor —digo, y odio lo desesperada que suena mi voz.
Nunca, en toda mi vida como asistente —niñera, secretaria, chofer, fotógrafa y ocasional apagafuegos— había tenido que suplicar.
Cuando me declaré en bancarrota intentando pagar mis préstamos universitarios y estuve a un paso de dormir en la calle, decidí que haría cualquier cosa por dinero.
Bueno… casi cualquier cosa.
Cualquier cosa legal.
Así que cuando Susan Vesty me llamó para ofrecerme trabajo como asistente personal, acepté sin preguntar. No me importó que fuera alguien complicado. Ni importante. Ni que tuviera que firmar una cláusula de confidencialidad. Estaba desesperada.
Habría participado en el maldito Juego del Calamar si hubiera sido necesario.
Así que imagina mi sorpresa cuando vi el nombre de Thomas Preston en el contrato.
Un actor de Hollywood.
Los peores del mundo.
Los odiaba desde que trabajé como mesera en la gala del MET y me trataron como si fuera invisible. Aun así, me mantuve positiva. Mi motivación era simple: no dormir en la calle.
Y, para mi sorpresa, el señor Preston —como lo llamaba al principio— resultó ser… normal.
Amable.
Respetuoso.
Incluso insistió en que lo llamara Thomas.
Durante cuatro años pensé que había encontrado el trabajo de mis sueños: un salario justo, un jefe ridículamente atractivo, viajes a lugares que jamás imaginé conocer, entradas gratis al cine y acceso directo a personas importantes.
Aunque, siendo honesta, lo único que realmente me importaba era conocer a Adele.
Mi percepción de Hollywood cambió gracias a él.
Pero —oh, sí— todo sueño tiene un enorme pero.
Uno con nombre, apellido y una sonrisa capaz de arruinarlo todo.
El mío se llamaba Amber Ferrer.
Amber no solo fue la esposa de Thomas. Fue el punto de quiebre. La mujer que abrió una grieta silenciosa en el hombre amable que yo conocía y dejó salir algo más oscuro, más impulsivo, más autodestructivo. Desde que ella entró en su vida —y luego salió de la forma más ruidosa posible—, mi trabajo dejó de ser un empleo soñado y se convirtió en un campo minado.
—¡NO! —grita de pronto.
Retrocedo. Nunca me había gritado. Ni cuando derramé vino tinto sobre una alfombra blanca. Ni cuando confundí a un director ganador del Óscar con un mensajero.
—Lo siento, Emma —dice, pasándose las manos por el rostro—. No he dormido bien estos días, ¿sí?
—Lo entiendo —respondo.
Mentira.
Tomo las llaves de la mesa y salgo hacia el estacionamiento. He terminado por hoy. Él lo sabe. Está a un paso de agotar mi paciencia y por eso me deja ir.
Mientras camino, marco el número de Andy Smith, su coprotagonista en la trilogía Lux.
—¿Qué pasa, M&M? —responde al primer timbrazo.
—Hola, Andy. Lamento molestarte en tu día libre, pero… ¿podrías hacerme un favor?
—Para la mujer que me presentó a mi novia, lo que sea.
Sonrío.
—¿Podrías ir al hospital Mercy para niños con cáncer vestido como Súper Fly?
—Claro… ¿pero no iba a ir Thomas?
Suelto un suspiro largo, resignado.
—No me digas que todavía sigue…
—Siendo un dolor en el trasero —contesto—Sip.
Andy se ríe al otro lado de la línea.
Y yo pienso, por primera vez en el día, que quizá no todo esté perdido.
****
Llego a casa alrededor de la una y media de la tarde. Es la primera vez que entro tan temprano en los últimos dos años, y el silencio me resulta casi sospechoso.
—Hola, amor —susurro apenas cruzo la puerta.
Mi bebé Lola aparece como una exhalación: una labradora de un año, cola descontrolada y mirada de te extrañé durante siglos. La adopté como regalo de cumpleaños para mí misma y ha sido, sin exagerar, mi decisión más adulta.
—Em, ¿eres tú? —pregunta una voz desde la cocina.
—Sí —respondo, mientras me arrodillo para llenar de besos la cabeza de Lola.
—¿Ocurrió algo? ¿Por qué llegas tan temprano, querida?
—Ay, señora Inés… —me dejo caer dramáticamente en el sofá—. No sé qué voy a hacer con ese hombre.
La señora Inés es mi vecina de enfrente y la guardiana oficial de Lola cuando yo trabajo, que es casi siempre. La conocí el primer día que me mudé al edificio. Estaba tan emocionada por tener, por fin, mi propio espacio, que no dejaba de dar saltitos en el ascensor.
—Primera vez que vives sola —dijo entonces.
Asentí, sonriente.
—Debes saber tres cosas antes de vivir sola en este edificio —continuó, levantando un dedo—. Primera: siempre ten comida en la nevera. Haz mercado una vez al mes y llénala. Las tiendas quedan lejos y los domicilios son carísimos.
Levantó un segundo dedo, muy serio.
—Segunda: pega los recibos de los servicios en la puerta de la nevera. No querrás llegar a casa y descubrir que no tienes agua. Aquí la política del “no pago” es estricta.
Alzó el tercer dedo y me guiñó un ojo.
—Tercera: si algún día vas a tener sexo, avísame para salir a dar un paseo.
Me puse roja como un semáforo, pero anoté mentalmente los dos primeros consejos.
—Gra… gracias —atiné a decir.
—Bien —sonrió—. ¿Quieres tarta y café de bienvenida? Hago tartas caseras.
Y con eso me ganó para siempre.
—Sé paciente con ese hombre —me dice ahora, desde la cocina—. Ha pasado por un infierno.
—Trato de serlo, Inesita, de verdad —aplasto la cara contra un cojín—, pero todo tiene un límite. Un día de estos voy a renunciar.
—Sí, cómo no —bufa— Amas ese trabajo y te preocupas por tu jefe. Estás así porque él está sufriendo y, por primera vez, no sabes cómo arreglarlo.
—Que una perra fría le rompiera el corazón a mi jefe no venía en el contrato.
—Me gusta cómo suena esa frase —dice, pensativa—La usaré en uno de mis libros.
¿Olvidé mencionar que la señora Inés tiene sesenta años, es pensionada, se viste de colores pasteles, nunca se casó y en sus ratos libres escribe novelas eróticas?
—Por cierto —Me acomodo en el sofá—, ¿le sirvieron las fotos en ropa interior que le traje de mi jefe?
—Oh, claro que sí —abre los ojos y se abanica con las manos—. Ese hombre es un Adonis. Superé mi bloqueo creativo con la primera foto.
Estallo en carcajadas. La señora Inés es peculiar, divertida y una cocinera espectacular. El día que me confesó que escribía bajo seudónimo esperaba que me escandalizara como sus amigas del club de tejido. En vez de eso, fui a mi propio librero y le pedí que me firmara varios ejemplares.
—No puedo creer que alguien haya dejado escapar a un hombre así —suspira—. ¿Qué le pasa a esa tal Amber? Si yo tuviera unos años menos…
Hace una pausa y sonríe, cómplice.
—Por cierto, tengo una de esas fotos enmarcada en mi mesa de noche. ¿Crees que pueda firmarla?
Vuelvo a reírme, fuerte, y por primera vez en el día siento que el peso en el pecho afloja un poco.