Narra Thomas. Estoy sentado en la biblioteca esperando a que lleguen Robert y la editora. Miro la puerta por la que salió Emma y controlo el impulso de decirle que sí, que necesito que se quede. Pero no lo hago. Sé que si sigo dependiendo de ella, pronto no me quedará nada con qué defenderme. Mi teléfono vibra. Un mensaje de Robert. «¿Qué pasa? No nos hagas esperar más». Frunzo el ceño. Se suponía que Emma debía haberles dicho que podían pasar hace cinco minutos. Le respondo que entren de una vez a la biblioteca. ¿Dónde diablos está Emma? No pasan ni dos minutos cuando Robert entra pavoneándose, seguido de una mujer elegante. Para mi sorpresa, también es joven. Muy joven. Me observa como un felino que acaba de decidir si jugar con su presa… o destriparla directamente. —Vaya —

