«Narra Thomas»
—Sin duda es una gran chica —comenta Peralta.
Observo la espalda de Emma mientras se aleja. Su cabello me recuerda a los atardeceres de Montana: castaño, apenas ondulado, con una caída natural y elegante que normalmente le llega hasta la cintura. Hoy lo lleva recogido de cualquier forma, señal inequívoca de que salió con prisa de casa.
Me siento un hijo de puta.
—Claro que sí —respondo—. Es la mejor chica que conozco.
Y no exagero. Es la única persona capaz de soportar mi mierda sin venderme a la prensa amarillista. Estoy bastante seguro de que incluso ha sobornado gente por mí.
Aparto la vista de la puerta por la que salió Emma y miro a Peralta y a Mercedes.
—También quería disculparme por el comportamiento vergonzoso de esta mañana. No volverá a suceder.
—Descuide, jefe —dice Peralta—. Lo sabemos.
Camino directo a la biblioteca. Al entrar, todo está impecable. Inmaculado. Como si mi peor crisis nunca hubiera ocurrido aquí. Incluso la puerta que Peralta destrozó ya ha sido reemplazada.
Voy hasta el escritorio y me dejo caer en el sillón. Mi celular descansa sobre la mesa. Lo enciendo.
Demasiadas llamadas perdidas: Peralta, Mercedes, mi agente, Andy, mi madre… pero ninguna de Emma.
Ignoro los mensajes de invitaciones a fiestas y encuentros sexuales y voy directo al último mensaje de voz que me dejó hace dos días.
—¿Adivina qué? —su voz suena burbujeante—. Acabo de salir del Hospital Mercy. Hay millones de niños que quieren verte… bueno, al capitán Nort en realidad —ríe—. Ya nos anoté para venir en la tarde. Según tu agenda no tienes nada, así que vamos a divertirnos como antes.
Soy un imbécil.
Un imbécil completo.
Recuerdo la forma en que le dije que no iría. Mi tono arrogante. Mi indiferencia. No sé cómo sigue hablándome.
Escucho el mensaje otra vez. Su voz es alegre, viva. En los hospitales siempre es la primera en llegar, la que se sienta en el suelo con los niños, la que logra que se olviden —aunque sea por un rato— de dónde están.
Repito mentalmente: soy un imbécil.
Me recuesto en el sillón y exhalo lentamente. Mi mirada se posa en la estantería, justo donde está el Globo de Oro que gané hace dos años. Pero cuando lo veo, no siento orgullo.
Pienso en Emma.
Iba a rechazar el protagónico de esa película. Sentía que no encajaba. Mi agente insistió en que era perfecto para el papel, pero yo no estaba convencido. Le pedí su opinión a Amber y lo único que dijo fue que, después de interpretar al capitán Nort, no me veía como un paciente psiquiátrico.
Estuve a punto de rechazarlo por completo.
Entonces Emma leyó el guion.
Dijo que tenía madera de Oscar. Que ese papel era justo lo que necesitaba para no quedar atrapado en personajes de superhéroe. Me convenció.
Acepté.
La película ganó Mejor Dirección en los Óscar y yo gané Mejor Actor en los Globos de Oro.
Hoy en día, Emma es quien lee mis guiones y me aconseja. En ese aspecto, es mejor que mi agente.
Tomo el teléfono otra vez.
Hago la llamada que he estado evitando toda la mañana.
*****
El reloj marca las siete de la mañana. El doctor Brennan me observa en silencio, esperando a que inicie la sesión.
—Por teléfono me dijiste que era una urgencia, Thomas —dice al fin—. ¿Ocurrió algo?
—Probé la cocaína por primera vez —suelto de golpe.
El doctor Brennan no se inmuta. Anota algo en su libreta con absoluta calma.
—¿Cómo te sentiste? —pregunta, impávido.
—No lo recuerdo.
—¿Por qué sentiste la necesidad de hacerlo?
—Quería dormir mejor.
—¿Volvieron las pesadillas?
—Sí.
Guardo silencio un segundo, intentando poner la mente en blanco para no dejar que las imágenes regresen. No siempre lo logro.
—¿Sientes la necesidad de volver a probarla… o de consumir otro tipo de droga? —continúa.
—No —respondo con firmeza—. Se lo prometí a Emma.
—¿Emma? —pregunta, sorprendido.
—Mi asistente.
Anota algo de inmediato.
—Interesante —comenta—. ¿La opinión de Emma es importante para ti?
Lo pienso un momento. No me gustó la forma en que me miró cuando ocurrió todo. Últimamente, lo único que hago es comportarme de manera vergonzosa frente a ella.
—Creo que sí. Lo único que hago es causar desastres y ella siempre está ahí para limpiarlos.
—¿Cuántas veces ves a Emma a la semana?
—Todos los días.
—¿Y qué harías si ella decidiera irse?
Un sudor frío recorre mi frente.
—Creo que… no me gustaría —respondo.
—Es importante que, después de lo de Amber, no desarrolles dependencia hacia otra persona. Sé que Emma ha estado contigo en los momentos más duros, pero no olvides que ella está ahí porque hace su trabajo.
—¿Qué está tratando de decir, doctor? —pregunto, molesto—. Yo no me voy a morir si Emma decide irse. Es mi asistente, ¡no mi jodida novia! Sé perfectamente qué papel cumple en mi vida.
—No te pongas a la defensiva, Thomas. Solo no quiero que te aferres a la única constante que tienes ahora. Te recomiendo que la veas un poco menos.
Salgo del consultorio del doctor Brennan furioso.
¿Aferrarme a Emma? Claro que sí.
Es mi asistente. Yo decido cuántas veces la veo.
Subo a mi Ferrari y conduzco directo a casa. Necesito un nuevo proyecto. Mantener la mente ocupada, eso es lo que necesito.
Llego a la mansión a las ocho en punto. Emma debió llegar hace diez minutos. Le indico a Peralta que le diga que la espero en la biblioteca. Seguramente estará en la cocina, tomando café con Mercedes.
—Jefe… ella no ha llegado.
Me detengo en seco.
—¿Qué dijiste?
—La señorita Emma aún no ha llegado.
Tomo el celular y marco su número. Va directo al buzón.
¿Qué carajos?
¿Habrá renunciado?
Dijo que llegaba a las ocho. Lo escuché perfectamente.
Intento llamar otra vez. El buzón responde de nuevo. Respiro hondo antes de estrellar el teléfono contra el suelo.
—Peralta —digo, tenso— cuando Emma llegue, mándala a la biblioteca de inmediato. Y consígueme un teléfono nuevo.