El límite

1591 Words
Despierto a medianoche con el sonido del celular vibrando sobre la mesa de noche. Nunca me han gustado estas llamadas. El estómago se me encoge incluso antes de mirar la pantalla, como si mi cuerpo supiera algo que mi mente aún no quiere aceptar. Número fijo. La mansión de Thomas. —Ho… hola —contesto, con la voz espesa de sueño. —¿Señorita Emma? —¿Mercedes? —pregunto, ya completamente despierta. Es el ama de llaves. Nunca me llama. Jamás. Mi espalda se endereza de inmediato mientras enciendo la lámpara. —Sí, señorita… soy yo —susurra—. ¿Podría venir a la casa del señor, por favor? Mi corazón da un salto incómodo. —¿Qué ocurre? —El señor Thomas lleva toda la noche encerrado en la biblioteca. No salió ni siquiera para tomar su batido de proteínas. No he escuchado ningún ruido desde hace rato y… —baja aún más la voz— tengo miedo. Estaba muy alterado desde que usted se fue. Y… tengo un mal presentimiento. El aire se me queda atrapado en los pulmones. —¿Intentó tocar la puerta? —pregunto mientras me pongo los jeans con manos torpes—. ¿Está en su habitación? —Sí, claro que intenté —responde nerviosa—. Fue lo primero que hice. En su cuarto no está. Las sábanas siguen como las dejé esta mañana. Y Franklin dice que no ha salido. —Está bien —digo, ya buscando las llaves—. Voy para allá. Avísele a Franklin que me deje entrar. —Sí, señorita. Y… perdone por molestarla a esta hora. No sabía qué hacer. —Hizo bien, Mercedes. Cuelgo y cierro los ojos un segundo. No me peino. No me maquillo. Me recojo el cabello con lo primero que encuentro y me calzo sin pensar. Lola se levanta de inmediato, agitada, convencida de que es hora de nuestra carrera habitual. —No, amor —susurro, rascándole detrás de las orejas—. Esta vez no. Le cambio el agua, lleno su plato de comida para distraerla. A Inés no le gustaría que coma a esta hora, pero no tengo otra opción si quiero salir sin que ladre. Tomo las llaves del carro y salgo al pasillo desierto. El ascensor tarda una eternidad. Sacudo el pie con impaciencia. —Genial —murmuro—. Porque, claro, vivo en el último piso. Cuando las puertas por fin se abren, corro al estacionamiento, desbloqueo el auto y arranco. Mi pie no se despega del acelerador. **** Rezo. Rezo para que solo se haya desmayado por una de sus borracheras. Rezo para que no haya cometido ninguna locura. Al llegar a la mansión, Fran abre la reja de inmediato. Estaciono mal, bajo corriendo y entro a la casa. Mercedes me recibe con el rostro pálido. —¿Ningún cambio? —pregunto mientras caminamos hacia la biblioteca. Niega con la cabeza. —Dile a Peralta que traiga su trasero hasta acá. Es urgente. Ella sale corriendo. Yo acelero el paso y, al llegar a la puerta de la biblioteca, golpeo la madera con desesperación. —Thomas, soy yo —llamo—. Abre la maldita puerta. Nada. —Señorita… —dice Mercedes—. Aquí está Peralta. Me giro hacia él sin paciencia. —Derríbala. —¿Qué? ¿La puerta? —pregunta, señalándola. —Sí, Peralta. La maldita puerta. Peralta, el guardaespaldas de casi dos metros y noventa kilos de músculo puro, duda. —¿No tiene llave, Mercedes? —No. Da la casualidad de que es la única puerta de la casa de la que no tengo —responde. —¿Ves? —digo—. ¡Derríbala ya! No sabemos si le pasó algo. Eso lo pone en alerta enseguida. Peralta toma impulso y le da una patada brutal. Las bisagras salen disparadas. Yo me encojo. Nota mental: jamás hacer enojar a Peralta. Entramos a la biblioteca. —Thomas —lo llamo—. Señor Preston… Mercedes enciende la luz. Lo veo tirado boca abajo junto al sillón del escritorio. El corazón se me detiene cuando noto, a su lado, un frasco vacío de pastillas y una bolsita blanca sospechosa. ¿Thomas… qué has hecho? —Virgen Santísima —exclama Mercedes. Me arrodillo de inmediato, lo volteo y busco su pulso en el cuello. —¿Está vivo? —pregunta Peralta, tenso. Cuando siento el pulso, el mío vuelve a latir. —Sí. Está vivo. Solo desmayado. Me pongo de pie y tomo el control. —Mercedes, recoge esa porquería —señalo la bolsita— y bótala. Revisa toda la biblioteca; si encuentras más, haz lo mismo. —Peralta, carga a tu jefe y llévalo al baño. Antes de salir, le digo a Mercedes: —Ni una palabra de esto a nadie. Estoy molesta. No… estoy decepcionada. Peralta lo deja en la bañera. Abro la ducha. Thomas sigue con la ropa de ayer y apesta a alcohol. Cuando el agua le cae en la cara, despierta sobresaltado, maldiciendo. Yo no me muevo. —¿Peralta? ¿Puedes dejarnos solos? —pido. Se va. Thomas escupe agua y resbala contra el mármol. —¡¿Qué carajos, Guzmán?! —grita. Ah. El descaro. Apago la ducha y lo miro fijamente. —¿Sabes con qué imagen me encontré en la biblioteca? —pregunto Él no me responde. — Pensé que estabas muerto. Pensé que mi jefe había muerto como tantas estrellas de Hollywood… por una sobredosis en su propia casa. —¡No soy un drogadicto! —niega, saliendo de la bañera. —Eso pensé —le grito—. Pero te encontramos junto a un frasco vacío y una bolsita blanca. No soy estúpida, Thomas. ¿Qué tienes que decir en tu defensa? Me mira con los ojos rojos. Mis labios tiemblan. Por primera vez siento algo parecido a envidia por Amber. ¿Cómo se siente tener el poder de destruir a alguien así? —No tengo que darte explicaciones. Solo eres mi jodida asistente —dice. Ignoro el golpe de sus palabras. —¿Recuerdas cuando vimos la noticia de la sobredosis de Demi Lovato? —digo—. Te pregunté si alguna vez sentiste curiosidad. ¿Recuerdas lo que me dijiste? Se detiene. —Emma, yo… —¿Lo recuerdas? Silencio. —Que le prometí a mi madre que, si llegaba a ser famoso, nunca tocaría las drogas —susurra. —¿Y qué pasó? —Solo fue para dormir… solo una vez. Creo que me desmayé. No recuerdo más. —No soy nadie para juzgarte —digo con la voz rota—, pero prométeme que no volverá a pasar. Porque si lo hace… no esperes que me quede. Me mira, sorprendido. —Te lo prometo —dice—. No me dejes tú también. Sale del baño. Yo me quedo ahí, procesando sus palabras. ¿Acaba de admitir que me necesita? Decido no darle importancia. Al salir, Peralta sigue en la puerta. —¿Estás bien? —pregunta. —Sí. Y sabes que esto no sale de estas paredes. —Siempre —responde—. Me alegra que te haga caso a ti. Después de la señora Preston, solo te escucha a ti. —No exageres. También escucha a su agente. —Esa escoria —escupe—. Desde el divorcio, solo le importa el dinero. Asiento. Robert Simpson nunca me agradó. —Menos mal no lo llamaron —digo. —Vamos a la cocina. Mercedes hizo café. —Eso es estupendo.—suspiro. **** Mercedes hizo un café excelente, eran las 5 de la mañana. Del afán que tenía no había traído mi teléfono y estaba preocupada por Lola, a esta hora salíamos a correr. —Creo que debería irme. Mi perra está sola en casa y yo creo que tampoco estoy vestida para trabajar. Peralta me observa y sonríe, me había puesto unos pantalones de Yoga y una sudadera con capucha de superfly que era el doble de mi tamaño y unos tenis amarillos. —Te ves muy joven así—dice Mercedes —Al lado de Peralta si—Ambos sonreímos. De la nada entra Thomas Bañando, afeitado y cambiado, tuve un deja vú de cuando lo vi por primera vez y me pareció tan guapo, tan pulcro...Tan perfecto. Cuando ve que tengo las llaves en la mano, me pregunta —¿Te vas? —Si, tengo que cambiarme y desayunar —Puedes cambiarte y desayunar aquí, sabes que tienes ropa acá. Era cierto, pero no quería quedarme, no sabía porque pero una parte de mi no quería complacerlo. —Tengo que alimentar a Lola, Además deje mi celular. —Ah, Claro Lola, a veces olvido que tienes una mascota—Me observa un rato y dice—Lindo buzo. —Gracias...Andy me lo regaló— No se porque siento la necesidad de decirle eso, pero lo hago— No atinó con la talla pero está autografiado. Se mirando queda la sudadera y dice. —Yo te hubiera podido dar uno del Capital Nort. Yo no respondo, en ese entonces estaba recién casado con Amber y no le prestaba atención a más nadie. —Bueno, me tengo que ir, Mercedes rico Café, Peralta te debo una. Regreso a las 8. Salgo de la cocina con prisa y no volteo en ningún momento. —Ella es una excelente chica— escucho que dice Peralta. Me quedo un rato esperando a ver si Thomas le responde, pasan los minutos y no escucho nada. Entonces continuó caminando.
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