El ruido de un despertador ajeno retumba dentro de mi cráneo. Intento abrir los ojos, pero siento como si un camión me hubiera pasado por encima, puesto reversa y vuelto a pasar. Tengo la boca como algodón, la cabeza a punto de estallar y el sonido insiste, cruel, implacable. Busco a tientas mi teléfono para apagarlo. Un segundo. Abro los ojos de golpe. Ese no es el sonido de mi despertador. El corazón se me paraliza. El ruido viene de la sala. Escucho un quejido, algo se mueve, un golpe seco… y el despertador se apaga. Oh, por Dios. HAY ALGUIEN EN MI SALA. Me levanto con cuidado, tomo el bate de béisbol que Diana me regaló cuando supo que vivía sola —por si algún día tienes que romperle la cabeza a alguien, dijo— y avanzo hacia la puerta. Paso frente al espejo del cuarto y me de

