Justicia

1099 Words
-¡Aidan, ya es hora de levantarse! La voz de Ronald llegó desde el primer piso y el pequeño pelirrojo abrió pesadamente sus ojos verdes. Vio el reloj. Eran las 06:30 de la mañana. Desde que su padre había comprado una media docena de gallinas, lo obligaba a alimentarlas cada mañana y cada noche, incluso los fines de semana, lo que para él, no tenía sentido. Solo tenía 10 años, ¿por qué tenía que preocuparse de animales que ni siquiera pidió? Pero aun así, lo hacía. No quería tener problemas con su padre. Se desperezó y vistió lo más rápido que pudo. Al bajar, encontró a su madre, Sabrina, ya preparando el desayuno. La saludó con un beso en la mejilla y salió al gallinero. A pesar de sus protestas internas, en el fondo le gustaban esas aves, le hacía gracia cómo se movían, sus sonidos y que cuando él llegaba, todas se acercaban, como sabiendo que traía los más exquisitos manjares. Bueno, no tan así, pero les llevaba la comida, que era lo importante. Incluso había un par que no le temían y se dejaban acariciar. Cuando les dejó las semillas esparcidas por el suelo, las gallinas salieron rápidamente de sus corrales y empezaron a picotear. -Aidan, toma la gallina que más te guste y acompáñame -le dijo su padre asomándose. El pequeño miró a las aves y eligió una que tenía las plumas de un color rojizo, razón por la cual la había llamado Ginger. Porque sí, él las había nombrado a todas. Se acercó a Ginger y la acarició por el lomo para luego tomarla en brazos. La gallina no se resistió, y Aida aprovechó de acariciarle la cabeza otro poco mientras caminaba detrás de Ronald. Entraron al granero y el hombre le quitó la gallina de las manos. -Mira hijo, esto me lo enseñó el abuelo. Antes de que el niño pudiera decir algo, su padre había tomado al ave de la cabeza y el cuerpo y le estiró el cuello hasta que se oyó un leve crujido y Ginger quedó flácida. Ronald llevó a la gallina a una mesa y, tomando un hacha, le cortó la cabeza. Aidan había estado tan impactado que no pudo moverse ni articular palabra hasta que sintió gotas de la sangre aún tibias salpicar en su rostro. -¡Mamá! -gritó el niño mientras corría a su casa. Al entrar, abrazó a Sabrina y escondió el rostro entre su ropa. -¿Hijo, qué pasó? -preguntó ella, preocupada. -Papá mató a Ginger -explicó él aún alterado. -¿A quién? Antes de que pudiera responder, Ronald llegó con la gallina decapitada en la mano. -Cariño, traje la cena -dijo, sin preocuparse de la reacción que había tenido su hijo, e ignorando el grito que dio el pequeño al ver, nuevamente, el c*****r de la gallina. Aidan subió corriendo por la escalera y se encerró en su habitación. A los pocos minutos, sintió suaves golpes en la puerta. -Hijo, ¿puedo hablar un minuto contigo? -le dijo su madre con voz suave, asomándose por la puerta. Él asintió con la cabeza y Sabrina se sentó junto a él en la cama. -Entiendo que te impresionaras con lo que hizo tu padre, pero es algo normal. ¿De dónde crees que viene el pollo frito? Pero Aidan nunca se había cuestionado de dónde salía la comida. Y ahora se le revolvía el estómago de solo pensarlo. -Para eso compramos las gallinas, para comerlas, hijo. -Pero a mí nadie me dijo nada, y yo me había encariñado. La mujer lo abrazó, intentando calmarlo, mientras le sobaba la espalda. -Ya verás cómo se te pasa todo esto para la hora de la cena. Ahora, a tomar desayuno e ir a la escuela. -No tengo hambre. -Te enviaré un sándwich entonces. Aidan salió rápidamente de su casa. No quería cruzarse con su padre. Le dio lo mismo esperar casi media hora a que llegara el autobús, solo quería alejarse. En la escuela saludó a tres sus amigos, e intentó tener un día normal, pero hubo uno que notó que algo no estaba bien. -¿Te pasa algo, Aidan? Has estado raro todo el día -preguntó Raen. El pelirrojo se puso las manos en los bolsillos y suspiró. -En la mañana, mi papá mató a Ginger frente a mí. Los otros tres niños lo quedaron mirando impactados. -¿A quién? -insistió el pelinegro. -A mi gallina favorita. -¿Estás así por una estúpida gallina? Por Dios, qué idiota -se burló Karl, el más rollizo, recibiendo inmediatamente un codazo del ojiazul. -Nunca me había puesto a pensar de dónde salen las alitas de pollo... es igual que con las vaquitas bebé, los matan y ya -continuó Aidan, ignorando al otro chico. -Bueno... es la cadena alimenticia -comentó Raen. -Pues no quiero pertenecer a ella entonces. Karl, Raen y Kenny, el otro amigo de pelo rubio y ojos miel, se miraron entre ellos. -Mejor, más para mí -comentó el más gordo con una sonrisa burlona. Raen rodó los ojos, y luego puso su mano sobre el hombro de Aidan. -Yo te apoyaré en lo que decidas, para eso somos mejores amigos. Pero no supo el peso de sus palabras hasta el día siguiente, cuando Aidan llegó con una de las cinco aves que quedaban en su gallinero. La tenía escondida en la mochila. -Raen, necesito que te la lleves, no voy a dejar que maten a ninguna otra. El pelinegro tomó a la gallina, que era de un color negruzco, pensando en lo que diría su mamá cuando lo viera llegar con ella. Pero no se podía negar, ya le había dicho a su amigo que lo ayudaría. Así que la escondió en su dormitorio. Al día siguiente, Aidan llegó con otra que le dio a Kenny. -Tendrás huevos gratis todos los días -le dijo, sabiendo que la situación monetaria de la familia de su amigo no era la mejor, a lo que el rubio aceptó de inmediato al animal. Y los tres días siguientes regaló las demás. Una a Mindy, otra a Troy y la última también a Kenny, ya que así podría tener más huevos para su familia. A Karl, por supuesto, no le tocó ninguna. Pero cuando Ronald se dio cuenta de que faltaban sus gallinas, se puso furioso. -¡¿Qué hiciste, Aidan?! -Se me escaparon... -Eres un idiota. -Al menos no soy un asesino -lo desafió el pequeño. Su padre lo fulminó con la mirada, pero no agregó nada más. Y nunca más compró otro animal.
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