Aidan es muy bueno para no dejar huellas pero, al parecer, quiso dejar alguna pista. O quizás solo fue un error.
Mientras Raen camina por la nieve hacia el lago, ve en el suelo algo que le llama la atención.
Al acercarse, reconoce el gorro de su amigo, azul y marrón, el mismo modelo que usaba desde que eran niños.
"Me gusta cómo me queda, ¿por qué debería cambiarlo?"
Aún recordaba cuando le dijo eso mientras se compraba la versión para adultos de ese gorro.
Muy típico de Aidan.
Y prácticamente no se lo podía imaginar sin eso cubriéndole la cabeza.
Pero ahí está, tirado en el suelo como un animal abandonado.
Raen se agacha y lo toma, como para asegurarse de que es el de su amigo. Y sí, lo es. Podría reconocerlo entre cientos de gorros iguales.
Lo presiona contra su pecho, mientras su corazón late dolorosamente fuerte.
Si había algo que Aidan apreciaba, era ese gorro, y si lo dejó tirado, era una muy mala señal.
Aparte de todas las otras malas señales que había mostrado durante los últimos meses.
Si tan solo no me hubiera alejado.
Una y otra vez, Raen se culpaba por la decisión de su amigo. Quizás si lo hubiera acompañado, quizás si le hubiese insistido en buscar ayuda profesional. Quizás si no hubiera sido tan egoísta, Aidan no se habría escapado hacia quién sabe dónde.
Hacia el lago.
Tiene un muy mal presentimiento. Aidan podía ser muy maduro para algunas cosas, pero muy impulsivo para otras, sobre todo si estaba ebrio.
Nunca supe cómo ayudar a Aidan. Es mi mejor amigo y no hubo nada que pudiera hacer por él.
No sabía los detalles de su desaparición, pero quizás había bebido más de la cuenta. Aunque, al menos, en la cabaña no había rastros de cervezas.
Raen se molesta por la nula preocupación de los padres de su amigo por su situación, pero claro, Ronald también era un alcohólico y Sabrina solo se enojaba, sin indagar más allá.
Qué puta rabia.
Aprieta el papel en su bolsillo y con el gorro aún sobre su pecho, camina cada vez más rápido.
Ojalá hubiera pedido ayuda, alguien que lo acompañara. ¿Y si no podía ayudar a Aidan solo? ¿Y si Aidan había decidido...?
No. No pienses esas cosas. Aidan está bien, está mirando el lago, está sentado en el tronco de siempre cavilando en sus cosas.
El lago está cerca. No se da cuenta de cuándo empezó a correr, directamente al punto en el que su amigo solía estar.
Recuersa cada vez que lo había acompañado y animado en aquel lugar, todos los atardeceres que vieron juntos, las veces que Aidan se desahogaba de sus penas o que él mismo se quejaba de sus problemas.
Eso era lo que hacían los amigos. Acompañarse, aconsejarse, o simplemente escuchar.
Y él había sido un mal amigo. Dejó de acompañarlo, dejó de aconsejarlo, dejó de escucharlo. Cuando Aidan más lo necesitaba, Raen lo había abandonado. Y si algo le pasaba a su mejor amigo, jamás se lo iba a perdonar.
Por fin llega al lago y se dirige al tronco.
Se acerca rápido.
No hay nadie.
El alma se le cae a los pies.
Si Aidan no está allí, ya no sabe dónde podría encontrarlo.
Un par de lágrimas caen por sus ojos, pero se las seca de inmediato. De nada sirve llorar, no puede darse por vencido tan fácil.
Mira alrededor y se da cuenta de que uno de los botes no está en su lugar.
Agudiza la vista y nota que, algunos cientos de metros más allá, casi justo al centro del lago, que no era tan grande, está el bote.
Se sube rápidamente al otro, pero no están los remos.
Busca desesperadamente alrededor, hasta que los encuentra tirados a un par de metros.
Aunque están muy bien ubicados bajo unos arbustos, como si alguien los hubiera puesto ahí adrede.
Como si alguien los hubiera escondido para que no lo siguieran.
Los toma, vuelve a subirse y rema con todas sus fuerzas, avanzando metro a metro con el corazón acelerado.
Por fin ve claramente el otro bote y se acerca sin cuidado. Lo golpea levemente, pero le da lo mismo.
Tampoco hay nadie. Está vacío.
No, hay algo ahí, en una de las tablas que servían como asiento. ¿Era ropa? Parece un abrigo.
Oh, Dios mío.
Raen estira la mano y toma la prenda. Es el abrigo de Aidan.
Mira desesperadamente al agua. Y lo ve. No a muchos metros, hay algo flotando.
Alguien.
Boca abajo.
Inerte.
Se le aprieta el corazón y se lanza al agua, rezando para que no sea demasiado tarde.