Prolongando el momento de evasión, Lena decidió no presentarse en la clínica durante todo el día. No fue un acto premeditado ni una decisión racional; simplemente no podía. Su mente estaba saturada, su cuerpo tenso y el alma... fracturada. Se sentía agobiada, atrapada en una trama que ya no distinguía como propia. Desde hacía semanas, su vida se había convertido en un desfile de disfraces, mentiras y emociones que no le pertenecían. Lo que antes definía su identidad —sus límites, sus valores, su voz— comenzaba a diluirse en la piel de una mujer que no era ella. Por eso se refugió en el club. Necesitaba escapar, aunque fuera por unas horas. Eligió el rincón más apartado junto a la piscina, lejos de los murmullos de los socios adinerados y de los ojos curiosos. El sol caía suavemente sobre

