La puerta del despacho se cerró con un leve chasquido, seco y definitivo. Lena apenas tuvo tiempo de dar dos pasos antes de que Adrian levantara la vista desde su escritorio, sus ojos estaban entornados, oscuros, inyectados con una mezcla de molestia y algo más peligroso: curiosidad. —¿Qué clase de espectáculo crees que estás dando, Elise? —preguntó, sin rodeos, su tono como una hoja afilada deslizándose por la piel. Ella no respondió en seguida. El aire del despacho olía a madera antigua, cuero caro y un dejo apenas perceptible de su colonia. Un aroma tan masculino y arrogante como él, pero que le atraía, su cuerpo lo identificaba. Lena mantuvo la compostura, y el rostro sereno, aunque su corazón latía con fuerza desmedida. Llevaba un vestido ajustado en tono borgoña, con escote discret

