Capítulo 4: Mameyes Machacados y el Escudo de los Invisibles

1732 Words
El sol de la mañana en el mercado no perdonaba; se colaba por los huecos de las lonas naranjas, pintando todo de un tono de emergencia. La Kimberly ya traía el mandil puesto, sintiendo cómo los hilos le calaban en la nuca, sosteniendo el peso de sus pechos y de esa panza que ya no sabía si era de pura angustia o de las mugres harinas con las que engañaba al hambre. Sus rizos negros, largos y rebeldes, estaban amarrados con una liga que pedía clemencia, dejando que algunos mechones se pegaran a su piel por el sudor. Don Chon andaba de malas porque el camión del jitomate llegó tarde, así que a la Kimberly le tocó la chinga de acomodar las cajas más pesadas mientras el Brian, sentado en su trono de madera, leía en voz alta un libro de cuentos que se había encontrado en la basura, corrigiendo la puntuación como si fuera un editor retirado. —¡Pásele, jefa! ¡Llévele la fruta, que está más dulce que el primer mes de noviazgo! —gritaba la Kimberly, tratando de que la voz le saliera del pecho y no de esa garganta que sentía seca por la Sertralina. En eso, se acercó una señora. Se veía distinta a las demás marchantes; traía una blusa de lino impecable y una mirada que no juzgaba la mugre del suelo. Venía de la mano con un niño como de unos ocho años. El pequeño tenía los rasgos inconfundibles del síndrome de Down; traía una sonrisa que parecía iluminar hasta los rincones más oscuros del puesto de Don Chon y se quedó maravillado viendo las manzanas rojas, estirando la manita para tocarlas como si fueran tesoros. —Buenos días —dijo la señora con una voz suave, de esas que te calman hasta los nervios—. ¿A cuánto tiene el kilo de uva y la papaya Maradol? —A treinta la uva y a veinte la papaya, jefecita. Escójale la que quiera, aquí no le damos gato por liebre —contestó la Kimberly, dándole una sonrisa honesta al niño, que le devolvió un apretón de manos con una ternura que casi le hace saltar las lágrimas. La Kimberly estaba pesando la fruta cuando el aire se llenó de un ruido metálico y violento. Un diablero, un güey flaco con cara de pocos amigos y los ojos inyectados en sangre de puro coraje con la vida, venía empujando un diablito cargado hasta el queque con cajas de mamey. El pendejo venía a toda madre, sin fijarse, y al querer esquivar un bulto de chiles, se le trabó una rueda en un bache del piso de concreto. El resultado fue un desmadre: las cajas volaron, los mameyes salieron disparados como granadas y el diablito terminó golpeando el puesto de Don Chon. El tipo, en lugar de pedir perdón o recoger su tiradero, se puso rojo de la rabia. Vio al niño con síndrome de Down que estaba cerca de las cajas tiradas y, con una bajeza que solo tienen los miserables, decidió que era más fácil echarle la culpa a alguien que no se podía defender. —¡Fíjate, pinche niño estúpido! —gritó el cabrón, señalando al pequeño que se había quedado tieso del susto—. ¡Por tu culpa tiré toda la carga! ¡Pinches niños como tú no deberían andar en el mercado estorbando! La señora se puso pálida y abrazó a su hijo, pero antes de que pudiera decir algo, una vocecita cargada de una lógica aplastante salió desde atrás del puesto de las legumbres. —Usted está mintiendo —dijo el Brian, bajándose de su caja de madera con la dignidad de un juez de la suprema corte—. Yo lo vi todo. Usted venía muy rápido y no se fijó en el pozo del suelo. El niño ni siquiera se movió. Usted es un mentiroso y además es un grosero. El diablero se quedó mudo por un segundo, humillado por un morrito de cinco años que hablaba mejor que él. El coraje se le subió a la cabeza y, sin pensarlo, levantó la mano para darle un coscorrón al Brian. —¡Cállate el hocico, pinche escuincle metiche! Pero la mano no llegó a su destino. Una mano de piel canela, gruesa y firme, le atrapó la muñeca en el aire con una fuerza que hizo que al tipo le tronaran los huesos. La Kimberly se había movido con una agilidad que nadie esperaría de alguien con su peso. Sus ojos marrón estaban encendidos, y sus labios gruesos se apretaron en una línea de pura furia maternal. —A mi hijo no lo tocas, cabrón —susurró la Kimberly con una voz que hizo que hasta los carniceros de enfrente dejaran de hachar—. Y al niño de la señora tampoco lo vas a insultar. Recoge tu cochinero y lárgate antes de que te enseñe cómo se ve una gorda encabronada. El cobarde, sintiéndose acorralado por una mujer, trató de zafarse con un empujón. —¡Suéltame, pinche gorda asquerosa! —gritó el tipo, y en un arranque de cobardía, soltó un manotazo buscando la cara de la Kimberly. La Kimberly esquivó el golpe como pudo, pero el insulto dolió más que cualquier madrazo. Sin embargo, no tuvo que mover ni un dedo más. En cuanto el cabrón levantó la mano contra ella, el mercado entero se detuvo. Don Chon saltó por encima del mostrador con un cuchillo de pelar naranjas en la mano; el "Beto", el carnicero que pesaba 120 kilos de puro músculo, se le dejó ir encima; y hasta las señoras de las flores, con sus delantales puestos, se acercaron con escobas y huacales. —¡Con la morra no te metas, pendejo! —gritó el Beto, agarrándolo del cuello de la camisa—. ¡Aquí a la Kimberly se le respeta! —¡Lárgate de aquí, culero! —gritaba otra señora, aventándole una cebolla podrida—. ¡Cabrón encajoso, queriendo pegarle a una mujer y a los niños! El diablero, viendo que se le venía la noche y que le iban a romper su madre entre todos, agarró su diablito y salió huyendo como el perro que era, dejando rastro de mamey machacado por todo el pasillo. El silencio volvió al puesto, pero era un silencio distinto, cargado de una energía que la Kimberly no conocía. Varias señoras que antes la veían con lástima o que cuchicheaban de sus rizos descuidados, se acercaron a darle una palmada en el hombro. —Bien hecho, Kimberly —le dijo una de las vendedoras de pollo—. Ese tipo siempre es un pendejo, ya le tocaba que alguien lo pusiera en su lugar. La señora que estaba comprando, que seguía abrazando a su hijo, se acercó a la Kimberly con los ojos empañados. —Gracias... de verdad, muchas gracias. Casi nadie saca la cara por nosotros —dijo la mujer, tomando las manos de la Kimberly entre las suyas—. Mi nombre es Elena. Y déjame decirte algo... te vi los ojos. No solo fue coraje lo que vi, vi mucho cansancio. La Kimberly se encogió de hombros, sintiendo que el efecto de la pastilla se le bajaba de golpe, dejándole la cruda realidad encima. —Es la vida, jefa. A veces pesa más que uno —contestó la Kimberly con una sonrisa triste. —Soy psicóloga, Kimberly —soltó Elena, dejando a la Kimberly fría—. Y tengo una clínica aquí cerca. Por favor, no me digas que no. Quiero ayudarte. Vi cómo te tiemblan las manos y cómo buscas el aire. Esas pastillas que tomas... solo te están durmiendo el alma, pero no te están curando el dolor. Ven a verme mañana. No te voy a cobrar ni un peso, es lo mínimo que puedo hacer por la mujer que defendió a mi hijo. La Kimberly se quedó muda. Don Chon, que había escuchado todo, asintió con la cabeza. —Ve, mija. Yo aquí te cubro. El Brian se queda conmigo, ya ves que el chamaco sabe más de contabilidad que yo —dijo el viejo, guiñándole un ojo al niño. Antes de irse, las señoras de los puestos de alrededor empezaron a acercarse. Una le trajo una bolsa con dos kilos de pierna y muslo; otra le puso un manojo de espinacas y unas manzanas de las caras en la bolsa del mandado. —Para que el Brian crezca más listo de lo que ya está —le dijeron, dándole un abrazo que olía a jabón de barra y a empatía real. La Kimberly caminó de regreso a su cuarto esa tarde cargando no solo la comida, sino una sensación extraña en el pecho. Por primera vez en meses, no sentía que el aire le faltaba por el peso de su cuerpo, sino que le sobraba para respirar. El Brian iba a su lado, masticando una manzana y platicándole sobre las estrellas. Llegaron a su pequeño espacio y la Kimberly se sentó en la cama. No se tomó la pastilla de inmediato. Miró la bolsa llena de comida regalada por gente que, hasta hace unas horas, ella pensaba que la odiaba o la juzgaba. Se dio cuenta de que la sátira de su vida no era que estuviera sola, sino que se hubiera creído el cuento de que nadie la quería ver. Al final del día, cuando el silencio del cuarto se volvió un compañero y no un verdugo, la Kimberly entendió que a veces vamos cuesta arriba pensando que el mundo es un lugar hostil diseñado para vernos fracasar. Nos encerramos en nuestra propia grasa, en nuestros miedos y en nuestras pastillas, creyendo que somos los únicos que cargamos una cruz. Pero la realidad es que hay millones de personas allá afuera sintiendo ese mismo vacío, esperando nada más una rendija para conectar. Abrir el corazón no significa dejar de sufrir, significa dejar que otros vean tus cicatrices para que ellos se atrevan a mostrar las suyas. No estamos solos; solo estamos un poco perdidos en el mismo mercado de la vida, esperando a que alguien nos defienda del próximo diablero que quiera tirarnos la carga. La Kimberly cerró los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, no tuvo que decirse "ya voy, gorda" para levantarse, sino "aquí estoy", lista para lo que sigue.
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