El día arrancó con un sol de esos que no calientan, sino que calcinan los pecados. La Kimberly se levantó antes de que el gallo del vecino terminara de afinar, sintiendo que los rizos negros le pesaban una tonelada sobre la nuca. Se miró al espejo, se echó un poco de agua fría en la cara y se dijo: "Órale, gorda, que hoy es el día de la lana". Tenía la esperanza vibrando en el pecho porque, entre lo que había guardado de los días anteriores y lo que esperaba sacar hoy con Don Chon, por fin iba a completar para pagarle al viejo mugroso de la renta.
Llegaron al mercado y el movimiento ya estaba a todo lo que daba. La Kimberly se sentía con una energía distinta; tal vez era que la idea de ir con la psicóloga Elena la traía un poco más "despierta", o que simplemente el instinto de supervivencia le estaba dando un respiro.
—¡Pásale, jefa! ¡Llévele la fruta que está más buena que el aguinaldo! —gritaba la Kimberly, acomodando unas piñas con una destreza que ya envidiaba cualquier cargador.
En eso, se acercó una señora de esas que parecen que tienen el vinagre por sangre, de las que tocan todos los aguacates y no se llevan ninguno.
—Oiga, ¿estos mangos no están muy aguados? —preguntó la mujer con una mueca de asco.
—No, jefecita, están en su punto. Si los quiere más duros, le vendo una piedra y le pinto unos chapetes —contestó la Kimberly con una sonrisa de lado—. Ándele, llévese un kilo, que a este precio se los van a arrebatar hasta los santos.
Mientras tanto, el Brian estaba en su gloria. El chamaco se había adueñado de la báscula y de la cajita del cambio. Una señora se acercó a comprar dos kilos de plátano, medio de uva y tres jitomates. Don Chon apenas estaba sacando la cuenta mentalmente cuando el Brian ya le estaba entregando la bolsa a la señora.
—Son cuarenta y ocho con cincuenta, señora. Me dio uno de cien, su cambio son cincuenta y uno con cincuenta. Aquí tiene su ticket imaginario y que Dios la acompañe —dijo el niño con una seriedad que dejó a la doña con el ojo cuadrado.
—¡Válgame Dios! —exclamó la señora—. Este niño es una calculadora con patas.
—Es que desayuna puras tablas de multiplicar, jefa —intervino la Kimberly, orgullosa, viendo cómo su hijo no solo sumaba, sino que pesaba las cosas con una precisión que ni Don Chon lograba a veces—. Brian, fíjate bien en ese jitomate, que no se te vaya a pasar de la raya.
—Ya lo pesé, amá. Pesa exactamente trescientos gramos. Si le pones uno más pequeño, nos pasamos del medio kilo y Don Chon pierde dinero —explicó el niño sin quitarle la vista a la balanza.
El mercado era una fiesta de humor n***o. Un cliente se quejó de que el precio de la cebolla estaba "por las nubes", a lo que la Kimberly respondió sin inmutarse: "Pues claro, jefe, es que estas cebollas son de altura, las bajaron con paracaídas para que no se malluguen. Si quiere de las de abajo, se las traigo del sótano, pero esas no traen el mismo pedigrí". La gente se reía y terminaba comprando, atraída por esa mujer de piel canela y rizos rebeldes que parecía tener una respuesta para todo, menos para su propio vacío.
A mediodía, tal como habían quedado, la Kimberly cerró su parte del puesto y se fue con el Brian a la clínica de Elena. La Kimberly iba nerviosa, sobándose las manos gruesas, sintiendo que la ansiedad quería asomar la cabeza. Pero al entrar a la oficina, la paz que emanaba del lugar la calmó un poco.
Lo mejor fue el encuentro de los niños. José, el hijo de Elena, estaba en una salita de juegos. Al ver al Brian, sus ojos se iluminaron.
—¡Hola! —dijo José, estirando los brazos.
El Brian, que normalmente era muy reservado, se acercó con una sonrisa genuina.
—Hola, José. Traje un libro de dinosaurios. ¿Quieres que te enseñe cuál es el más rápido de todos? —le preguntó el Brian, sentándose a su lado con una naturalidad que le sacó una lágrima a la Kimberly.
José asintió emocionado, y en menos de cinco minutos, los dos estaban sumergidos en un mundo de brontosaurios y tiranosaurios. El Brian le explicaba las cosas con una paciencia y una ternura que demostraban que su inteligencia no solo era lógica, sino emocional. A pesar de sus problemas, los dos niños conectaron de una forma que solo la pureza de la infancia permite.
La sesión con Elena fue un bálsamo. Por primera vez en años, la Kimberly no se sintió juzgada. Hablaron de la pérdida, del abandono del culero de su ex y de cómo la comida se había vuelto su único refugio contra la depresión.
—No se trata de dejar de comer, Kimberly, se trata de empezar a sentir de nuevo sin miedo —le dijo Elena, tomándola de las manos—. Vamos a ir bajando la dosis de las pastillas poco a poco, pero necesito que confíes en ti misma. Eres más fuerte de lo que crees.
La Kimberly salió de ahí sintiéndose ligera, casi como si pudiera flotar a pesar de sus kilos de más. Pasó de nuevo por el mercado para recoger la lana que le había guardado Don Chon.
—Ten, mija. Te fue muy bien hoy. Aquí está tu comisión y un extra por el Brian, que me ahorró como tres horas de cuentas —dijo el viejo, entregándole un fajo de billetes arrugados.
La Kimberly los contó. ¡Ahí estaba! El dinero de la renta completo y hasta sobraba para comprarle un juguete pequeño al Brian y cenar algo decente. Caminó a casa con el corazón saltando de alegría, abrazando su bolsa como si trajera lingotes de oro.
—¡Ya llegamos, Brian! Hoy vamos a dormir tranquilos, gordo —le dijo al niño mientras daban la vuelta a la esquina de su calle.
Pero la sonrisa se le borró de la cara en un segundo. Al llegar frente a la vecindad, la Kimberly sintió que el mundo se detenía.
Ahí, sobre la banqueta polvorienta, estaban sus cosas. Su colchón viejo con la mancha de humedad, sus tres maletas amarradas con mecate, la estufa de dos hornillas y, lo que más le dolió, el frasco de Sertralina y los cuadernos del Brian tirados junto a una silla desvencijada.
—¡No! ¡No, por favor! —gritó la Kimberly, corriendo hacia la puerta.
En el marco de la entrada estaba Don Gaudencio, el rentero, un viejo con cara de pasa rancia y ojos que solo veían signos de pesos. Estaba fumando un cigarro barato con una prepotencia que daba asco.
—Ya te tardaste mucho, Kimberly. Te dije que si no estaba la lana ayer, te me ibas a la calle. Y yo no ando con rodeos —dijo el viejo, soltando una bocanada de humo en su cara.
—¡Pero ya tengo el dinero, Don Gaudencio! —suplicó ella, sacando el fajo de billetes con manos temblorosas—. Mire, aquí está. Se lo pago todo, hasta lo de la semana que viene. Por favor, no nos deje así, el Brian no tiene la culpa. No tengo a dónde ir, mi familia no me habla... ¡tenga piedad!
—A mí no me vengas con lloriqueos de gorda —escupió el viejo con una saña innecesaria—. Ya renté el cuarto a alguien que sí es responsable y no anda toda dopada por la vida. Recoge tu mugrero y lárgate, o llamo a la policía para que se lleven tu basura.
La Kimberly cayó de rodillas sobre la banqueta, rodeada de sus rizos negros que ahora parecían un manto de luto. El Brian se acercó a ella y le puso una mano en el hombro, mirando al viejo con un odio silencioso que calaba los huesos.
Cuando parecía que la derrota era total, se escuchó un portazo desde adentro de la vecindad. Salieron dos mujeres: la esposa de Don Gaudencio, Doña Martha, una señora bajita pero con un carácter que hacía temblar las paredes, y su hija, Claudia.
—¡Gaudencio! ¡¿Qué chingados estás haciendo?! —gritó Doña Martha, acercándose al viejo con un dedo señalador que parecía una pistola.
—¡No te metas, vieja! Esta mujer es una morosa y...
—¡Cállate, viejo! —le gritó Claudia, la hija, poniéndose entre el rentero y la Kimberly—. Ya nos contó Doña Martha lo que estabas tramando. Eres un abusivo.
Claudia se agachó y ayudó a la Kimberly a levantarse. Claudia era una mujer joven, con una cicatriz pequeña en la ceja y una mirada que entendía perfectamente el dolor de la Kimberly.
—No le hagas caso a este viejo amargado —dijo Claudia con voz firme—. Yo pasé por lo mismo. Mi ex me dejó con una deuda de la chingada y con la niña en brazos. Si no hubiera sido porque mi mamá me puso un departamento y me ayudó, yo también hubiera terminado en la calle. No todos tienen la mala suerte de encontrarse con un avaro como mi padre.
—¡Es mi propiedad! —chilló el viejo, pero Doña Martha le soltó un manotazo en el brazo que lo dejó mudo.
—Tu propiedad se va a quedar sola si no dejas de ser tan desgraciado —dijo Doña Martha—. La Kimberly nos paga hoy mismo y se queda. Y si vuelves a tocar sus cosas, el que se va a dormir al patio con los perros vas a ser tú, ¿me oíste? ¡Ándale, ayúdame a meter ese colchón ahora mismo!
El viejo, humillado y refunfuñando entre dientes, tuvo que empezar a cargar las cosas de regreso. Claudia abrazó a la Kimberly, sintiendo el temblor de sus hombros.
—Nadie nos apoya en esta vida de perros, Kimberly, pero entre nosotras tenemos que cuidarnos. Tu hijo es un sol, no dejes que este viejo le quite la luz —le susurró Claudia al oído.
La Kimberly entró a su cuarto de nuevo, viendo cómo sus pocas pertenencias volvían a su lugar. Se sentó en la orilla de la cama y abrazó al Brian. Tenía el dinero en la mano, la protección de las vecinas y la promesa de una terapia que la iba a sacar del hoyo.
A veces, cuando parece que vamos cuesta arriba y que el mundo se ensaña en empujarnos al precipicio, nos damos cuenta de que no estamos tan solos como creíamos. El dolor es un lenguaje universal que, cuando se habla con honestidad, encuentra ecos en los lugares más inesperados. Solo es cuestión de abrir el corazón y dejar que la realidad, con toda su crudeza y su humor n***o, nos enseñe que la solidaridad es el único mapa confiable en este desierto de asfalto. La Kimberly miró sus manos de piel canela y, por primera vez, no sintió que le sobraba cuerpo, sino que le sobraba vida para seguir peleando.
—Mañana va a ser un gran día, gordo —le dijo al Brian, mientras el sol se ocultaba, dejando una estela naranja sobre los rizos de la mujer que se negaba a rendirse.