Capítulo 6: Entre el Aroma a Sándalo y el Despertar de la Gorda

1321 Words
La Kimberly se despertó sintiendo que la cabeza le pesaba menos, como si alguien le hubiera quitado un casco de plomo que cargó por años. Ya llevaba dos semanas yendo con la doctora Elena y, aunque el cuerpo le protestaba con unos temblores leves por andar bajándole a la dosis de la Sertralina, sus ojos marrón empezaban a ver los colores del mundo sin ese filtro grisáceo de la depresión. Se miró al espejo y se trenzó los rizos negros, que brillaban con una rebeldía nueva, bajando por su espalda de piel canela hasta la cintura. —Ya vas, gorda. Ahí la llevas —se dijo, pero esta vez no sonó a insulto, sino a una palmadita en el hombro. Al llegar al mercado, Don Chon la esperaba con una sonrisa que le partía la cara de viejillo rabo verde, pero con una mirada de orgullo que no le cabía en el pecho. El Brian ya estaba sentado en su caja de madera, dándole una repasada a un libro de enciclopedia que Elena le había regalado a escondidas del "viejo gruñón" de su abuelo. —Oye, Kimberly, deja ese huacal de papas y ponme atención —dijo Don Chon, limpiándose las manos en su mandil manchado de jugo de naranja—. He estado viendo cómo mueves la mercancía y cómo le sacas la lana hasta a las piedras. Voy a abrir un puesto nuevo en el pasillo cuatro, puro producto orgánico y de ese que le gusta a la gente de billete. Y quiero que tú seas la encargada. La Kimberly se quedó con la boca abierta, sintiendo que el corazón le daba un vuelco. —¿Yo, Don Chon? Pero si yo apenas puedo con mi alma... ¿Y si la riego? ¿Y si me da el patatús de la ansiedad frente a los clientes? —¡Déjate de tarugadas! —le gritó el viejo con cariño—. Eres la que más sabe de cuentas y la que mejor grita en este mercado. Te voy a subir el sueldo y vas a tener tu propia gente. El Brian aquí conmigo está seguro, pero tú necesitas volar, mija. Deja de esconderte detrás de la báscula. La Kimberly aceptó, aunque por dentro sentía que las rodillas le temblaban. Pero el destino le tenía guardada otra sorpresa para ese mediodía. Estaba acomodando unos ramos de cilantro cuando un olor la detuvo en seco. No era el olor a cebolla podrida ni a pollo crudo del pasillo de enfrente. Era un aroma profundo, a madera limpia, a sándalo y a algo que le recordó a la lluvia fresca. Levantó la vista y ahí lo vio. Era un muchacho alto, de esos que te obligan a echar la cabeza para atrás para verles la cara. Medía como 1.83 m y traía una mata de cabello n***o con rizos que parecían esculpidos. Tenía las cejas pobladas, de esas que le dan fuerza a la mirada, y una barba bien cuidada que le enmarcaba una cara redonda y una nariz chata. Sus rasgos eran un poco toscos, pero había una dulzura en su expresión que lo hacía verse increíblemente lindo. —Buenos días. ¿Me podrías dar dos kilos de jitomate y lo que tengas de espinaca fresca para mi semana? —preguntó el muchacho con una voz pausada, de esas que se nota que han leído muchos libros. La Kimberly sintió que las mejillas se le ponían coloradas, resaltando sobre su piel canela. Trató de actuar normal, pero sentía que sus manos gruesas eran torpes. —Claro que sí... joven —balbuceó, tratando de no quedarsele viendo como si fuera un bicho raro. —Me llamo Pablo —dijo él, soltando una sonrisa que no tenía ni rastro de juicio. No miró sus kilos de más, ni la blusa apretada, ni las ojeras. La miró a los ojos, como si estuviera viendo a una persona y no a un fracaso social. En ese momento, el Brian se acercó corriendo con su enciclopedia abierta. —¡Amá! ¡Amá! No entiendo qué dice aquí del "proceso de fotosíntesis y el intercambio gaseoso en las angiospermas" —gritó el niño, jalándole el mandil. La Kimberly se quedó en blanco. —Ay, Brian, pues... es cuando las plantas comen sol y luego sacan aire para que no nos muramos, yo qué sé, gordo. Pregúntale a Don Chon —dijo ella, sintiendo que la autoestima se le iba al piso por no poder explicarle a su hijo algo tan básico para un genio como él. Pablo soltó una risita suave, se puso en cuclillas para estar a la altura del Brian y le tomó el libro con una ternura que dejó a la Kimberly fascinada e hipnotizada. —Mira, campeón —explicó Pablo con una paciencia infinita—, imagina que las plantas son como pequeñas fábricas. Toman el agua por los pies, que son sus raíces, y con la luz del sol cocinan su propio alimento en las hojas. Ese aire que sueltan es lo que nos ayuda a respirar a nosotros. Es como si ellas nos dieran un regalo cada vez que sale el sol. ¿Ves este dibujo? Aquí te explica cómo el bióxido de carbono se convierte en oxígeno. El Brian se quedó embobado, asintiendo con la cabeza como si estuviera recibiendo la sabiduría del mismo Einstein. —¡Ahhh! ¡Ya entendí! Gracias, señor Pablo. ¿Usted es maestro? —preguntó el niño. —No, soy músico, pero me gusta mucho leer de todo un poco —contestó Pablo, levantándose y volviendo a mirar a la Kimberly con esa sonrisa que la hacía sentir que pesaba diez kilos menos—. Tienes un hijo muy inteligente. Se nota que lo cuidas muy bien. La Kimberly apenas pudo articular un "gracias". Mientras le entregaba sus bolsas de verdura, rozó sus dedos con los de él y sintió una descarga eléctrica que no le daban ni las pastillas más fuertes. Se quedó idealizándolo en su mente de inmediato: "Un hombre así, culto, guapo y que huele tan rico, jamás se fijaría en una mamá soltera y gorda como yo", pensó con esa crueldad que uno se aplica a sí mismo cuando el espejo ha sido el enemigo por tanto tiempo. Pablo le pagó, le dio otra sonrisa que le calentó hasta el alma y se despidió con un "nos vemos la próxima semana, Kimberly". La Kimberly se quedó parada ahí, oliendo el rastro de sándalo que Pablo dejó en el aire del mercado. Don Chon se le acercó y le dio un codazo. —¿Qué pasó, mija? Se te cayó la baba en el cilantro —bromeó el viejo. —Cállese, Don Chon. Un muchacho así no es para una como yo. Yo soy nada más la gorda del mercado que toma pastillas para no llorar —contestó ella, volviendo a la realidad con un suspiro pesado. —Pues ese muchacho no vio a una gorda, mija. Vio a la mujer que me maneja el negocio y que tiene al chamaco más listo del barrio. Ya deja de idealizar a la gente y empiézate a querer un poquito, que para hijos de puta ya tuvimos suficiente con tu ex —sentenció el viejo antes de irse a atender a otra señora. La Kimberly se acomodó los rizos, respiró hondo y se dio cuenta de que, aunque la subida fuera empinada, por primera vez en años no estaba caminando sola. Tenía un puesto nuevo que dirigir, un hijo que la adoraba y, tal vez, la remota posibilidad de que alguien viera en ella la belleza que ella misma se había encargado de ocultar bajo capas de miedo y ansiedad. El camino a la salud no solo eran menos pastillas; era empezar a creer que ella también tenía derecho a que alguien la mirara con la misma ternura con la que Pablo miró al Brian.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD