—Franco no seas un imbécil. —No me importa que lo pienses. Ludmila tenía su mano enredada en su muñeca. No había forma de liberarse y él mantenía un buen agarre de ella para evitar que se soltara. La hizo bajar por aquella escalera y después comenzó a caminar con ella por todo ese túnel iluminado que llevaba posiblemente a las afueras de Lombardía, no tenían claro dónde pero lo importante era que iban a salir. —Tienes que escucharme. No hagas una estupidez. Mis hermanos van a buscarte y te van a asesinar. No hagas las cosas más difíciles si quieres mantenerte con vida. —¿Y eso a ti que te importa? Creí que me querías muerto. —Basta, sabes a lo que me refiero. —No me importa Ludmila. Tus hermanos podrán querer misa pero eso no me interesa en lo más mínimo—aseguró—, piensa en que

