—¡Siamo la Polizia di Stato. In nome della legge, deponi le armi e costituisciti! (Somos la Policía del Estado. En nombre de la ley bajen sus armas y entreguense.) Ludmila se mantuvo debajo de la mesa de la sala mientras escuchaba aquellas palabras. Giuseppe le mantenía la mano en la boca y la aseguraba contra su pecho mientras que con la mano libre sostenía el arma dispuesto a disparar a todo aquel que se les colocara delante. La italiana escuchaba los pasos resonar cada vez más cerca. Sus hombres permanecían regados por la sala en silencio con las armas listas para un contraataque. Después de que Giuseppe la tomara y le dijera que era hora de irse de aquella habitación se habían dirigido a la sala que conducía a un pasillo, el cual, llevaba directamente hacía la zona donde le habían

