Ludmila sentía un nudo en la boca del estómago. Abrió la puerta de golpe importando poco estar medio vestida solo para encontrarse con los ojos preocupados de su guardaespaldas en compañía de los demás hombres que velaban su puerta. ¡Giuseppe! Al mirar el miedo en los ojos de Ludmila no dudó en preguntar si estaba bien. La italiana si bien era un poco dramática en diversas ocasiones ahora parecía realmente aterrada. Sus ojos grises se habían oscurecido y parecía incluso respirar con dificultad. Las cosas no saldrían bien, podía sentirlo. —¿Qué pasa? —Los Contti y los Rossi están aquí. —¿Qué? Giuseppe entró a la habitación al escucharlo y se asomó al balcón. Se apartó de la orilla y entonces oprimió el micrófono que tenía en el oído. Mierda. Esto no era nada bueno. No había un c

