Capitulo 17

1368 Words
Carmín Altamirano. “Necesito verte”. AHG! ¿Qué se cree ese idiota? Lo último que me faltaba, que crea que puede hacer y deshacer mis tiempos a su antojo. En ese momento todo rastro de tranquilidad se borró por completo en mí, salí de la tina inmediatamente. Mientras cepillo mis dientes me recrimino una y otra vez. Quizás no fue tan buena idea enviarle esa estúpida foto. Si no lo hubieras hecho, la reacción de Fausto no habría sido la misma…estamos a un paso de cumplir otra fase del plan. La parte malvada de mi cerebro empieza a intentar animarme, pero lo cierto es que no estoy de humor para verle. Menos un viernes, me niego. No contesto, dejo mi celular en la cama y me dirijo al armario, saco algo de ropa cómoda y procedo a ponérmela. Ya vestida, vuelvo a desbloquear mi teléfono, es ahí cuando la puerta es tocada y luego abierta. —Supongo que ya se te pasó el chinche— comenta entrando a mi habitación. —Fíjate que no, ahora estoy peor— respondo peinándome. —¿Y ahora, que te sucedió?— —Fausto me habló por mensaje, dice que quiere verme ¿Puedes creerlo? Que descaro— —Dile que sí—contesta al instante. —¿Qué? No, no quiero— —No es una pregunta, Carmín, es una orden. Contéstale y dile que sí, se van a ver— solo le miro, no contesto—dame tu celular— demanda. Veo su cara de pocos amigos y no puedo negarme. Le tiendo el celular, el cual lo desbloquea sin problemas y empieza a teclear en el. Dios ¿Por qué me hiciste tan obediente?! Luego de unos minutos, los ojos de la abuela brillan con maldad al devolverme el aparato. —Listo, esta noche tienes una cena con él, ponte bella y reluciente. A las nueve pasa por ti— Siento mi cara calentarse al igual que todo mi cuerpo. Ni siquiera me dio tiempo a protestar, ella fue a mi armario y empezó a revisar absolutamente todo, parecía alborotada y desesperada. —Ay nena, recuérdame que tenemos que ir de compras a renovar tus prendas— —Lo hubiese recordado también si no estuvieras tan intensa estos días— ataco. No me preocupo en ayudarle en lo absoluto, solo me siento y observo mis uñas largas y bien adornadas, con un esmalte rosa holográfico y algunas piedras. Me distraigo recostándome en la cama y agarrando un libro de la mesita de noche. “Los crímenes de la calle Morgue” era la obra que estaba deleitando, sin importarme los ruidos que hacía la abuela, empecé a leer. “Si observamos una estrella de una ojeada, oblicuamente, volviendo hacia ella la parte exterior de la retina (más susceptible a las impresiones leves que la parte interior), veremos la estrella con claridad, tendremos la mejor apariencia de su brillo, un brillo que se apaga según vayamos intentando observarla de lleno.” —Ya encontré el outfit perfecto para esta noche— pongo los ojos en blanco al escucharla. —Gracias por interrumpir mi lectura—digo molesta, cerrando el libro dejando un separador en la hoja. —Ya puedes leer eso después, hija. Mira, esto te vas a poner— Miro la percha con un bonito vestido rojo al cuerpo en corte v, corto, con mangas largas transparentes llenas de brillo. Esa prenda la compré hace aproximadamente un año, nunca tuve la oportunidad de usarlo ya que es muy bonito y delicado. —No, no voy a estrenar ese hermoso vestido en una cena con ese…hombre— —No es pregunta, nena. Y, los zapatos te los deje a los pies del tocador, en donde están las joyas que usarás— miro a esa dirección y veo unos tacones negros altos. —De verdad no q…— —Espero verte abajo lista— Resoplo y sin ganas de nada me levanto, enojada, frustrada y hasta me atrevo a decir…un poco asqueada. Si, el hombre tiene lo suyo, pero el solo hecho de imaginarme que podría pasar más allá de una cena con él, que tanto lo detesto, revuelve mi estómago. Basta Carmín, tu cediste a ello… Recrimino a mi pensamiento por recordármelo y procedo a sacar la percha del vestido, observo el sillón del costado de mi cama y rio sin gracia, hasta la ropa interior me escogió la condenada. Quito toda mi ropa y comienzo a ponerme la elegida, el sostén sin bretel me resulta un poco incomodo, pero lo ignoro, termino de colocar mi ropa interior y paso el vestido por arriba. Voy hasta el tocador y una mueca aparece. —Vaya, me luce más de lo que recordaba— susurro al ver como la prenda se ajusta perfectamente a mi cuerpo. Tomo asiento en el tocador y prendo el rizador, mientras espero a que caliente preparo mi piel para el maquillaje para después comenzar con todo el lento proceso. Bucles aquí, otros allá, paso pinceles por mi cara, le agrego color, algún toque de brillo y, por último, un precioso labial mate color rojo. Sello todo con fijador y observo el resultado en el espejo. Si, lo admito, me veo radiantes pero los ojos no mienten. Las ventanas del alma no son capaces de disimular ni un solo sentimiento, cualquier acción o palabra incierta es desmentida por ellas. Las joyas agregadas solo le portan más glamour a mi imagen, sin embargo, en mi mirada nada cambia. Solo espero que Fausto no lo note. Aunque no lo creo, ese hombre es demasiado estúpido como para darse cuenta de las cosas. Es decir, si con un pelotazo en la cara no lo notó… Desvío la mirada a mi celular, el cual marca las 20:50 p.m. Lo que significa que Sarah estará como loca en la sala, brincando de aquí para allá porque aún no he bajado. Con pesar coloco mis zapatos de tacón, un poco de perfume y doy por terminado. Antes de salir de mi habitación tomo una bonita cartera de mano negra, en donde guardo solo lo necesario como brillo labial, mentas, pañuelos descartables. Escucho unos zapateos en la planta de abajo por lo que no espero más, bajo sin ganas. Tack Tack Tack . El sonido de mis altos tacos llena el lugar, con cada paso que doy siento un ardor crecer en mi pecho, tan indescriptible como desagradable. —Hasta que por fin apareces joven…— no termina de hablar ya que giró— Uh—Lala ¿Eres mi nieta? O una modelo del Vitoria Secrets— —Ya calla, abuela— no evito ser grotesca— solo quiero que esta noche se acabe ya— —Y yo espero que sea lo más larga posible, Carmín, ya sabes a lo que me refiero— —No soy una prostituta, abuela— reclamo entendiendo el doble sentido. Nunca hablamos de esto… —Por supuesto que no lo eres! Me refiero a que debes dejarlo endulzado, querida. Y con quiero decir a hacer todo lo que el desee— —Pero— —Sin peros, jovencita. Tu haz lo que te digo, él después querrá más y más, y justamente eso será lo que lo lleve a la perdición— De detrás de su mano saca un cigarrillo sostenido por una boquilla color dorada. —No fumes, no quiero que se me pegue la peste— —No seas ingenua, querida. Cuando te vayas lo encenderé, para lo cual no falta mucho debido a qué— Escucho un bocinazo antes de que ella pueda terminar la oración. La miro enarcando una ceja, esta mujer parece una bruja. —Ni siquiera son las nueve— reclamo. —Está ansioso, querida. Ya, vete, y recuerda todo lo que hablamos— se acerca y deja un beso en mi frente. Ese simple acto más que una bendición, fue una maldición. No contesto y me giro saliendo de la casa, al cerrar me encuentro a Fausto parado justo al lado de su coche, su mirada brillante al igual que su sonrisa me dan mala espina. Esto no va a acabar de manera bonita, al menos para mí.
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