Carmín Altamirano.
Abro mis ojos con pesadez, sentí como algo vibró a lo lejos y seguí dicho sonido. Vi como la pantalla de mi celular relucía por las paredes, fue cuando me alerté y levanté de golpe.
Sentí mi cuerpo desnudo y desalineado, a mi lado, Fausto se removió incomodo y se giró boca abajo mientras murmuraba algo inentendible para mí.
Instintivamente cubrí mis pechos mientras una contracción de estómago tomaba parte de mí, suspiré y con lentitud me levanté, fracasando en el primer intento debido al horroroso dolor que sentía entre las piernas.
O, mejor dicho, en todo el cuerpo.
Mis pies tocaron el suelo y me guíe por la luz de mi celular, el cual tomé en mis manos y con ello prendí la linterna. Salgo de la habitación y llego al baño, cierro la puerta con pestillo y es ahí cuando todo golpea mi mente de golpe.
Me acosté con él.
El culpable de la muerte de mi mamá.
Y ni siquiera lo amo. Al contrario, lo aborrezco.
Siempre pensé que perdería mi virginidad con un hombre al cual amaría, con el que tuviera una bonita relación y, siempre con la esperanza de que lo conocería antes de que el día de que la bendita venganza dé comienzo empezara.
Y así fue, Leandro, es él a quien quiero, pero…simplemente no dimos ningún paso, me entregué a Fausto.
Y siento que ahora le aborrezco más.
Las ganas de vomitar no se hacen esperar y me llevan directo al retrete, expulso lo poco que cené hace unas horas y procedo a encender la ducha. Sin esperar a que el agua se caliente me meto bajo el agua, mojándome al instante.
Dejo que mis pensamientos fluyan, mi cabello se humedece al igual que mis mejillas. Si, mis lágrimas comienzan a caer sin poder evitarlo.
La fuerte y empoderada Carmín se está quebrando, poco a poco mi coraza se quiere abrir, pero no, no me lo puedo permitir.
Por más que quiera, en estos momentos, algo se remueve en mí, todos estos años he estado fingiendo que todo está bien, que yo puedo y que soy de piedra, pero lo cierto es que mi límite está a punto de rebalsarse y realmente lo tengo que evitar.
Quiera o no. Tengo que poder seguir adelante.
Ignorando la tormenta de sentimientos encontrados, me encargo de limpiar con algo de rabia la poca sangre seca que se encuentra entre mis piernas, me pongo shampoo y acondicionador a mi cabello sin siquiera renegar del producto, solo quiero terminar de vestirme e irme de aquí.
Olvidar que esto sucedió.
Cierro la llave al terminar y suspiro abriendo los ojos, mi cuerpo escuece un poco, pero ignoro la sensación mientras que envuelvo con una toalla. Miro al espejo y me observo detenidamente, me veo arruinada, literalmente.
Un sollozo tras otro se escapa de mi boca al igual que las lágrimas.
Ya basta, tienes que ser fuerte. Eres fuerte.
Escucho como tocan repetidamente la puerta y rápidamente cubro mis labios con mi mano.
—¿Carmín? Hermosa ¿te encuentras bien?—
Mierda, el imbécil de Fausto me oyó.
Recompongo mi postura y engruesando mi voz contesto—Si-si yo, solo estoy algo adolorida, no pasa nada—
La perilla es girada sin éxito alguno, el pestillo hizo su trabajo.
—¿Segura? ¿Me dejas pasar? Solo quiero asegurarme de que te encuentres bien, belleza—
Vamos, hazlo, fuerte, poderosa, tú puedes, abre la puerta. No seas cobarde.
No le contesto, solo obedezco su orden dejando que me vea, al fin.
Su cabello revuelto es lo primero que observo, lleva puesto sus boxers y su cara adormilada está preocupada.
—Yo-yo solo me siento algo rara, es todo— una mueca se vuelve a formar en mis labios.
—Oh cariño, ven aquí— y dejándome llevar, me dejo envolver en los brazos de Fausto, quien preocupado se encarga de mecerme y besar repetidamente mi cabeza.
—Llora Carmín, desahógate— le obedezco mientras sorbo mi nariz—no hiciste nada malo, preciosa, tranquila—sus palabras resuenan con ternura.
Si, por supuesto que si lo hice.
Me acosté con el causante de que mi mamá se suicide, y todo por venganza.
Estoy enredada en veneno, puro, exhaustivo, me hundo en un lago de pensamientos negativos, de odio y obsesión por justicia. Siento que no estaré tranquila hasta verte caer, Fausto.
Mi mente no va a estar tranquila hasta que pagues todos tus pecados. ¿Lo malo? Que yo también estoy pecando junto a ti, porque, aunque sé que soy una cierva de Dios, él es justo e igualitario para todos, y sé que un severo castigo me esperará cuando todo esto acabe.
Si es que acaba.
—————
—Gracias por la hermosa velada— su voz interrumpe mis nublados pensamientos, ya nos encontramos afuera de mi casa, estacionados—de verdad, fue una noche maravillosa—sus manos toman las mías.
—Gracias a ti, fue realmente maravilloso—miento, siento como mi voz se quiebra un poco—lo pasé increíble—
Su cara se acerca a la mía, puedo sentir su mentolado aliento.
—Dime que volverá a pasar—murmura observando mis labios—por favor, dime que no será la última vez—
—Volverá a pasar—es lo que atino a contestar.
Ni muerta.
Dejo que bese mis labios de manera lenta, inclusive hago el esfuerzo de seguirle dicho beso. Fueron exactamente setenta segundos los cuales duramos así, probándonos el uno al otro.
—Me tengo que ir—muerdo mi labio inferior—nos vemos—
Nuevamente me besa, y luego a la palma de mis manos—Hasta pronto, preciosa, te mando mensaje al llegar a casa—
—Mmmh—asiento—adiós—
No alargo más el proceso y me bajo, a duras penas, sintiendo un ardor espantoso entre las piernas.
Introduzco la llave y abro la puerta al sentir como el auto se puso en marcha, sentí en todo momento la mirada de Fausto sobre mí, pero no giré.
—Hasta que por fin llegas, señorita— la pícara voz de mi abuela se escucha de fondo, al pasar por el pasillo.
—No estoy de humor, Sarah— contesto pasando de largo, viendo el reloj, el cual marcaba las 08:00 a.m.
—¿Cómo? Ven aquí en este preciso instante señorita—
No hice caso, solo corrí hasta mi habitación sin importar el dolor que abordaba en mi vientre, escuchando los reclamos de mi nana de fondo, dejándolos de lado y poniéndole seguro a la puerta. Una vez dentro, corrí hasta el baño y volví a prender la ducha.
El agua fría me golpeó, pero no interesó, dejé que todas mis prendas se mojaran mientras yo caía lentamente al suelo. Volviendo a desahogarme y dejando que mis lagrimas desciendan cuantas veces quieran.
Me abrazo a mí misma buscando algún consuelo, pero nada.
Nuevamente estoy sola, como siempre.