Recapitulando

1350 Words
Capítulo III Recapitulando. En el salón de clase, la monotonía de la lección dada se extendía, y nadie parecía percatarse de la tensión que se estaba gestando en mi escritorio entre Frank y yo. Mientras los alumnos continuaban hablando acerca de los ensayos de literatura que mande a realizar, mi mente estaba completamente sumida en el caos. Aunque el bullicio de la clase seguía su curso normal, yo estaba al borde de un ataque de pánico, con el corazón latiendo desbocado y la sensación de que estaba a punto de perder el poco raciocinio que me quedaba. La razón detrás de mi estado de agitación estaba relacionada con un pequeño pero crucial problema. Frank había cruzado una línea muy grande invadiendo mi privacidad de tal manera. La ansiedad se apoderaba de mí porque sabía que el resultado de nuestra supuesta colaboración tendría un impacto catastrófico en mi vida, no habían pasado diez minutos y ya me arrepentía. Mientras observaba de manera atenta la hoja de su cuaderno, sentí un sudor frío en la frente y un nudo en el estómago. La tarea de inhalar se volvía aún más desafiante con cada minuto que pasaba, y la posibilidad de no cumplir con las expectativas puestas en mí, pesaba como una losa sobre mis hombros. Era como si estuviera al borde de sufrir un paro cardiaco, con la presión aumentando en cada latido. Mi mente estaba tan saturada de acontecimientos y escenas catastróficas, que hacían sentir que iba a desmoronarme en cualquier momento. En medio de esa lucha interna, no pude evitar pensar en cómo la tecnología de hoy en día, como los teléfonos celulares, había cambiado la forma en que documentamos nuestra vida. Las imágenes y fotos tomadas con un simple gesto de nuestro dispositivo podían capturar momentos, emociones y detalles que de otra manera se perderían en el tiempo. En mi teléfono, tenía una colección de fotografías instantáneas de momentos felices, amigos, viajes, y momentos donde la calentura ciega. Todos contrastaban fuertemente con mi estado actual de ansiedad y agitación. Recordar esa última serie imágenes era como dar un respiro en medio del mar, cuando te estás ahogando. Mi mente rápidamente inicio la tarea de realizar un inventario de la serie de esas imágenes almacenadas en mi galería. ¿Las fotografías de mi móvil? ¿Fotos en las que aparezco desnuda? ¿Cómo es posible que lo supiera? ¿Me estará engañando? ¿Cómo puedo confiar en sus palabras? Frank, apenas es un niño, ¿no tendría acceso a algo así, o sí? Después de lo que parecen siglos, mi mente comenzó a trabajar y a cuestionarse la veracidad de sus palabras. No puedo creer que esté poniendo en duda mi propio coeficiente intelectual, como si hackear un aparto móvil, fuera lo más difícil del mundo. Como si de magia o un superpoder psíquico se tratara y me hubiese leído el pensamiento, Frank sacó su teléfono móvil del bolsillo de su pantalón de uniforme, de forma disimulada para mostrarme la pantalla del mismo. Cabe destacar que en el instituto está totalmente prohibido su uso durante las horas de la clase. Mi vista se fija en la pantalla del aparato que sostiene en sus manos, aparecía una foto mía, una selfi para ser más específico, una en el que aparece mi imagen tumbada en la cama; con una camiseta de color rosa pastel levantada hasta mi cuello, mostrando mis grandes pechos, mirando a la cámara con la boca entreabierta y pasándome la lengua por el labio inferior, en una actitud inapropiada de una profesora sería y respetable como yo. —¡Dios mío! Murmuré presa del pánico. Frank asintió sonriendo de manera victoriosa. —Hay muchísimas más como esta y con mejores ángulos que esta profe. Dijo en voz baja. Yo lo sabía, recordaba perfectamente el día y la hora en que me las tome, la sensación que tuve al verlas. Si esas fotos empezaban a circular por el instituto, sería el final de mi carrera, de mi reputación y de mi vida entera. Señaló de nuevo el cuaderno con una sonrisa bastante cínica. “Si lo has entendido y vas a obedecerme, di DE ACUERDO en voz alta.” —De… ¡De acuerdo!… Dije tartamudeando y sin detenerme a pensar más allá de la situación. ¿Qué otra cosa podía hacer? Estaba aterrada, no podía reflexionar con claridad. —¡Vale! Y por último, este tema. Pasó de página y me mostró otro texto escrito a mano por él, similar a los anteriores. “Necesito que me digas de qué color son las bragas que llevas puestas hoy debajo de esa linda falda, hermosa.” —¿Puedes aclararme esta duda? Preguntó con aire inocente como si no acabara de chantajearme. Después de un momento de sorpresa, respondí en voz baja. —B… Blancas… —¿Cómo dices? Pregunto haciendo el que no escucho mi respuesta, mostrándome esa sonrisa cínica tan característica de él. —Que son de color blanco. Repetí, sintiendo como me ruborizaba intensamente al revelar aquella información. ¿De verdad acabo de decirle a un alumno el color de mi ropa interior? ¿Qué se supone que estoy haciendo? ¿Esto me traerá muchos problemas? ¿Por qué tiene que pasarme esto a mí? ¿Por qué tuve que tomarme esas fotos? —¡Vale!, muchas gracias, profe Vicky Dijo alegremente mientras se incorporaba de mi escritorio. Regresó a su asiento con el cuaderno entre sus dedos, una aparente calma en su rostro que contrastaba con el torbellino de emociones que rugía en mi interior. En sus manos llevaba más que simples hojas de papel; sostenía fragmentos de mi vida, años de esfuerzo y construcción, como si fueran sus propias posesiones. Mientras observaba su serenidad aparente, me quedé paralizado en la misma posición en la que me dejó, las piernas temblorosas y la mente tan dispersa que ni siquiera podía recordar mi propio nombre. El peso de lo que estaba en juego se posó sobre mis hombros, y la incertidumbre se convirtió en una sombra que nublaba mi razón, dejándome vulnerable ante la inmensidad de lo desconocido. A medida que él hojeaba el cuaderno, me di cuenta de que mi identidad, mis logros, y mis anhelos estaban ahora a merced de sus decisiones. La fragilidad de la existencia se manifestaba en ese instante, y el futuro se volvía un lienzo en blanco, vulnerable a ser pintado con trazos inciertos. En el silencio que siguió, resonaron las preguntas sin respuesta, y me vi confrontado con la realidad de lo efímero que puede ser el control sobre nuestra propia vida. Aunque su actitud tranquila sugería que todo seguiría como antes, dentro de mí se gestaba una tormenta de pensamientos y emociones, mientras luchaba por encontrar la fuerza para enfrentar lo que vendría después. Este enredo que el destino o la vida misma ha tejido a mi alrededor parece ser un juego cruel, una maraña de circunstancias que me ha llevado a ser víctima de un chantaje perpetrado por un adolescente sínico, atrapada en la vorágine de sus hormonas y su desafío al mundo. ¿Cómo he llegado a este punto? Me pregunto, con un dejo de incredulidad y desesperación. La ironía de la situación se enreda con mi propia vulnerabilidad, y me siento como una marioneta en un teatro absurdo donde el telón se levanta para revelar una trama que nunca anticipé. ¡Por Dios!, exclamo interiormente, mientras la realidad se torna más surrealista, y me enfrento a la complejidad de una encrucijada que desafía mi cordura y ética. En este caos impuesto, las capas de responsabilidad y dilemas morales se acumulan, mientras lamento haber caído en las garras de un juego manipulador diseñado por la adolescencia desafiante. La fragilidad de mi posición se convierte en una sombra que oscurece mis pensamientos, y me veo obligada a reflexionar sobre los límites de mi propia resistencia. En este instante, el destino me desafía con una sonrisa irónica, y me pregunto si este episodio desconcertante es una lección ineludible o simplemente una travesía caótica en el tejido de la existencia.
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