Bien. Ésta es la parte de mi adolescencia donde todo se había tornado confuso. De la heterosexualidad a la bisexualidad hay un solo paso. Ese paso yo lo di, o más bien creí darlo. Pero me había dado cuenta mucho después, de que a mí no me excitaba un hombre. Claro, repito, me había dado cuenta mucho después de aquello. En aquel momento yo pensaba que aquello a lo que me atrevería a besar era mi sexualidad y daba por sentado que mis sentimientos, y mi salud mental estaba en equilibrio. Claro que yo no contaba con que estaba loco, y con que ni siquiera podía interpretar mis sentimientos o lo que sentía mi cuerpo. Eso me lo dijo Ernesto, mi psicólogo que tuve años después.
No volví a hablar con Santiago después de eso. Sabía que no iba a pasar nada más. Por momentos lo extrañé. Y después de un tiempo caí de cuentas que más allá del sexo que fuera, una persona podía llegar a encariñarse con alguien como lo hice con él. Más allá de la sexualidad, que aún no la tenía por sentada. Porque como él había dicho, yo no conocía lo que realmente quería. No sabía de opciones. ¿Cómo pude saber lo que me convenía o lo que me gustaba? No tenía sentido para nadie. Solo para mí. Y cuando entendí que todo lo que había dicho Santiago era cierto, me di cuenta que era un insensible. Un baboso. Un imbécil de primera categoría. De buenas o malas, debí ser claro desde un principio con Santiago. Él esperaba de mi algo que yo no podía darle, y era estar seguro de lo que estaba sucediendo. Para mí entonces era solo un período de descubrimiento. Fui un cobarde. Y tampoco tenía lo suficiente para seguir hablando con Santiago después de eso.
—Finalmente nunca entendí porque tú y Santiago dejaron de hablar. –comentó Luna sacando tema nuevo a la hora del almuerzo en casa. Estábamos hablando perfectamente sobre vaqueros y jeans nuevos. O de cómo todos ellos quedaban de lo mejor puestos en Estela. Pero no. Luna quiso hablar de aquello. Y recordé, que nunca le había contado a Luna lo que había sucedido con Santiago. Pensé que era innecesario decírselo.
—Ustedes dos eran muy buenos amigos. Y me caía mejor que ese con apellido de marca de automóviles. –se echó a reír. Solté una leve carcajada al recordar a Alex McQueen, a quien por cierto no le había hablado en los últimos meses.
¿Hasta qué punto Luna había estado desinformada de mi vida?
—Es problemático. Simplemente creo que nos dejamos de llevar. –suspiro. —Es una larga historia de todos modos. Te aburrirías.
Luna quedó mirándome fijamente, como procesando lo que había acabado de decir. Frunció el seño.
— ¿Es acaso que ya no me consideras tu amiga? –acto seguido, elevó sus manos hasta su rostro como secándose una lágrima falsa en gesto teatral.
— ¡Oh, Honey me dejó de lado!
—Que dramática. Pareces salida de una telenovela. No es eso, en lo absoluto. –digo en seco mientras desvío la mirada hacia el suelo. –Es que...hay cosas que simplemente prefiero no hablar.
Luna me quedó mirando fijo por un momento, pensé que me iba a propinar un golpe por lo que había acabado de decir, era la primera vez en mi vida en donde no quería contarle algo de mi vida a Luna.
—Me gustaría que confiases un poco más en mí, ¿sabes? Después de todo llevamos siendo amigos desde que éramos un par de mocos. –elevó la mano hasta mi rostro, y me sostuvo el mentón con sus dedos con mucha suavidad de forma que la mirara a ella.
—Mírame. –dice.
Levanto la mirada para verla directamente a los ojos. Y que ojazos me digo a mi mismo. A veces cuando Luna me mira siento como si me encandilara con el azul de sus ojos.
—Cuéntame. –insistió.
—Que persistente eres. –esbocé una sonrisa y le quito la mano de mi mentón para entrelazarla con mis manos. –No quiero que por contarte, pienses que soy un pringado. O un raro, o un fenómeno. Solo es eso.
—Que problemático. Ya eres un pringado, raro y fenómeno. Y a mi parecer no es algo malo. -rió. Le apreté las manos como venganza.
—Estúpida. –dije entre risas. –No se puede mantener una conversación del todo seria contigo, ¿verdad?
— ¡Qué poca fe que me tienes! –finge estar alarida. –Venga ya. ¿Puedes contarme? –insistió. Le asentí con la cabeza mientras hago una mueca de designación. Suspiro.
—He estado con Santiago. –y al decirlo, el corazón me palpitó a mil.
Era la primera vez que se lo contaba a alguien.
Luna quedó boquiabierta y con los ojos en blanco. Sacudió la cabeza como devolviéndose a la tierra.
— ''Estar'' de estar, en modo...
—Sí, de ese modo. –interrumpí a lo que estaba por decir. Y no sé si era exactamente porque no quería que lo dijera o porque todavía no lo aceptaba.
—Honey, entonces tu eres...
Ya me lo veía venir.
La etiqueta.
—¡No! Bueno no sé. ¿Sabes? es confuso.
—Pues no debería. Si has estado con Santiago pues ya está todo claro.
—No, no realmente. –repliqué. –Nunca estuve con una chica.
Sabía que espetar la noticia sin ningún tacto no traería nada bueno, y al decir verdad. ¿Cómo podría hacerlo? Si como había dicho Santiago, yo no estaba seguro de nada.
Era un inmaduro.
—Honey, eso es terrible...-dice inmutada Luna. -¿Es que no te gustan? –Se apresuró a sacar hipótesis. Y eso es lo que realmente no quería que hiciera. Negué con la cabeza al instante.
—Sí me gustan. Pero no se me dio con ninguna. Y lo de Santiago...
—Deja. –musitó ella. –No aclares más. Está claro que no tienes nada seguro. Podría decirse que eres...
— ¡Basta ya, Luna! –protesto indignado por tanto jadeo. –No lo sé. No sé que se me ha pasado por la cabeza al estar con Santiago. Tampoco sé si me gustan las chicas porque nunca he estado con una, y no por mi elección. Pero no quiero que hablemos más del tema. ¿Vale?
—Vale. –suspiró. -¿Has considerado contarle a tu papá sobre esto?
Oh, mi padre...por un momento en mi vida lo había olvidado. Y eso es algo muy difícil de lograr. Porque de alguna u otra forma, papá siempre me devuelve a la tierra con un piedrazo y un porrazo en la caída.
—Claro. Será tan fácil decírselo. ''Oye, papá, he estado los últimos meses con un hombre. Probablemente fuera gay. Y si esto no fuera lo suficientemente raro, en toda mi adolescencia nunca había estado con ninguna chica en ninguna de todas las formas posibles'' Oh, claro que lo entenderá. Después de todo él es muy comprensible. –comento en tono irónico.
—Pues por muy difícil que sea, algún día se lo tendrás que decir. –agregó.
—Eventualmente. –concluí y luego hice un cambio repentino del tema.
Nadie me salvó. Nadie estuvo conmigo.
Mis lágrimas caían y nadie estuvo para secarlas.
Pedí que me ayudaran pero nadie lo hizo.
Grité, pero nadie me escuchó.
Quería que alguien note como me sentía, pero nadie lo notó.
Me lastimaron.
Me hirieron.
Me cortaron.
Me quemaron.
¿Por qué? ¿Porqué a mi?
Y entonces, estaba corriendo. Ni un minuto más, ni un minuto menos. Tenía que llegar. La vida se me había limitado a una sola acción. Tenía que alcanzarla. Porque sabía que la quería, que ella era todo lo que quería. Es curioso, toda mi vida se trató de descubrir que era exactamente lo que me hacia feliz. ¿Y qué? Mi felicidad estuvo todo el tiempo ahí, con ella.
Octubre de 1989.
—Papá, tengo que decirte algo. –dije entrando a su despacho. Estaba muy nervioso.
— ¿Qué es? Espero que sea importante, dentro de media hora tengo una reunión, y tengo que empezar a cambiarme. –dice él, mientras tomaba un sorbo de café en su oficina medio apurado.
—Pero si apenas llegas...-protesté.
— ¿Y? Mejor es no desperdiciar el tiempo. –repuso.
—Necesito más que eso para poder hablar de esto. –le digo un poco cortante. Se notaba la duda y el miedo en mis palabras.
— ¿Sobre qué es?
—Algo importante. –le digo.
— ¿Qué tan importante?
—Es sobre mí. Sobre una decisión de vida. –agregué.
—Ya era hora de que decidas algo por tu vida. –Comienza a decir.
—He estado con un hombre. –digo casi al instante. Papá se inmuta al oírlo.
—Es muy difícil para mí, no sé realmente lo que soy, nunca estuve con ninguna chica y... –comencé a decir.
—Busco algo de comprensión, quería decírtelo, tenía que hacerlo. Estoy muy confundido. —Seguí hablando.
Esperé y esperé que él diga algo. Después de quedarme mirando como diez minutos, papá bajo la mirada, cogió su café, y se fue.
Así fue como había comenzado mi pesadilla.
Es una vergüenza que sea mi hijo.
Lo peor es que el engendro salió de mí.
No debimos tenerlo.
Recuerdo que la relación que tuve con papá fue algo dura, siempre. Hasta en la época donde era su hijo ejemplar.
¿Sabes lo peor? Es que ahora que no está, lo extraño. Papá no era de los mejores. Definitivamente. Cuando le conté aquello, no me trató como esperé que lo haga. Todo lo contrario.
Unas mil veces habré esperado que llegue el momento en donde papá se diera cuenta lo mal que hacía, y recordara, que en algún momento de mi vida yo fui importante para él. Que se diera cuenta que no importaba cuán en desacuerdo esté con las decisiones que tome en mi vida, nada en el mundo cambiaría que era su hijo. Pero...no lo hizo, él no reaccionó en mucho tiempo.
Cuando le hablé de aquello, comenzó a tratarme menos de lo que me trataba. Ya no hablábamos. Había dicho que se negaba a ser mi padre. Claro, como si eso es a su elección. Me había mandado a trabajos forzados, ya sabes, de esos donde hay que llevar cosas de mucho peso. Pese a que mi trabajo era duro, siempre había sido de los mejores. Me esforzaba mucho por hacerle sentir orgulloso a papá. Pero después de todo, papá solo quería cambiarme. Y discúlpenme la ironía, pero haciéndome cargar un par de trastos formaría músculos, no una sexualidad.
Me cambió de colegio, me llevó a psicólogos, decía que podía curarme. Como si estuviera loco o enfermo. Al menos, demostró atención en mí. Algo que no hacía desde que era pequeño. Pero siendo sincero, hubiera preferido que no me haga ni caso, a que se meta en mi vida de esa forma. Él hecho todo a perder. Él hecho muchas cosas a perder.
— ¿Hace cuanto tiempo que te diste cuenta que te gustaban los hombres? —preguntó mi nueva psicóloga, Kendra en nuestra primera sesión.
Papá me había llevado con Kendra, porque decía que la anterior, Luisa, no era de fiar. Pero realmente ése no era el problema. El problema es que Luisa le había dicho que yo no estaba enfermo, y que el enfermo era él por insistir en cambiarme. Supongo que papá no buscaba ayudarme. Lejos estaba de buscar una ayuda psicológica para mí. Si no, alguien que le diera la razón con un doctorado en psiquiatría.
—Hace unos cuantos meses. –respondí en seco.
— ¿Y crees que eso es debido a algo que te haya ocurrido antes?
— ¿Usted sugiere que mi homosexualidad se debe a un trauma? –espeté.
La psicóloga quedó boquiabierta. Sé que no eran sus intenciones ofenderme, pero lo hacía de algún modo.
–Tengo traumas, sí. Tengo muchos traumas. ¿Y sabe? No por ello me volví gay. Y de hecho, para ser franco, ni siquiera estoy seguro de serlo. Quisiera que dejara de tratarme como si estuviera enfermo, y se abstuviera a hablarme como si fuera un fenómeno.
—Honey, no estoy aquí para juzgarte, mucho menos para tratarte como un fenómeno. –intentó explicar ella. Antes de que pudiera decir más, la interrumpí.
— ¿Enserio? ¿Lo dice enserio? Porque no pareciera eso. Parece que está intentando cambiarme. Usted solo quiere descubrir razones de porque soy así. Y no las hay. Estaría bien que deje de pensar en el dinero que le proporciona mi padre, y me deje elegir como ser en paz.
Ella quedó perpleja.
— ¿Disculpa? —repuso. — ¿Qué estás sugiriendo?
—Que le importa el dinero. Que me parece poco profesional, y que además, es una pésima psicóloga. –ella frunció el seño, y acto seguido me invitó a que saliera de su oficina, fue una muy bonita forma de echarme en otras palabras.
A papá no le tardaría en llegarle un mensaje contándole lo que pasó. Y sabía lo que vendría. Ahora, exactamente no sé que buscaba papá. Probablemente él pensaría que un psicólogo o un psiquiatra le diría que estoy enfermo, y que lo mío se podría curar con pastillas. Pero luego de largas e interminables sesiones, él se dio cuenta que nadie profesional y ético le diría algo así. Aquellos psicólogos no ayudaban. En mi vida solo tuve un solo psicólogo, y era Ernesto. Estuvo conmigo después de morir papá, y me contuvo todo el tiempo que enfermé hasta el día de mi muerte. Él no daba citas de médicos, él daba consejos, y frases filosóficas que te hacían dar marcha atrás a tu vida, y replantearte muchas cosas. Él sí era admirable. En algún momento les hablaré de él. Si es que me acuerdo...
—Me enteré lo de la sesión de hoy. –comentó papá en el almuerzo. Sentí ganas de devorarme mi plato lo más pronto posible para poder largarme y encerrarme en mi cuarto como siempre.
—Trataste muy mal a la psicóloga. Nuevamente demostraste lo pendejo que eres. –elevé la mirada para verlo a los ojos mientras lo decía, y lo encontré concentrado en su plato.
¿Cómo podía comer sin inmutarse por tratarme tan mal?
¿Ése realmente era mi padre?
Que ser tan despreciable.
—Me cambias de colegio, me mandas a trabajar, y me llevas todas las semanas a una psicóloga distinta. ¿Es que acaso la anterior no te había dicho lo que querías escuchar? Y el pendejo, claro, soy yo. –digo en gesto irónico, y hago un énfasis con la voz en lo último. Dejé el plato de lado. Ya no me apetecía seguir comiendo.
—Agradéceme. Deberías. A ver si con eso te comportas. –repuso él.
—¡Déjame de tratar como si estuviera haciendo algo malo! No soy el hijo que pretendes que sea, ¿pero acaso merezco morir por ello? ¡Mátame entonces! –Papá se levantó, y formó con su mano derecha un puño.
Me esperaba un golpe, como mínimo.
Marta estaba preparada para meterse en el medio tratando de pararlo. Pero papá suspiró, y se dio media vuelta dirigiéndose a su oficina.
—No comeré hoy. –concluyó. Después de eso, el ambiente fue un silencio total.
Casi sin pensar, momentos como esos repletaban mi vida.
¿Me lo merecía realmente? ¿Era tan malo lo que había hecho?
—Honey. —murmuró Luna al otro lado del muro de mi jardín una noche estrellada, semanas después de aquello.
—Sí. —musité. Su cabeza se asomó por encima del muro. –Tranquila, estoy solo. Papá está viajando esta noche.
Ella de un salto, se traslada a mi jardín.
— ¿A dónde se fue exactamente? –preguntó curiosa mientras enciende su cigarrillo mentolado.
—No lo sé. Nunca me dice a donde va. Yo solo espero que algún día no regrese más. –digo, y esto último lo digo sin pensar.
No es exactamente lo que yo desearía. Es ése tipo de cosas que uno dice dejándose llevar por la bronca.
—No digas eso. –musitó ella. –Sentí ruidos por estos lados, y me imaginé que no podías dormir otra vez. –hizo un cambio repentino del tema. Asentí con la cabeza.
—Como me conoces eh. Sí, no puedo dormir. –digo mientras contemplo el estrellado cielo sobre nosotros. -¿Y tú qué haces despierta a esta hora? –me vuelvo sobre ella.
—Quería fumar. —acotó. –Sabes lo que piensa papá acerca del cigarrillo.
—Sí. Se dará un buen porrazo cuando descubra que su única hija fuma. –reí al imaginármelo. -¿Qué tal todo con tus padres?
Recordé que hace una semana atrás, Luna me había contado sobre lo mucho que se había intensificado las peleas de sus padres. Todo estaba complicándose.
—Hablaron de divorciarse. –le da una pitada a su cigarro.
—Que mal Luna. Lo siento mucho.
—Déjalo. De todos modos es mejor así. Mamá ya no es la misma que solía ser, ¿Sabes?
Luna volteó a mirarme fijamente, y pasó su mano sobre mi cabello, acariciándolo.
— ¿Te cortaste el cabello? –comenta cambiando de tema. –Te queda bien. Sonrió.
—Hace que resalten tus ojos. —agregó.
— ¿Y cómo ha estado el instituto? Supongo que ha cambiado desde que me fui.
Luna asiente.
—Alex McQueen probablemente será el próximo rey del instituto. Parece que ya nadie recuerda al Alex retardado y peludo a más no poder, de la clase de gimnasia en segundo año. Santiago dará una fiesta en honor a todos los graduados este año. Y echaron a José del colegio. –Y con esto último quedé boquiabierto.
— ¿Cómo? –repuse.
—Sí, lo grabaron golpeándolo a uno de primero. Casi lo deja en coma. Santiago tuvo que intervenir para que no lo dejara muerto. Y luego se armó otro boquete entre José y Santiago, eso sí prácticamente fue la mejor pelea por mucho.
—¿Qué le pasa? Ése tipo es un enfermo.
—José es un abusivo de primera categoría. Era de esperarse que sucediera algo así. Pero si me lo preguntas, no se que se le ha pasado por la cabeza a Santiago para montar semejante escándalo y ensuciarse de esa forma. Hasta creo que lo suspendieron, pero solo por unos días.
Y entonces recordé lo que había sucedido entre Santiago y José en aquella fiesta de los Shark. Por primera vez en mi vida había visto a Santiago tan enojado con alguien, tan enfurecido que no le importaba golpearlo hasta matarlo. Esas cosas las esperaba de José, no exactamente de Santiago. Pero supongo que ellos tienen problemas desde mucho antes. Eso debe ser. Viejas broncas era la explicación.
—Que va. Ya no importa mucho eso. Ahora cuéntame, ¿cómo te va en el nuevo instituto?
Y por un momento quise olvidarlo. Que todo estaba perdido, que papá me había cambiado de colegio, y que prácticamente cambió toda mi vida. Ahora mismo hasta tenía horarios distintos. Ni siquiera tenía tiempo para verla a Luna.
—No es tan malo. No destaco mucho, algunos ni siquiera notan que estoy ahí, mientras que por un lado se me han acercado varias chicas. –suspiro. –Pero finalmente no me importa. Al cabo me gradúo en unos meses.
—Eso es realmente bueno Honey, ¿has considerado salir con alguna de ellas? Te ayudará a atar los cabos sueltos de tu vida.
Y sé a qué se refería exactamente con ''cabos sueltos'', pero yo no pensaba en eso. No quería estar con nadie, ni mujer ni hombre, solo quería estar solo. Y esperar a que algo cambie mi vida.
Ése es el problema con la depresión, te quita hasta el apetito s****l.
—No tengo tiempo para ese tipo de cosas Luna. Estoy de aquí para allá con el trabajo, el colegio y psicólogos. Papá no deja de insistir. Es problemático. –rezongué.
—Ya veo. Pero, ¿No crees que tu papá dejará de obligarte a hacer todo eso si ve que traes una chica a casa? –sacudí la cabeza en modo de negación.
—A papá no le importa realmente lo que me guste Luna, es todo una escusa. Nunca fui el hijo que él esperaba que sea, y no específicamente por lo que sucedió este año, si no por todo. Y él ha encontrado un modo de pasarme facturas por ello. –Luna me queda mirando fijo, como apenada por mí, como sintiendo lástima por mí, y es exactamente esa mirada la que nunca quise recibir.
Ella me abraza.
—Personalmente no veo la hora de que todo esto acabe. Solo quiero despertar y que todo haya cambiado. –comenta mirando al cielo. Y sabía que ella no solo hablaba de mí, sino que también de ella.
—Que linda noche. –agrega cambiando de tema nuevamente, como tal chivo expiatorio que trata de reducir en menor medida el momento de sinceridad que se le había escapado.
—Y lo mejor de esta noche, es que al menos la estoy disfrutando contigo.
Te extrañé mucho Luna. –ella me corresponde la mirada y esboza una sonrisa.
—Yo también te extrañé Honey.
Hay una parte esencial en nuestra vida, es la parte de tu vida donde sabes que si te duermes en el sofá te despertarás ahí, no importa mucho lo que seas en tu vida, ¿sabes? lo único que realmente importa es que reacciones. Porque si algo he aprendido en esta vida es que hay que reaccionar. No te puedes quedar parado ahí sin hacer nada. Hay que accionar, hacer algo por tu vida, no por alguien, si no por ti. Me hubiera gustado saberlo en ese entonces. Quizás no hubiese perdido tantas personas como lo hice.
—Deja esos trastos por allá, y terminas por hoy. –señaló Walter a unos cuantos televisores rotos, él era el hombre para el que yo trabajaba trayendo trastos de aquí para allá. Mi trabajo básicamente era coger el montón de basura y montarlas en una camioneta para que la mudanza se encargue. Le asiento con la cabeza y me apresuro a montar las cosas en la camioneta 4x4 del hijo mayor de Walter, Leonardo.
Walter era un muy bien amigo de papá, y se había ofrecido a darme trabajo pesado. Ellos hablaban de la homosexualidad como si fuera un resfriado que se pudiera curar. Creían que hacerme trabajar como burro, y ver un par de culos al pasar despertaría en mi lo que nunca antes había despertado.
—Entonces, ya terminé por hoy. ¿Le avisas a tu padre? –le comento a Leonardo, el hijo del hombre para el que trabajaba. Él asiente la cabeza con rapidez.
— ¿Por cuánto tiempo más trabajarás aquí Van De Wood?
—Temporal. –me limito a responder más.
—Venga, vienes diciendo hace unos cuantos meses que esto es temporal. –espetó.
— ¿Y qué puedo decir? Realmente no depende mucho de mí. –repuse.
—Escuché que vas a psicólogos y trabajas toda la semana. –comentó como quien no quiere la cosa, evidentemente esperando que se lo confirme.
No sabía que decir exactamente. ¿Qué esperaba? No iba por la vida diciéndoles a las personas que voy a terapia y mucho menos que voy a terapia porque creo que soy homosexual.
—Sí. Es problemático. –le doy una sonrisa fingida. –No lo entenderías. –murmuré.
—Sí lo entiendo. –repuso. –A mi hermano le sucedió lo mismo. –agregó.
Le dirigí una última mirada de desentonamiento. Él se da cuenta y se ríe a continuación, como recordando algo.
—Mi hermano gay. –aclaró. Y con esto último quedé en shock.
— ¿Lo dices enserio? –pregunté. Él asiente la cabeza nuevamente.
—Él dice que eso es algo del pasado. Pero, ¿sabes? él no ha traído chicas a casa. No es muy difícil saberlo. Papá le cree, pero sé que no es cierto.
—sonríe al pensar en ello. –Naturalmente diría que es algo malo. Pero no es algo que deba o pueda curarse. Me gustaría que algún día José lo sepa. Que sepa que lo apoyaré aunque papá no lo haga.
Y al decir ''José'' me quedó dando vueltas en la cabeza el nombre, José nombre de pila y apellido Mendez, se me vino a la cabeza José Mendez el pesado que compartía cigarrillos con Luna en los recesos del Morrís, el mismo que tiene problemas con Santiago por alguna razón, otro gay. ¿Era realmente él o solo era una coincidencia? Pero, cuántos José Mendez habría en la ciudad. ¿Podría ser? No, es imposible. Renegué con la cabeza. Y acallé aquellos pensamientos. Que no se me haga manía esto de volver homosexual a todo el mundo.
—Gracias por contarme. Me hace sentir menos miserable, supongo. –comenté irónico.
—No eres miserable Honey. Para nada. Al contrario, miserables son aquellos que creen que tienes que cambiar. Incluyo a mi padre. Siento mucho que trabajes para él.
—Él realmente no ha hecho nada malo. Ni siquiera ha tocado el tema. Él solo está siendo un buen amigo ayudando a mi padre al darme trabajo. Solamente eso. –respingo. –Y respecto a tu hermano...nunca es tarde para brindarle tu apoyo.
—No le ayudaría. –musitó él, y antes de que continuara lo interrumpí.
— ¿Sabes? Ahora mismo estoy pasando por un mal momento, y estaría bien que por lo menos yo tuviera un hermano o alguien que me estuviera acompañando. El hecho de sentirse así no es nada agradable, y pienso que sería realmente bueno que no me sintiera tan solo. Quizás no ayudaría mucho. Pero ayudaría a que el mundo no parezca tan gris cada vez que lo miro.
Le dirijo una última mirada a Leonardo, que se encontraba tratando de entender cada palabra que le había dicho, como procesando la idea. Poético. Dramático. Estúpido, quizás. Pensé que diría.
—Nos vemos. –agregué antes de irme.
—Gracias. –me dirigió una sonrisa, se la devolví con una mueca que aspiraba poco a ser una sonrisa completa. Pero ésta era un poco más sincera que las anteriores.
Y pensé, que quizás, había una remota posibilidad de que José Mendez, el que siempre encontró lugar de molestarme en los apartados del instituto, podía ser gay. Y que quizás, también se debía eso a que me tratara tan mal. Pero todo se desvanecía en mi mente. Solo eran suposiciones.