ESBEN
— Eso es todo.
Renzo asegura que los Belloni están dispuestos a hacer una tregua, una alianza… y según él “Eso nos conviene”.
Lo observo mientras revisa números en su tablet, como si estuviera hablando de comprar trigo y no de pactar con una familia que nos ha querido ver muertos más de una vez.
Respiro hondo, analizo, y niego.
—¿Estás seguro, Renzo? Ignacio Bellori no es una perita en dulce. Y no conocemos a su sucesor.
Renzo levanta la mirada, serio, imperturbable.
—Sí lo conozco. Cassiano Bellori. Tiene veintidós. Es joven, pero un tremendo soldado.
Frunzo el ceño.
—¿Lo conoces personalmente?
Renzo asiente sin dudar.
—El año pasado, Ignacio me propuso una alianza con nuestros hijos.
Siento un golpe seco en el estómago. Y tiemblo.
Literalmente tiemblo.
—¿Qué? ¿Piensas casar a Asia con el primer desconocido que aparece? —le reprocho, y aunque él es mi jefe, me importa cero.
Renzo suspira, con esa calma que a mí me saca de quicio.
—No es un desconocido. Es una alianza, Esben.
Niego, porque si sigo hablando voy a romperle la mesa de un puñetazo.
No sé cómo tome esto Isy.
Ni quiero imaginarlo.
—¿Cuándo volverá? —pregunto al final.
Él se encoge de hombros, como si estuviera hablando del clima.
—La salida depende de ella. Cada año hay una prueba. Si no la pasa, jamás saldrá.
Su indiferencia me duele más que cualquier corte que vi en el rostro de Asia.
¿Cómo puede ser tan frío con su única hija?
Mi teléfono vibra.
Freja.
Otra vez.
Contesto y escucho su voz tensa, molesta. Últimamente me culpa por todo: por ausentarme, por preocuparme por Asia, por existir, básicamente.
Estar en casa es un infierno, uno que yo mismo me metí sin leer las instrucciones.
—Ya voy —miento, porque en realidad no sé si iré. No sé nada.
Solo sé que Asia sigue ahí adentro.
Tal vez herida, sola, peleando cada día.
Y yo afuera, esperando… mientras todo se desmorona.
Salgo de la oficina de Renzo y camino directo hacia mi auto.
Conduzco a casa sin recordar realmente el trayecto.
La pequeña Isy lleva año y medio en ese infierno, y ahora resulta que cuando vuelva tendrá que lidiar con un compromiso que ni siquiera sabe que existe.
“Aún es muy chica”.
Apenas cumplió quince hace unos meses.
Y su padre… su padre ya está negociando su futuro como si fuera ganado de subasta.
Detengo el auto y entro al apartamento. El lugar se siente frío, vacío, muerto.
Freja está cada vez más insoportable.
No entiendo qué quiere. La quiero, estoy para ella… pero últimamente me mira como si yo fuera el enemigo.
Y tiene solo veintiocho, pero carga resentimientos como si tuviera ochenta.
Ella sale de la habitación; la que casi nunca uso. Con una maleta. Me sorprende, pero no lo demuestro.
—Volveré a Dinamarca, Esben. Esto no está funcionando.
—¿Qué? ¿Vas a abandonarme, Freja? ¿Por qué no me pides el maldito divorcio de una vez? —le escupo la frase, harto, agotado.
Ella no responde. Solo camina hacia la puerta y se va.
Cierro los ojos, tomo un vaso de vidrio… y lo estrello contra el piso.
La verdad es que no sé qué siento exactamente por ella.
Después de varias horas en silencio, tomando decisiones que debí tomar antes, marco un número.
—Albariz, alístenme un vuelo. Destino: Rumania. En dos horas.
—Como ordene, jefe.
Salgo de casa. Y tal como prometió, el avión me espera.
Vuelo directo a la capital de Rumania. Desde ahí tomo un automóvil privado hacia el Instituto Valhalla.
No está a simple vista; casi parece que se esconden del mundo.
Pero aun así llego.
Pido hablar con ella… y esta vez no me hacen esperar.
Una chica aparece por la puerta.
Mi corazón se detiene.
Su cabello está más corto. Lleva un collar oscuro en el cuello. Los labios rojos como sangre fresca. Viste de n***o, y se ve… hermosa. Demasiado hermosa.
Pero rota. Muy rota.
—¿Isy…? ¿Isy, cómo estás, nena? —pregunto, casi en un susurro.
Ella niega, seria, distante.
—Soy Asia Dellacosta, Esben. Y estoy bien.
Mentira.
Pero camina para irse sin darme oportunidad de replicar.
—Ya me viste. Puedes decirle a Renzo que aún respiro.
Su voz está molesta. Resentida.
La veo alejarse y el pecho me arde.
—No vine por él —digo.
Ella se detiene.
—Vine por ti, cariño.
Me mira por encima del hombro. Está más fría que antes, distinta. Pero el dolor en sus ojos… ese sí lo reconozco. Y me destruye.
¿Cómo mierda permití esto?
¿Cómo mierda la dejé aquí tanto tiempo?
—Gracias —susurra—. Pero ya puedes irte, Esben. Dile a Renzo que este año sí salgo.
Intenta seguir camino, pero la detengo con palabras que salen solas, cargadas de todo lo que callé año y medio.
—¿No me merezco ni un abrazo, Isy? ¿Ya no soy nadie para ti?
Ella se congela.
Camino hasta ella con cuidado, como si fuera una herida abierta. Le tomo el rostro entre mis manos. Y entonces lo veo: un par de lágrimas.
Las limpio con mis dedos.
—Siempre serás mi pequeña Isy —murmuro—. Aunque ya estés grande y preciosa… no me alejes de ti.
Ella cierra los ojos, respira hondo…
Y me abraza.
Me abraza como si nunca lo hubiera hecho antes.
Y yo la sostengo como si la vida dependiera de ello.
Pasamos la tarde juntos. Caminamos un poco por los jardines, nos sentamos en una banca vieja que seguramente ha escuchado más llantos que conversaciones, y ella me cuenta un poco de todo: del entrenamiento, de las pruebas, de lo duro que es sobrevivir ahí dentro… pero aun así habla con una luz en los ojos que no tenía cuando llegó.
Y yo, por primera vez, me atrevo a decirle lo que le espera afuera.
—Estoy segura de que este año saldré, Esben —dice, con un entusiasmo tímido pero real.
Duele romperle ese brillo.
Pero sería peor mentirle.
—Suena genial, Isy… pero debo advertirte algo. Renzo está haciendo alianzas. De esas fuertes. De esas que se marcan con un compromiso.
Ella frunce el ceño, mirándome como si pudiera leer mis pensamientos.
Yo guardo silencio. Espero que lo entienda.
—¿Alianzas? —pregunta—. ¿Alianzas de compromiso, Esben? ¿Cómo cuál? ¿Un matrimonio?
trago saliva.
—Tal vez, nena. Con los Bellori.
Su mirada cambia al instante. Se endurece.
Se vuelve la de una Dellacosta … aunque ella aún no lo entienda del todo.
—No pienso casarme con un viejo, Esben —dice con voz firme—. Me casaré solo si yo quiero. No permitiré que Renzo siga decidiendo sobre mi vida. Si me caso será porque así lo decido yo. No para cumplir un trato.
Y ahí está.
La fuerza.
La rabia contenida.
La niña que se convirtió en mujer a golpes dentro de Valhalla.
Yo la miro… y siento orgullo. Orgullo y miedo al mismo tiempo. Porque sé que cuando Renzo la vea así, esa guerra que lleva años gestándose finalmente va a estallar.
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