ASIA
El frío me muerde primero.
Siempre es así.
El bosque helado no tiene compasión, pero yo tampoco.
Respiro hondo, dejando que el vapor escape entre mis labios mientras ajusto el seguro de la pistola de aire comprimido.
No dispara balas reales, pero ojalá lo hiciera.
Estas cosas golpean tan fuerte que dejan la piel abierta, carne viva sin llegar a perforar.
Una ironía preciosa: “no letal” pero traumática.
El silbato suena.
Y el infierno vuelve a empezar.
Corro. El suelo cruje bajo mis botas empapadas de nieve.
Las ramas desnudas raspan mis brazos como si intentaran arrancarme tiras de piel. No me detengo.
No pienso.
Actúo.
Dos años aquí dentro… dos años aprendiendo lo que nadie te advierte:
“No confíes. En nadie”.
Ni siquiera en tu propio equipo.
Especialmente en tu propio equipo.
La primera emboscada llega por la derecha.
Henrik y los otros de mi escuadrón creen que me van a sorprender.
Pobres imbéciles.
Apuesto a que brindaron por mi derrota mientras planeaban traicionarme.
Levanto el arma y disparo.
El impacto seco se escucha incluso antes de los gritos.
Caen al suelo agarrándose el torso, descalificados, con la piel ya tornándose morada y roja.
—¿Pensaban que iba a jugar en equipo? —murmuro, sin detenerme.
Aquí no entrenan compañerismo; entrenan supervivencia.
Este lugar no es una escuela militar: es una fábrica de líderes que saben cuándo cortar una cuerda… incluso si esa cuerda es tu propio aliado.
Sigo avanzando entre los árboles. El aire helado me corta la cara.
Mi corazón late rápido, como si quisiera recordarme que sigo viva a pesar de todo.
A lo lejos escucho pasos.
Otro grupo.
Me lanzo al suelo, ruedo detrás de un tronco caído. Apunto. Espero. Uno, dos, tres… cuando el cuarto se asoma, disparo.
El estruendo hueco de los impactos retumba en mis oídos. Caen como fichas de dominó, retorciéndose por el dolor que estas pistolas dejan… un dolor que se queda días enteros ardiendo bajo la piel.
Aprendí a ser silenciosa. Precisa. Cruel cuando toca.
Aprendí a no mirar atrás.
Aprendí que la única bandera que importa es la mía.
Y ahí está.
A unos cincuenta metros, colgada entre dos pinos gigantes.
La bandera roja.
Mi respiración se acelera.
Mi sangre canta.
Corro. Disparo a todo lo que se mueve, a todo lo que respira, a todo lo que pretende ponerse en mi camino.
No cuento cuántos.
No importa.
Llego al árbol, trepo como si mis dedos fueran garras. Arranco la bandera con fuerza. La aprieto contra mi pecho.
Es un triunfo que me pertenecía desde antes de iniciar.
—Lo logré… —susurro, sintiendo cómo un nudo se rompe dentro de mí.
Ahora debo salir...
Bajo del árbol y camino hacia la salida del bosque con la cabeza en alto, cada músculo ardiendo, cada impacto recibido recordándome que sigo viva por una sola razón: yo no fui hecha para seguir órdenes… sino para darlas.
Cuando cruzo la línea, el frío deja de importarme.
Ahí están mi instructor Petrov y otro maldito idiota que llegó este año listo para torturarme, Ivanok.
Pero hago una pequeña sonrisa por dentro cuando lo veo a el.
Esben está ahí, apoyado contra un poste, brazos cruzados, mirándome como si yo fuera un milagro envuelto en nieve.
Su sonrisa es suave, demasiado para este lugar que todo lo endurece.
—Sabía que ibas a conseguirlo, Isy —dice mientras se acerca.
Yo debería apartarme.
Le he puesto muros tantas veces que ya debería haberse cansado.
Pero Esben… él siempre encuentra dónde romperlos.
—Sobreviví —respondo, intentando sonar fría.
Pero la voz me tiembla.
Y claro, él lo nota.
Me abraza.
Fuerte.
Caliente.
Real.
—Estoy orgulloso de ti —susurra contra mi cabello.
Esa simple frase duele más que cualquier impacto de estas pistolas.
Porque cuando vuelva a Calabria, nada será fácil.
El apellido Dellacosta siempre ha sido más una sentencia que una herencia.
Y mi padre…
Ya decidió un compromiso para mí.
Un compromiso que pesa como una cadena helada alrededor del cuello.
Como si fuera una ficha de ajedrez.
Un peón movido a conveniencia.
Clavo la mirada en la nieve. Aprieto los dientes.
—No voy a seguir obedeciendo como si no tuviera voz —susurro.
Esben escucha. Siempre lo hace.
—Entonces rompe el tablero —dice con esa calma peligrosa que solo él tiene.
Lo miro. Y sonrío.
—Pienzo hacerlo.
....
Ahora heme aquí. Esben insistió; no partimos de inmediato a Italia. Viaje junto con el Bucarest y nos hospedarnos en un hermoso hotel.
El espejo del tocador me devuelve una imagen que todavía me cuesta reconocer.
Esben propuso que fuéramos primero a cenar. “Cumpleaños es cumpleaños”, gruñó cuando intenté decirle que no hacía falta.
“Pues fue la semana pasada”.
Y ahora aquí estoy… con un vestido que él mismo escogió, compró y dejó sobre la cama como si fuera la cosa más normal del mundo.
Lo toco, aún sin creerlo.
Es de un azul profundo, ceñido a la cintura, ligero en las piernas… y cuando levanto la vista, la sorpresa vuelve a
golpearme: ya no tengo el cuerpo de una niña.
Mis pechos se notan incluso con el escote discreto, mis caderas están más marcadas, y mis piernas… bueno, digamos que estoy radiante.
—Respira, Asia —me digo, pero no funciona.
Hace una semana cumplí años, y todavía estoy procesando el cambio. Dos años sin usar algo que no fueran uniformes, ropa de entrenamiento o sudaderas enormes… y ahora esto.
Toco mi cabello, ya arreglado, y sonrío sin querer. Esben siempre ha sido así: gruñón, intimidante, capaz de romperle la cara a media Europa… y al mismo tiempo, tan absurdamente dulce que a veces creo que lo hace para torturarme emocionalmente.
Cuando bajo las escaleras, él está esperándome. Y por primera vez en mucho tiempo, lo veo quedarse quieto.
Literalmente, quieto.
Como si hubiera visto un fantasma. O peor: como si hubiera visto a mí convertida en alguien que no esperaba.
—¿Lista? —pregunta, aunque su voz suena más grave de lo normal.
—Creo que sí —respondo, intentando no tropezarme con mis propios nervios.
Bucarest se siente vibrante esta noche. Luces, edificios antiguos mezclados con modernos, calles que parecen respirar historia y glamour al mismo tiempo.
Esben conduce como si fuera inmortal, cosa que probablemente cree de sí mismo, y al final nos detenemos frente al Restaurant Linea / Closer to the Moon, uno de los lugares más elegantes y famosos de la ciudad.
Terraza en la azotea, lámparas colgantes que parecen constelaciones y un ambiente tan sutilmente lujoso que hasta el aire huele caro.
—¿Aquí? —pregunto, casi susurrando.
—Es tu cumpleaños —dice, como si eso explicara derrochar dinero y encanto sin límite.
Entrar es como aparecer en una película: mesas iluminadas con luz cálida, música suave, camareros vestidos mejor que algunos políticos y una vista panorámica de la ciudad que te roba las palabras.
Esben, camina como si él fuera el dueño del lugar… y nadie se atreve a pensar lo contrario.
La cena es hermosa. Platos con nombres impronunciables, sabores que nunca había probado, y Esben observándome de forma tan tranquila que dan ganas de golpearlo solo para que deje de analizar cada parpadeo mío.
Y de repente, aparece un pastel pequeño, delicado, con una vela solitaria.
—¿En serio? —le digo, medio riéndome.
—Calla —gruñe, pero sonríe de lado—. Es lo que hay.
Y me canta. A su manera. Mal. Fuera de tono. Pero tan tierno que me da un vuelco el corazón.
No debería sorprenderme, pero lo hace. Él, el hombre más temido del equipo de seguridad de mi padre, el que podría derribar a un tipo dos veces su tamaño con una mano… me canta cumpleaños como si fuera un secreto entre los dos.
Llevo casi seis años conociéndolo, viéndolo protegerme, regañarme, salvarme de mis propios impulsos… pero nunca deja de sorprenderme.
Regresamos a Calabria, el cambio es inmediato. Casa grande, silenciosa, pesada. El aire que siempre parece observar.
Mi padre nos espera en la entrada. No sonríe. No me abraza. No dice feliz cumpleaños atrasado ni nada que se le parezca.
Solo me mira, como si confirmara que sigo respirando.
—Llegaste —dice, con ese tono frío que ya se me hizo costumbre.
Asiento, sin bajar la mirada.
—A partir de ahora las cosas cambiarán —continúa—. Estarás a mi lado. Y seguirás con tus estudios.
Aprieto los dientes.
—He seguido con mis estudios —respondo con calma—. Solo que… de otra manera.
Su expresión no cambia. Nunca lo hace últimamente. Y aunque no lo admita, yo sé que algo se rompió en él hace tiempo. Algo que ya no sé si podrá volverse a armar.
Esben se mantiene detrás de mí, como una sombra protectora. Sé que quiere intervenir, pero no lo hará sin necesidad. Siempre ha sido así: firme, fuerte, justo. Y mío, aunque no pueda admitirlo.
O quizás solo me gusta pensarlo.
────────────────────────────