ASIA
Solo han pasado un par de meses.
Volví al instituto, sí… pero además de eso, ahora participo activamente en la organización.
—Los Belloni son una ficha clave, Asia. Con ellos tenemos asegurada toda Italia. —me repite mi padre como si yo le hubiera preguntado.
—Eso ya lo sé, padre. Pero no conozco al supuesto candidato… solo a su padre.
Lo reto con mi respuesta.
Apenas llegué, me informó de la supuesta alianza. “Alianza con un compromiso”. Incluso ya firmaron documentos.
Pero no se ha pactado cuál de todos. Aunque no soy tonta: yo soy la ficha. Pretende venderme.
Pero no me entrenó en vano.
Renzo Dellacosta me forjó.
Y eso no se olvida.
No me venderé. Yo misma haré la alianza… "y solo si me conviene".
Renzo me ha informado de todo: negocios, secretos, rutas y futuros planes.
Y ahora intenta convencerme…
—¿Candidato? —pregunta papá.
Me levanto, tomo un poco de agua y lo miro directo a los ojos.
—Sí. No conozco al hijo de Ignacio. No me casaré con un pelele. Solo si lo apruebo. O puedes desollarme, padre.
Nos quedamos en ese silencio tenso. Renzo es fuerte, cruel, posesivo… pero yo soy su hija, y aprendí bien.
—Lo conocerás luego —contesta él—. Fue a Londres a hacer una especialización. El matrimonio solo será cuando seas mayor.
No dejo de mirarlo.
Ni un parpadeo.
Salgo de su oficina y voy al estacionamiento. Me subo a mi auto y voy por Victoria.
Mi amiga desde niñas. Ella sabe muy bien quién es mi padre, pero aun así nunca me tuvo miedo.
Incluso se atrevió a mechonearme cuando tenía doce.
Llego a su casa y sueno la bocina. Sale sonriendo con una manzana en la boca.
—Pensé que no vendrías —dice.
Yo solo sonrío y arranco.
Por el retrovisor veo un par de motocicletas siguiéndome a la distancia.
Es Esben.
Siempre pendiente de mí.
Bueno… no él exactamente, sino los guardaespaldas especiales que me consiguió.
Sabe que acostumbro salir.
Sabe que, desde que volví, he vivido más intensamente.
Como hoy, que vamos a una discoteca para sacudir el cuerpo.
Llego y bailo. Río y me divierto.
Mi cerebro ha cambiado; los chicos empezaron a gustarme hace rato.
Disfrutamos la noche. Bailo, hablo y conozco a otros chicos.
Ellos no tienen ni idea de que soy la heredera de la mafia más poderosa de Calabria y sus alrededores.
Mis guardias se mantienen a lo lejos, sin interrumpir mi vida.
Están al acecho, siempre listos… pero yo he estado viviendo de forma discreta, y así, sin más, pasan los meses.
En un parpadeo, varios meses se han ido.
Casi cumplo mis diecisiete, y papá me ha estado llevando a sus reuniones.
Prácticamente ya sé todos sus asuntos.
Papá me ha enseñado secretos, cuentas, lealtades…
“A mí”.
“Solo a mí”.
Porque según él, solo un Dellacosta puede cargar con ese peso.
Ni siquiera Esben.
Hoy viajo junto a él, otra vez.
No es mi primer viaje, ni mi primera reunión de negocios.
Estamos en altamar, en un súper yate ridículamente lujoso, cruzando la Fosa de Kárpatos, esa parte del Egeo donde el mar parece una boca negra que devora todo.
Vamos camino a Turquía; ahí papá hará unos negocios, viejos amigos, viejas lealtades.
Pero papá está extraño.
No nervioso… pero sí apurado.
Revisa documentos, hace llamadas en voz baja.
Yo lo observo.
Algo no encaja.
—Asia —dice de pronto, rompiendo el silencio—. Si llegara a pasarme algo… escucha bien.
Me enderezo.
Renzo Dellacosta nunca habla así.
Jamás.
—Los secretos… los reales… los guardé en Valecross.
En la bóveda. Usa la llave negra.
Valecross.
La finca que papá no visita desde lo de mamá.
—La llave está en tu poder desde ese cumpleaños —agrega.
Recuerdo de inmediato la vieja llave pegada como adorno en un marco con una foto de papá, mamá y yo.
Mi corazón se tranca un segundo.
No le respondo; solo lo miro.
—Haz las alianzas —empieza a decir…
Estoy a punto de preguntarle por qué habla como si fuera un testamento…
cuando el yate vibra.
Una explosión corta.
Le sigue otra.
Un ataque.
Él lo sabía.
Los guardias corren por la cubierta.
Gritos.
Disparos.
El mar oscuro golpea el casco como si disfrutara el caos.
Papá me empuja detrás de una mesa anclada al suelo, respira hondo y me sostiene la cara con las manos.
—Hija… eres una Dellacosta. Tú puedes con todo esto.
Y entonces lo veo.
Una ráfaga de fuego.
Caen varios guardias.
Papá se cubre como puede; yo también lo hago.
Esben aparece de la nada, como si se materializara entre el humo.
—Esben, saca a Asia con vida —ordena papá, seco, definitivo—. Ella será la nueva señora.
No lloro, pero niego rápido.
No quiero escucharlo.
Más disparos.
Papá saca su arma y responde.
Esben también.
Pero son muchos.
Demasiados.
—¡Ya! —grita Renzo.
Y entonces lo veo.
Un disparo que atraviesa su torso.
El hombre que lo hizo.
El caos tragándose a Renzo Dellacosta.
Yo grito, pero el sonido se pierde en el viento salado.
En un segundo, el hombre más temido de Calabria cae frente a mí…
y el mar se convierte en tumba.
Me arrastro hacia él. Me mira, cubriéndose el pecho, y con su último aliento ordena:
—Termina el Acuerdo Umbra… con los Vargovic y los Petrovic. Y si te traicionan… elimínalos. Sin dudar.
Esben me atrapa fuerte y prácticamente me levanta a la fuerza.
—Vamos, Asia. Nos matarán a todos —dice, urgente.
Asiento sin pensar.
Estoy prácticamente en shock.
Mis dos padres muertos frente a mis ojos.
Esben me arrastra hasta una lancha rápida de seguridad, suelta la otra para despistar, me sube y arranca a toda velocidad.
Aunque nos están disparando…
La lancha se sacude apenas Esben acelera.
El rugido del motor corta el viento, pero no más que las balas que zumban a nuestro alrededor.
El agua salpica con fuerza, mezclada con pólvora y el olor metálico de la sangre.
Mi cuerpo no reacciona; solo siento un frío que me muerde los huesos.
—Agáchate —grita Esben, aunque su voz suena lejana, como si estuviera bajo el agua.
Me dejo caer entre los asientos mientras él maniobra como un condenado.
A nuestras espaldas, dos lanchas negras se acercan.
No son improvisados.
Son profesionales.
—¡Esben…! —apenas logro decir.
—Sujétate, Isy —responde él, usando mi apodo. —. No voy a dejar que mueras hoy.
La lancha salta una ola enorme, casi volcando.
Choco contra el borde y siento el golpe en mis costillas, pero no suelto el agarre.
Más balas.
Una pasa tan cerca que escucho el silbido.
Otra impacta el motor, pero Esben maldice y compensa la dirección con una habilidad que jamás le había visto.
—Son demasiados… —susurra, no para que yo lo escuche, sino porque se está preparando para lo peor.
Los perseguidores se acercan tanto que puedo ver sus rostros cubiertos por pasamontañas.
Uno carga un lanzagranadas.
Un lanzagranadas.
En medio del Egeo.
—Esben… —mi voz se quiebra por primera vez.
— Dámela... Le pido y el por tan solo un milisegundo voltea a verme.
Me pasa su arma.
La tomo apunto al conductor y Ban...
Cae...
Pero la otra está insistente. Volteo al frente, y entonces lo veo.
Un carguero enorme, un monstruo de hierro avanzando lento.
Esben también lo ve.
—Vamos a pasar por debajo —dice él.
—¿Estás loco?
—Más o menos. Agárrate.
La lancha de detrás duda, se abre, intentan no chocar.
Ese segundo de duda… es nuestra oportunidad.
Atravesamos la estela del carguero.
Las olas son violentas, incontrolables.
Esben se deja golpear, pero mantiene el motor a tope.
Escucho gritos.
Luego una explosión.
La lancha chocó contra el casco del carguero.
Esben gira, apunta su arma hacia atrás y dispara tres veces.
Una bala impacta el tanque de combustible de los atacantes.
Boom.
La onda nos golpea, pero ya estamos lejos.
El mar queda en silencio por unos segundos.
Solo el motor y mis respiraciones rotas.
Esben baja la velocidad.
Sus manos tiemblan.
Las mías también.
Me mira.
No dice nada.
No tiene que hacerlo.
Nos acabamos de quedar solos.
Sin hombres.
Sin padre.
Sin protección.
Solo él…
y yo.
Y una guerra que ya empezó.
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