Cap 13. Mi señora.

1395 Words
ESBEN Detengo la lancha de golpe. El motor queda zumbando, bajito, como si incluso él entendiera que no debe hacer ruido ahora. Me giro hacia Isy. Ella está sentada, rígida, con la mirada perdida en un punto que no existe. Sé que se preparó para esto... se preparó para muchas cosas... pero nadie, absolutamente nadie, está listo para ver morir a su padre. Mucho menos cuando era lo último que le quedaba. Camino hasta ella y la rodeo con los brazos. Su cuerpo tiembla apenas, como si la pulseara el frío de algo que no tiene nada que ver con el mar. —Esben... —su voz se quiebra—. Me quedé sola. Papá ya no está. Niego de inmediato. No pienso permitir que su mente caiga en ese abismo. —Te equivocas, pequeña. Me tienes a mí. —murmuro, apretándola un poco más—. Y tienes a la organización. Ahora... eres la señora. Me separo solo un segundo para inclinarme ante ella. Sí, aquí, en medio del mar. Porque su título no es un adorno; es un recordatorio de que nadie va a tocarla mientras yo respire. Ella no reacciona, no parpadea siquiera. Está demasiado rota para procesarlo... y me mata verla así. Regreso al volante y acelero hacia la isla más cercana. Necesito tierra firme, un punto seguro, algo que no esté manchado por fuego ni sangre. Tocamos la arena, la tomo de la mano. Su mano está helada, pero no la suelta. Encuentro una cabaña abandonada entre las rocas. Refugio temporal. Mejor que quedarnos en campo abierto. Llamo a mi gente de inmediato. Mi voz suena demasiado calma para alguien que casi pierde a la heredera de la organización en una emboscada absurda. Perdimos hombres. Buenos hombres. Pero no a todos, por suerte. En cuestión de horas llegan refuerzos: francotiradores, médicos, analistas, sombras silenciosas que se mueven como si fueran la noche misma. Aun así... no me siento digno de ninguno. Falle. Yo soy su jefe. Yo permití que nos emboscaran. Y lo que más me jode es que ella no debería estar consolándome con su silencio, debería ser yo quien arreglara esto sin fallarle jamás. Aunque la verdad es otra: Renzo ordenó llevar poca gente. "Operación discreta", dijo. "No dejes huella". Discreta mis cojones. Esto fue una trampa. Una con firma conocida. Hay un maldito soplón. Alguien nos vendió. Alguien quería exactamente esto: a Isy sola, vulnerable, lista para que cualquiera la reclame. O quizás muerta. Y mientras observo cómo ella intenta no derrumbarse en una silla vieja de madera, lo juro por su padre, por mis muertos y por los que siguen vivos: Voy a encontrar al traidor. Voy a arrancarle la lengua. Y voy a asegurarme de que Isy jamás vuelva a sentirse sola. Porque ahora... ahora es mía protegerla. Y no pienso fallar otra vez. Volvemos a casa al amanecer. El sol debería sentirse cálido, debería traer algo de alivio... pero hoy solo parece una luz cruel que ilumina todo lo que perdimos. Mis hombres lograron recuperar los cuerpos. De nuestros hombres ... y el de Renzo. Aún no sé si agradecerlo o maldecirlo. La casa está silenciosa, como si estuviera de luto también. Me quedo esperando en la sala, de pie, con las manos detrás de la espalda. No sé cuánto tiempo pasa, pero mi respiración se hace pesada cuando la escucho bajar las escaleras. Isy aparece con un traje n***o ajustado, sobrio, elegante. Lleva lentes oscuros, pero aun así sé que los ojos le arden. Camina hacia mí sin titubear. Está rota por dentro, pero por fuera... parece hecha de acero. No dice una sola palabra en el trayecto hacia la funeraria. Solo mira al frente, como si un hilo invisible la mantuviera entera. Yo conduzco en silencio, atento a cada sombra, cada vehículo detrás, cada posible amenaza. Perdió a su padre. "No pienso dejar que pierda algo más". Cuando estaciono frente a la funeraria, pongo una mano en su antebrazo antes de que abra la puerta. —Mi señora. Ella gira el rostro hacia mí. Nunca la he llamado así. Ni siquiera en broma. Y eso la obliga a reaccionar, aunque sea un poco. -Ahí dentro no solo está el cuerpo de su padre -digo en voz baja, firme-. Hay leones, víboras... enemigos disfrazados de amigos. Todos listos para atacar si te ven temblar. Ella me observa por detrás de sus lentes. No sé si está asustada o lista para quemarlo todo. Con ella, ambas opciones suelen ser igual de probables. Me inclino un poco hacia delante, lo necesario para que solo ella me escuche: —Debes saber que cuando entres ahí... ya no eres Asia. —Trago saliva. Me cuesta decirlo, porque sé lo que implica—. Ahora serás la Señora de la mafia catalana. Ella aprieta los labios apenas. Un gesto pequeño, pero suficiente para mostrar que lo entendió. Le abro la puerta. Y cuando baja del auto, no es una adolescente en duelo. "Es la heredera". La reina sin corona. La que todos esperarán ver caer... o temer. Yo camino un paso detrás de ella. Listo para ser el muro entre su dolor y los buitres que la esperan dentro. Porque hoy enterramos a su padre. Pero también hoy... nace la mujer que va a gobernarlos a todos. El olor a flores caras y perfume barato de mujeres peligrosas se mezcla con el incienso de la funeraria. Siento cómo a Isy se le tensan los hombros apenas cruzamos la puerta. Lo sabía. Aquí están todos los que querían a su padre... y todos los que quieren su puesto. Los primeros en acercarse son los viejos capos aliados, hombres que le besaban la mano a Renzo y ahora le miden el pulso a ella. —Mi más sentido pésame, niña —dice Vallesi, nunca ha sido discreto con su ambición—. Una tragedia lo de tu padre. Si necesitas... guía... puedes contar conmigo. "Guía", mis cojones. Lo que quiere es el trono. Antes de que abra la boca, doy un paso adelante, lo suficiente para que entienda que no se dirigen a una huerfanita. —Ella no necesita guía —digo seco—. Tiene jefe de seguridad. Pero Isy eleva una mano, indicándome que retroceda. Y yo... obedezco. —Agradezco sus palabras, Vallesi —dice ella, con voz baja pero afilada—. Pero el sucesor ya está definido. No dice quién. Qué inteligente. Que se retuerzan un poco. Otros dos capos se acercan: —Señorita, si la organización necesita un nuevo líder temporal, yo podría... —Podríamos compartir responsabilidades, por el bien de todos... La interrumpen. Grave error. —Mi padre dejó instrucciones claras —asegura Isy, sin pestañear—. Y yo pienso seguirlas al pie de la letra. Eso los calla. Un poco. Sienten la presencia de alguien más y hasta los más viejos se apartan. Ignacio Bellori. Viejo enemigo de los Dellacosta y ahora aliados. Traje gris perla, mirada de tiburón en mar privado. Se inclina levemente ante ella. —Asia. Mi familia lamenta profundamente tu pérdida. —Su voz es suave, peligrosa—. Y necesito saber si nuestra alianza sigue en pie. Yo tenso la mandíbula. Este hombre no pregunta por educación; pregunta por territorio, dinero y poder. Isy lo mira directo a los ojos. No baja la mirada. No retrocede. No tiembla. —Ignacio... hablaremos de eso después —responde con calma quirúrgica—. Ahora no es el momento. Él entrecierra los ojos, evaluándola. Muchos adultos temblarían ante él. Ella no. Y eso... eso le gusta. Demasiado. —Como desees, signorina —dice finalmente—. Estaré esperando. Cuando se aleja, los demás siguen ofreciéndose como buitres disfrazados de aliados. Ella asiente, responde con diplomacia, pero no promete nada. Y yo, observándola de cerca, empiezo a entender lo que Renzo decía: que algún día ella gobernaría a todos los que hoy la subestiman. Tras un rato, me inclino hacia ella, murmurando: —Lo hiciste bien. No vieron tu miedo. —Porque no tengo miedo —me responde sin voltear—. Tengo trabajo. La organización tiene compromisos. Y pienso cumplirlos. Sus palabras no suenan a adolescente. Suenan a líder. A Señora. A alguien que no dejará que maten el legado de su padre. Y yo... yo estaré detrás de ella, listo para derramar sangre si es necesario. ────────────────────────────
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