Cap 14. Alaboracea

1453 Words
ASIA Renzo de Dellacosta se había convertido en un hombre de acero, de piedra. Después de lo de mi madre, nunca volvió a ser el mismo. Y yo… nunca más volví a ser su Strellita. Pero aun así, verlo ahí, acostado en ese féretro inmóvil, con el cuerpo sin vida y la piel tan fría, me estremece el alma. Quisiera llorar. Quisiera gritar. Pero simplemente no puedo. Toda esa rabia se acumula en mi pecho, pesada, ardiente. Si Esben no estuviera a mi lado, no sé qué sería de mí. Aun así, mantengo la fortaleza que he tenido que forjar a golpes. Pero esta manada de buitres me harta. Sus caras largas, sus susurros, su falsa pena. Quisiera sacar el arma y dispararles uno a uno en la cabeza, solo para soltar esta rabia que llevo enterrada. Pero no puedo. No hoy. Vallesi no ha dejado de seguirme, de hacer preguntas. —¿Estás cansada? —pregunta por quinta vez. Los otros líderes también rondan, olfateando poder y debilidad como si yo fuera un cadáver más. No entiendo por qué tengo que lidiar con toda esta mierda, justo ahora. Aun así, paso el día despidiendo a mi padre. Llega el nuevo día, el día del entierro, y los buitres vuelven a aparecer como si los hubieran invocado. El féretro de mi padre desciende hacia su destino final. Lanzo una flor. Eso es todo. No quiero quedarme a ver cómo lo cubren. Me doy la vuelta para irme… pero, por supuesto, no me dejan en paz. —Niña —dice uno—, ¿cuándo nos informarán quién será el sucesor de Renzo de Dellacosta? Queremos fecha. Ese puesto no puede quedar vacío así como así. Rumores. Exigencias. Voces cobardes que no se atreven a decir nada de frente. Esben se acerca a mí, bajando la voz. —Debes ponerles una fecha —murmura—. Hay que informarles, Asia. Diles cuando sabrán del sucesor de Renzo… y su puesto. Cierro los ojos un instante. Solo uno. Asiento. Me quito las gafas y los miro uno a uno, directamente a los ojos. Quiero que sientan el peso del momento. —Ocho días —anuncio—. En ocho días sabrán quién será el nuevo sucesor. Se darán nuevas órdenes y nuevos comandos. Todo conforme a lo que Renzo dejó establecido. Y no digo más. Me doy la vuelta y me voy, dejándolos congelados en su propio silencio incómodo. Esben me sigue, me abre la puerta del auto y subo sin mirarlo. Me coloco las gafas de nuevo. No digo nada durante el camino. Al llegar a casa, voy directo a mi habitación. Cierro la puerta. Me quedo ahí el resto del día. No quiero comer. No quiero hablar. Estoy triste… aunque tampoco deseo llorar. Solo quiero estar sola. El tiempo pasa. No sé cuánto. Solo sé que la habitación sigue igual de oscura, igual de fría, igual de silenciosa… hasta que tocan la puerta. No digo nada, pero aun así Esben entra. Trae una bandeja de comida. —No tengo hambre —murmuro apenas lo veo. —No me importa —responde sin levantar la voz—. No has comido nada y vas a comer. No hay espacio para discutirle. Ni ganas. Diez minutos después, Esben termina alimentándome como si fuera una bebé. No protesto. Él tampoco lo hace. Solo lo hace… y ya. Es ridículo y tierno y triste al mismo tiempo. Cuando acaba, deja la bandeja a un lado, me acomoda la almohada y se inclina para besarme la frente. —Descansa, pequeña —susurra antes de arroparme. Se va. Me duermo sin luchar contra mí misma. Por fin descanso. A la mañana siguiente, me levanto con un objetivo claro. Lo primero que hago es ir a Valecross. La llave que llevo conmigo desde hace años cuelga de mi mano. Pesa. Pesa más que ayer. Esben ya dispuso un nuevo grupo de seguridad. Me escoltan a distancia, sin molestar. Llegamos a la finca y entro sola. Nadie cruza esa puerta conmigo. Voy directamente a la bodega. El olor a madera vieja y metal oxidado me recibe como un recuerdo que nunca quise tener. Ingreso la llave, giro el mecanismo y escucho el clic que abre toda una vida de secretos. Las luces automáticas se encienden. Hay cajas, archivos, maletines, carpetas. Sobre la mesa, varias pendrives. Las tomo todas. Junto a ellas hay contratos, documentos notariales… y un diario. "El diario de Renzo". Paso gran parte del día ahí, sentada en el suelo, leyendo, analizando, descubriendo. Alianzas ocultas. Negocios sucios. Cuentas fantasmas. Empresas que nunca supuse que existían. Personas. Aliados. Traidores. Teléfonos. Direcciones. Contactos que podrían mover ejércitos o hundir ciudades. Cuando la noche cae, ya estoy empapada hasta los huesos en la verdad. Casi enterada de todo. Y aunque duele, aunque quema… al menos ahora sé exactamente en qué mundo me dejó mi padre. Los siguientes ocho días los paso analizando, calculando, respirando poder y masticando decisiones. Mi primer paso debe ser certero… y letal, si hace falta. Convoco a los socios y aliados de la organización a una villa a las afueras de Calabria. Esben me ayuda sin preguntar nada. Sé que confía en mí. Y yo confío en él… aunque no le doy explicaciones. No las necesita: soy la heredera, le guste o no. Y él es mi segundo. Me visto para lo que voy a hacer. Traje n***o, elegante, ajustado al cuerpo. Tacones afilados. Labios rojos. La cara de la Señora de Calabria. Salgo y Esben ya me espera. Me guía, hoy con caravana de autos hasta la villa. Miro a Esben y le recuerdo con la mirada mi pedido. —¿La trajiste? —pregunto. Él asiente sin pestañear. Abre una pequeña caja y me entrega la Glock 17. La tomo y la coloco detrás de mi espalda, lista para mi uso. Bajo del auto. Al llegar, los invitados están reunidos, bebiendo, cuchicheando, midiendo el aire. Entro al salón y todos voltean a verme. El silencio se quiebra. La mayoría se acerca a saludarme, casi con desesperación. —Buenas noches, señores —digo—. Aún no responderé sus preguntas. En veinte minutos lo haré. Camino hasta la cabecera de la mesa larga y oscura. Es mi lugar. Lo ocupo. Los demás se sientan, inquietos. Inicio la reunión. —Señores, como verán, los convoqué para informarles que tomaré el puesto de Renzo Dellacosta. Soy su heredera y tengo el derecho. El murmullo estalla. Algunos se quejan. Otros se inclinan hacia sus vecinos, hablando entre dientes. La tensión sube como un incendio mal contenido. —Yo seré la Señora de Calabria —repito, marcando cada palabra. Un tipo mayor, Jovanović, se levanta con una mueca de superioridad asquerosa. —Niña —escupe—, puede que sea la hija de Renzo, pero no tiene la formación necesaria para liderarnos. No podemos confiar en una mocosa que aún se orina en la ropa. Los murmullos crecen. La desobediencia se siente. El aire se llena de desafío. Saco la pistola sin dudar, apunto a Jovanović y disparo. La bala impacta justo entre los ojos. El cráneo golpea la mesa antes de caer al suelo. La sangre salpica sobre los papeles y la cara de varios socios. En estos ocho días estudié los secretos, debilidades y fortalezas de cada uno de ellos. Se quiénes son exactamente y eliminaré la basura. Barro la mesa con la mirada. —¿Algún otro socio quiere una demostración de cómo esta mocosa puede ser la líder de Calabria? Uno de los hombres se levanta lentamente. Me mira directo, sin temblar. —Ninguno más, mi señora —declara—. Estaremos encantados de que usted tome el mando de esta organización. Se acerca y me besa la mano. Y después de él, los demás empiezan a hacerlo también. Ya no murmuran. Ya no desafían. Aceptan. A un lado de la mesa, veo a Ignacio Bellori, observando cada movimiento. Cuando la reunión avanza, él se acerca. —Señorita Dellacosta —saluda—. Su padre y yo teníamos un contrato de alianza. Un matrimonio. ¿Lo mantendremos o planea faltar a la palabra de su padre? Lo miro fijamente. ¡¿Casarme?!… No estaba en mis planes. Pero si rompo ese pacto, perderé credibilidad. Y en este mundo, eso es una sentencia de muerte. —El compromiso se llevará a cabo, Bellori —digo sin titubear—. Pero le dejaré algo claro: aunque me case con su heredero, yo seguiré siendo la señora de esta organización. —Por supuesto, mi señora —responde inclinado. Se da la vuelta para irse. —Quiero conocerlo —lo detengo. —Como ordene . —dice, y se retira. ─────────────────────────────
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