Cap 15. Cassiano Bellori

1456 Words
CASSIANO Londres siempre huele a lluvia y a prisa. A mí me gustan las dos. Entro al Aurum & Ash, un restaurante tan exclusivo que el maitre solo inclina la cabeza ante viejos apellidos… o cuentas bancarias capaces de comprar el edificio completo. Llevo el traje azul noche echo a medida, de marca italiana. Es lo único que realmente me queda impecable en este país húmedo. Dejo caer mi abrigo sobre el brazo de un camarero como si fuera un trapo caro. Mi padre ya está ahí, sentado con la espalda recta, mirando por el ventanal como si Londres le perteneciera. Ignacio Belloni, cabeza de la Familia Belloni, la cual controla el tráfico Portuario Siciliano Somos “Los Dueños del Estrecho” Controlamos tráfico, contrabando, puertos privados y más... Sí, somos buenos. Muy buenos. Yo estudie Economía y gestión de riesgos globales. Y ahora curso un posgrado en London School of Economics. Ignacio se levanta al verme y me da un beso en cada mejilla, como dicta la tradición siciliana. —Cassiano —dice, con esa voz que siempre suena a sentencia—. Tenemos que hablar. Perfecto. Odio cuando empieza así. Tomo asiento sin quitarme el reloj, y antes de que pueda pedir un espresso doble, él suelta la bomba: —Renzo Dellacosta ha muerto. Yo sonrío. No por gusto, por cálculo. —Entonces esta es nuestra oportunidad, ¿no? Papá… los Bellori pueden tomar la batuta. Nápoles, Sicilia, Calabria… todo. Es el momento. Ignacio niega con la cabeza, lento. Demasiado lento para ser algo bueno. —Renzo dejó una heredera. Y es tu prometida. Frunzo el ceño. Las palabras me saben amargas. —¿heredera? ¿En serio? No pienso casarme con quella picciridda insoportable. Tengo una vida, tengo planes, tengo una mujer que vale la pena. Ya le pedí matrimonio. Mi padre apoya las manos sobre la mesa, sus ojos verde oliva clavándose en los míos como cuchillos. —No vas a faltar a tu palabra. El pacto Belloni–Dellacosta se cumple. Tienes un mes para viajar a Calabria. Mi señora desea conocerte. Lo dice mi señora y algo dentro de mí se revuelve. —¿Desde cuándo te vuelves un pelele, eh? —le escupo, sin medir. —¿Desde cuándo le debes reverencia a una cría que heredó un imperio que ni siquiera sabe sostener? ¿De verdad vas a dejar que te dome? Ignacio no espera a que termine. Su mano cruza el aire y me descarga una bofetada que hace girar mi mandíbula. —Cállate, idiota. No sabes quién es ella. No sabes hasta dónde llega el poder de los Dellacosta. Esa “niña” por fuera puede parecer frágil… Pero tiene los pantalones bien puestos. —O los huevos, si prefieres pensarlo así —añade con desprecio. Me quedo quieto. Frío. Rígido. Porque por primera vez, empiezo a sospechar que casarme con Asia no será un trámite. "Será una guerra". Exactamente ha pasado un mes y hoy, por cosas del destino o del maldito infierno, voy rumbo a Calabria a conocer a mi supuesta prometida. Anna lloró cuando se lo dije. Aún cierro los ojos y puedo ver cómo las lágrimas caían por su hermoso rostro. Y eso me mata. Voy con el enojo a mil, porque tuve que explicarle a mi amor. “Mi verdadero amor”. Anna de la Russell, mi novia desde hace más de cuatro años, la mujer a la que ya le había prometido matrimonio, que ahora tengo que faltar a mi palabra por culpa de esa chiquilla caprichosa que heredó un imperio que no merece. Bajo del auto junto con papá. Hoy hay una reunión con algunos socios; Paolo dará informes sobre la actividad portuaria, y los Dellacosta deben pagarnos ciertas cuotas pendientes. Lo primero que noto es el dispositivo de seguridad. La heredera está más protegida que el mismo Renzo Dellacosta en sus mejores días. Francotiradores en los techos, guardias por todos lados, escáneres corporales para detectar desde armas hasta malas intenciones. ¿De verdad tanto para una picciridda sin experiencia? Entramos al salón. Hay pocos presentes, figuras de peso. Saludan a papá; yo hago lo mismo por cortesía, no por gusto. Y entonces los escucho: tacones. Firmes, rítmicos. Dueños del lugar. Volteo… y ahí está. Sus ojos Verde grisáceo esmeralda chocan con los míos, color aceituna. No parpadea. Me examina de arriba abajo, lenta, calculadora. Y luego, con esos labios rojos perfectamente delineados, esboza una sonrisa que no es ni amable ni cordial. Es un desafío. Mi padre corta la tensión como un cuchillo en mitad de una cuerda floja. —Mi señora… mi hijo, Cassiano Bellori. Ella inclina apenas la cabeza, sin quitarme los ojos de encima. —Vaya, Bellori… me sorprende. Tu hijo es guapo. ¿Perdón? ¿Qué le pasa a esta chiquilla? ¿Acaso cree que soy un perro al que describe en una feria? Me pasa por el lado y ni siquiera se digna a dirigirme la palabra directamente. Solo esa frase… y luego me ignora. Y entonces lo veo: el hombre que camina detrás de ella, casi a su sombra. Rubio, alto, musculoso, barba larga, traje n***o de corte militar. La vibra de quien puede matar sin pestañear. Es su jefe de seguridad. Su guardián. Su muro. “Esben Rask”. Originario de Dinamarca. Un experto en armas, estrategia y ataque. El último hombre fiel de Renzo. Y por la forma en que se posiciona a su lado… Puedo jurar que no solo le es fiel. Es su lugar seguro. Paolo termina de hablar y ella recibe los informes como si fueran estampillas de correo, no cargamentos de millones. Primero revisa lo de narcotráfico. Luego lo de los contenedores. Sus dedos se mueven rápido, fríos, sin titubear. Paolo la observa con un respeto casi infantil. Mi padre, también. Ignacio «el hombre más temido de Sicilia y Nápoles» espera su aprobación. ¿En qué momento mi padre pasó de ser un lobo a un perro obediente? Cuando terminan de entregarle todo, varios de los socios se levantan. El salón se va vaciando hasta quedar solo nosotros cinco: mi padre, Paolo, Esben, ella… y yo. Ella le dice algo en voz baja a su jefe. No logro escucharlo, pero sí veo su rostro endurecerse un segundo. Esben niega, apenas, con un gesto casi imperceptible. Pero obedece. Da un paso atrás. Luego otro. Se retira a un punto más apartado del salón, pero no lo suficiente como para no intervenir si alguien respira mal cerca de ella. Ella mira a mi padre. —Tomemos asiento, Ignacio. Y lo que más me hiere no es su voz, sino lo rápido que mi padre la obedece. Se sienta. Me mira. Me indica que haga lo mismo. Yo respiro hondo y me dejo caer en la silla frente a ella. Se acomoda, cruza una pierna sobre la otra y, sin quitarme los ojos de encima, anuncia: —El compromiso Bellori se llevará a cabo… pero renegociaremos los términos. Me arranca el aire del pecho. —No. No se renegociará nada, niña. Tu padre lo dejó por escrito. Ella sonríe. Cínica. Segura. Como si yo fuera una distracción simpática. —Es eso o se termina la alianza Bellori. Y espero mi reembolso de inmediato. Siento a mi padre temblar. Temblar. Nunca había visto algo así. —¿Qué quiere exactamente? —pregunta Ignacio, rendido. Y eso me parte en dos. Ella está por responder, pero me levanto de golpe. La silla rechina. Me giro para irme. Estoy harto de esta pantomima. Y entonces, por primera vez, me habla a mí. —Mañana te espero en mi casa, Cassiano. Quiero conocerte. Me quedo frío. Literalmente frío. Reacciono, avanzo un paso hacia ella y me le planto cerca, mirándola fijamente. —Pues a mí no me interesa conocer a una chiquilla que se cree reina porque lo ha heredado todo. Ella no pestañea. No se inmuta. Ni una vibración. —No me creo —dice despacio, firme, venenosa—. Lo soy. Trago saliva sin querer. La muy… lo dice como si fuera un hecho universal. —Haremos citas una vez al mes, hasta la boda —añade. Como si fuera lo más lógico del mundo. Como si yo ya fuera suyo. Luego se inclina hacia mi padre, dándole la espalda a mi furia como si no valiera la pena. —Setenta por ciento de las ganancias —enumera—. Acciones en la portuaria. Y enviaré un inspector a su empresa. Mi mandíbula cae un milímetro. Paolo traga aire como si se ahogara. Mi padre palidece. Ella acaba de ponerle una correa al cuello a todo el clan Belloni. Y lo peor… Es que lo hace sonriendo. ────────────────────────────
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD