Cap 16. El prometido.

1531 Words
ESBEN Me sigue pareciendo increíble la fuerza que carga esta mujer en los hombros. "Mi pequeña Isy"… La hija de Renzo, la heredera de este mundo de mierda, y aun así caminando como si la vida no pudiera romperla. O como si ya la hubiera roto y decidió no quejarse. Durante la semana del entierro se encerró en el despacho. Cualquiera pensaría que fue a llorar, pero no; Isy no llora. Y si lo hace, debe ser cuando duerme… o cuando nadie respira cerca. Lo que sí hizo fue examinar cada contrato, cada socio, cada miserable que alguna vez tuvo una alianza con Renzo. Y lo hizo con tanta calma, tanta frialdad, que hasta yo, que la vi crecer, me quedé helado. Y justo me sorprende disparándole a Jovanović . Un viejo socio serbio de sonrisa asquerosa que quiso jugar para ambos bandos. Casi me da un infarto. Mi plan era hacerlo hablar, sacarle hasta el apellido de la abuela antes de enterrarlo. Pero no… mi jefa se adelantó y lo mandó con los suyos. Así es ella. Y así me deja sin respiración. Mientras ella limpia el infierno que heredó, yo sigo buscando al desgraciado que entregó a Renzo. Solo sé una cosa: no venían por él. Venían por ella. Por Asia Dellacosta. Mi señora. Mi pequeña. Por eso redoble su seguridad, aunque a ella le molesto. Mejor que se enoje conmigo a que la entierre junto a su padre. Ha pasado un mes… y sigue olvidándose de comer como si fuera un detalle irrelevante. Pero yo siempre se lo recuerdo. Así que siempre entro al despacho, o a su habitación, y le doy comida como si fuera una chiquilla testaruda y no la mujer que dirige Calabria. Hoy no es diferente. Llego a la mansión, pregunto por protocolo. Siempre por joder, porque ya sé la respuesta. — ¿Comió mi señora? Magaly niega con una mezcla de fastidio y lástima. — La niña no ha comido nada, señor Esben… como siempre. Perfecto. Una vez más. Preparo una sopa nutritiva, un jugo y un salmón ahumado. Luego voy directo a su oficina. Toco… pero entro de inmediato. Ya debería saber que no le dejo opción. Toc-toc. — No has comido nada, Isy —digo avanzando—. ¿Qué tanto haces?.. Mi sonrisa se evapora cuando veo que revisa los documentos de la Alianza Bellori–Dellacosta. Oh, mierda. Aquí vamos. — Mañana será la reunión con los Bellori —murmura ella sin levantar la vista. La palabra Bellori me hace temblar. No lo demuestro, pero por dentro me rompo. — No necesitas casarte, Isy. —Me acerco, la voz me sale más baja, más honesta—. Puedes anular eso… renegociar… cualquier cosa. Un compromiso así no… Ella levanta la mirada. Dios. Ojos verde-grisáceos. Fríos. Hermosos. Mortales. — Mañana conoceré a mi prometido. El aire se me corta. Niego, doy la vuelta al escritorio y tomo sus manos. Lo hago como su segundo… pero también como el hombre que la vio crecer, que la cuidó, que la protegió de Renzo, del mundo, y hasta de ella misma. — Eres la señora de Calabria, Isy. No necesitas esto. No conoces al tipo. Un matrimonio es complicado… aún eres muy joven. No lo hagas. Pero Asia Dellacosta es igual de necia y decidida que su padre. — Ya tomé mi decisión, Esben. Cumpliré con la alianza. — Ni siquiera conoces al tipo —insisto, intentando no sonar desesperado. Ella se encoge de hombros, como si hablara del clima. — Su padre es guapo, debe serlo. La miro. No sé si matarla o encerrarla en un cuarto acolchonado hasta que recapacite. — Esa lógica tuya va a meterte en problemas… —murmuro. Ella sonríe apenas. Ese gesto mínimo que me destruye. — Y tú piensas seguir alimentándome como si tuviera cinco años —responde. — Si, porque si no lo hago, te desmayas en una reunión, O en cualquier lado.—digo con media risa. Ella arquea una ceja. — No creo, tu siempre me alimentas. — Eres mi pequeña Isy —susurro. Ella suspira. Cierra los documentos. Finalmente toma la sopa. Y yo me quedo ahí, mirándola, con un nudo en el pecho. Porque mañana conocerá a su prometido. Y yo… Yo solo soy Esben. El segundo de la organización. El que la cuida. El que la alimenta. El que la ha visto renacer de cenizas. Y, joder… El que no puede perderla. Es el día siguiente… y aquí estoy, plantado en la sala al lado de las escaleras, como un idiota demasiado temprano para admitirlo. Entonces la veo. Y me quedo sin aire. Isy baja los escalones como si el mundo estuviera obligado a inclinarse ante ella. Traje n***o a medida, tacones de punta, labios rojos como sangre fresca… y ese cabello corto, rebelde, que le enmarca la cara con un descaro que no debería ser legal. “Demonios”. Se ve demasiado hermosa. Demasiado madura. Demasiado… peligrosa. Baja, firme, sin una palabra. Le ofrezco el brazo y lo toma; su mano es pequeña, cálida, gélida al mismo tiempo. Caminamos hacia el coche. Ella sigue en silencio, como si cargara un imperio encima y no quisiera que se le moviera un ladrillo. Subimos. Yo no aguanto más. — Espero que hoy no asesines a nadie —murmuro, ajustando el cinturón. —. Que desastre dejaste... cuando mataste al serbio. Ella gira el rostro hacia mí. Lenta. Letal. Y luego sonríe. Una sonrisa coqueta, medio traviesa, medio amenaza divina. — No planeo usar la pistola —susurra—. O eso espero. Genial. Eso no me tranquiliza ni un poco. Llegamos al edificio donde será la reunión, respiro hondo. O lo intento. Entro detrás de ella. Los socios ya están presentes, algunos aliados, otros enemigos disfrazados… y, por supuesto, los Bellori. Mi sangre se enfría. Ignacio Bellori está ahí, con su elegancia de tiburón viejo. Y junto a él… Él. "El prometido". Me cuesta no temblar, pero me sostengo. El tipo es alto, demasiado. Cabello oscuro, n***o. Piel clara, mandíbula cincelada, barba de tres días, hombros anchos… ojos verdes, joder, iguales a los de Ignacio pero más jóvenes, más arrogantes, más intensos. Claro. Isy tenía razón. El padre es guapo. El hijo también. Perfecto. Esto no me va gustar. La reunión empieza. Yo permanezco a su lado, como siempre. Y me sorprende verla moverse como una reina helada: cada palabra medida, cada gesto calculado, cada silencio más amenazante que un arma cargada. La admiro. Y también quiero sacarla de ahí y esconderla en una caja fuerte. Todo va relativamente bien hasta que siento su pisada suave acercándose a mí. Se inclina apenas, sin llamar la atención. — Esben… ¿podrías darnos un poco más de privacidad? —susurra. ¿Qué? — No me gusta darte privacidad —murmuro entre dientes. Ella gira la cabeza hacia mí con esa mirada que Renzo tenía cuando iba a destruir un país entero. — Solo hablaré con mi prometido. Con mi futuro esposo. Mi estómago cae hasta el piso. — ¿Es en serio? ¿Planeas casarte? —digo casi sin voz. Ella no frunce el ceño. No se molesta. Ni siquiera se pone seria. Solo dice, suave… imperiosa… — Obedece. Me muerdo la lengua. Retrocedo unos pasos. No me voy, por supuesto. No soy estúpido. Me quedo a la distancia mínima que me permite escuchar absolutamente todo. Porque claro que voy a escuchar la maldita conversación.... Ignacio lo presenta, Pero noto que mi Isy lo trata como a un perro, el tipo se indigna. Pero mi sonrisa se borra cuando . hablan de la alianza. De uniones. De compromisos. Ignacio accede a sus deseos, ella los tiene,y ellos lo saben. Pero mis fosas nasales se expanden, estoy que reviento de rabia. Y todo se pone peor cuando ella le dice. —Mañana te espero en mi casa, Cassiano. Quiero conocerte. El tipo, camina hacia ella, yo alisto mi arma. Son los dueños de las portuarias, pero no dejaré que le haga daño a mi señora. —Pues a mí no me interesa conocer a una chiquilla que se cree reina porque lo ha heredado todo. —No me creo Lo soy. Termina y el tipo queda en ridículo. Ella sigue hablando sin inmutarse. —Haremos citas una vez al mes, hasta la boda. Luego le da la espalda y hablan de negocios con Ignacio. Pero yo… Yo me quiero arrancar la camisa y gritarle que no, que no puede, que no debe. Pero me mantengo firme. Mordiendo rabia. Mordiendo orgullo. Mordiendo todo lo mordible. Porque mi señora, mi pequeña, acaba de aceptar. La reunión termina. Cuando volvemos a casa, me es imposible quedarme callado. —¿Por qué diablos aceptas ese matrimonio? El tipo te desprecia, ¿es que no lo notaste? —le digo. Pero ella hace como si nada. —Todo, pero ¿dónde está la diversión, eh? Voy a ponerle la correa a ese can. Yo niego. —¿Y si ese perro te muerde, Isy? No quiero que salgas lastimada. —Entonces iré a ti, Esben. Tú me curarás… Y con tan solo esas palabras, quedo callado. ─────────────────
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