Adriano se movía con una precisión meticulosa, observando cada detalle del hospital desde las sombras. Había pasado días estudiando los movimientos de los guardias y el personal médico, buscando el momento perfecto para ejecutar su plan. El secuestro de Mateo no era solo una venganza; era una declaración. Sabía que arrebatarle a Valen lo que más amaba lo destruiría de una forma en que las balas jamás podrían. Era una noche tranquila. El ajetreo del día había disminuido, y el hospital se sumía en un silencio casi reverencial. Adriano, vestido con un uniforme de personal médico que había conseguido sobornando a un enfermero, caminaba por los pasillos con una confianza que no levantaba sospechas. Su mirada fría y calculadora escaneaba cada rincón, cada salida de emergencia, mientras su mente

