Clara llegó a una ciudad pequeña pero llena de encanto y movimiento turístico. Su principal atracción eran sus playas de arena blanca y su arquitectura colonial, lo que le daba el flujo constante de visitantes que ella necesitaba para mantenerse oculta. Bajó del autobús con una mochila al hombro y una determinación férrea de no ser reconocida. Sus pasos eran rápidos, y su mirada evitaba cualquier contacto. En el reflejo de una vidriera se vio: su rostro cansado, ojeras marcadas y su cabello aún castaño. Era la imagen de alguien en fuga, y eso la alarmó. Necesitaba un cambio inmediato. Encontró una pequeña peluquería en una calle secundaria, donde una mujer mayor la atendió con calidez. —¿Un cambio radical? —le preguntó mientras examinaba su cabello. Clara asintió con firmeza. No quería

