Estaba sentada frente al gran mueble rojo observando sin parpadear aquella caja de regalo color negra que llamaba mi atención desde que había llegado a casa. No tenía remitente ni envoltorio. Me pregunté una y otra vez quién podría obsequiar algo así. —Ya llegaste a casa cariño —dijo Alan mientras entraba por la puerta. —Sí, me pude desocupar antes del trabajo y quise venir a darte una sorpresa, pero la caja ganó mi atención. —La viste... —No la he abierto, supuse que era para ti. —Sí, mi compañero de trabajo prometió en enviármela. —Alan ya hemos hablado sobre traer el trabajo a casa. —Lo sé, pero es inevitable —besa mi frente como si intentara esconder algo—, y no la puedes abrir. —Eso es injusto —me levanto de mi silla—, ¿por qué no la puedo abrir? —Quizás no te guste lo que va

