El sol asomaba tímidamente entre las cortinas de seda, tiñendo la habitación de tonos dorados. El murmullo de las voces, los pasos apresurados y el suave zumbido de los secadores eran la sinfonía que despertaba el nuevo día. La habitación estaba colmada de estilistas, maquilladores y asistentes, todos trabajando con precisión alrededor de una sola figura: Aysha Widman. Sentada frente al gran espejo, con una bata blanca de satén que apenas cubría su piel de porcelana, Aysha apenas podía respirar de la emoción. Tres días habían pasado sin ver a Scott, y cada segundo se le había hecho eterno. Dos noches en aquel castillo inmenso, frío por fuera, pero fascinante por dentro, solo habían servido para aumentar su deseo por él. Lo había recorrido con Jen, su mejor amiga, entre risas nerviosas y

