Habían pasado algunos días desde el extraño ataque de Jen. El ambiente en la casa aún se sentía denso, como si algo oculto se deslizara por los pasillos, invisible, pero atento. Naomi era bien aceptada por todos, y aunque siempre fue tratada con respeto, las conversaciones con sus suegros eran escasas. Cada quien parecía vivir en su propio mundo dentro de aquel castillo imponente. Por eso le sorprendió tanto cuando doña Anel la invitó a tomar un café en uno de los salones privados. Naomi aceptó con cortesía, aunque por dentro no sabía qué esperar. —Gracias por venir, hija —dijo la mujer con un tono sereno, sentándose frente a ella junto a una mesa decorada con flores frescas y tazas de porcelana fina. Naomi asintió en silencio, y luego, intentando romper la tensión, sonrió. —Claro, no

