Después de cuatro días de lucha constante contra el frío implacable, el grupo por fin llegó a los alrededores del Gran Castillo de Bastian. Una noche más, a lo lejos, la silueta de Naomi. Su figura, apenas perceptible entre la bruma, lucía un vientre levemente abultado. No estaba sola. Roky, el cinocéfalo, la custodiaba de cerca. Sus pasos, sus movimientos, todo lo que hacía estaba vigilado y dirigido por aquella criatura que obedecía ciegamente a su amo. —¿Live… cuántos crees que hay dentro? —preguntó él, con la voz tensa, mirando a la cambiaformas. Ella ya no era la misma; su energía se evaporaba como tatuajes derritiéndose bajo el sol. Su cuerpo parecía quebrarse con el viento. Algo dentro del castillo, algo que solo Bastian poseía, la llamaba. —Muchos… —respondió ella con voz apagada

