El silencio reinaba en la mansión, solo interrumpido por los relámpagos que rasgaban el cielo, anunciando la llegada de una tormenta. Habían pasado varias horas desde el incidente. Naomi había mandado arreglar una cama en una de las habitaciones del ala este para recostar a su amiga, quien, tras recibir una transfusión, se encontraba estable. No obstante, no había dirigido una sola palabra a Scott desde que todo comenzó. Su frialdad le caló hondo. Inquieto, él había optado por salir al lobby en busca de un trago que quemara el nudo que llevaba atorado en la garganta. Sabía que eventualmente tendría que explicarlo todo, pero no sabía por dónde empezar. Jen, por su parte, no había dejado de relatar su terrorífica historia sobre leones gigantes de acero, un delirio que parecía esconder una

