Urgida de sexo

1000 Words
LINA Apenas crucé la puerta del edificio, sentí que todas las miradas se clavaban en mí, aunque seguramente solo era mi imaginación jugando en mi contra. Tiré disimuladamente de la falda hacia abajo y avancé con pasos tensos hasta el mostrador. —Buenos días, tengo una entrevista a las once —dije, intentando sonar segura. —¿Tu nombre? —preguntó la recepcionista, sin levantar mucho la vista de su pantalla. —Lina Torres. —Acompáñame —respondió mientras se levantaba. Subimos juntas en el ascensor. Ella pulsó el botón del noveno piso. Yo, como acto reflejo, empecé a enredar un mechón de cabello entre los dedos. —Tranquila, el señor Paredes no muerde —comentó, como si pudiera leerme la mente. Le regalé una sonrisa que no llegaba a los ojos. En cuanto las puertas se abrieron, me condujo a una sala pequeña con dos sillas y una mesa con revistas. Apenas me senté, ella me dejó sola. Un par de minutos después, escuché una voz masculina decir mi nombre. —¿Lina Torres? Me puse de pie enseguida. El hombre que me llamaba no tenía nada de intimidante: barba recortada, gafas, barriga incipiente… Treintañero, quizá. Sin duda, el famoso señor Paredes. Lo seguí a su oficina. Me senté frente a él, respirando hondo. —Ernesto Paredes. Soy el dueño de esta empresa. Tú aplicaste para el puesto de secretaria, ¿cierto? —Sí, señor. —Y dime algo… ¿una chica tan atractiva como tú necesita este trabajo? ¿No te iba bien como modelo? Me incomodó esa sonrisa ladeada con la que acompañó su comentario. Algo no me cuadraba. —Creí que esto sería una buena oportunidad —respondí, midiendo cada palabra. —Entiendo. Cuéntame sobre tu experiencia. * Un cuarto de hora después, la entrevista terminó. —Te llamaré mañana con una respuesta —dijo, como quien cierra un trato sin mucho entusiasmo. —Gracias por su tiempo —murmuré antes de salir. Al pisar la calle, lo primero que hice fue revisar el teléfono. Por quinta vez ese día. Y como las otras veces… nada. Una semana había pasado desde aquella cita tan prometedora con Leo. Una semana desde que me dijo que me escribiría. ¿Y aún nada? ¿En serio? ¿Será que me ilusioné sola? No quería suponer cosas, pero tampoco podía ignorar el silencio. Tal vez debería ser yo quien le escriba. Estamos en 2025. Ya no es pecado dar el primer paso… ¿o sí? Bueno, ¿qué es lo peor que puede pasar? ¿Hacer el ridículo? Respiré hondo. Escribí. “Hola.” Lo envié. Ya no había marcha atrás. Esperé un rato. Minutos que se sintieron como horas. Luego revisé. Visto. ¿Visto? Fruncí el ceño. Tal vez estaba ocupado. Le daría unos minutos más. Caminé en dirección a casa, pero el impulso me ganó a mitad de camino: volví a mirar. Seguía igual. Visto. La decepción fue instantánea. Me sentí tonta. ¿Para esto me animé a escribirle? ¿Para que me ignorara como si nada? Qué imbécil. Respiré profundo. “No me importa”, me repetí. Aunque sí que me importaba. Pero a veces hay que mentirse un poco para no venirse abajo. Además… ni era para tanto. ¿Verdad? * Había pasado algo así como un mes desde que mandé mi solicitud. Aún recuerdo la emoción que me invadió cuando recibí la llamada con la noticia: el trabajo era mío. Fue un momento de alivio... por fin podría empezar a echarle una mano a mi mamá con los gastos de la casa. El trabajo me gustaba, lo disfrutaba de verdad. Lo que no me entusiasmaba tanto era mi jefe. Siempre tiene un comentario fuera de lugar o una mirada demasiado intensa. Yo hago lo posible por mantener la compostura, aunque a veces se me escapa una mueca o una mirada que lo dice todo. Me da asco, pero finjo no notarlo. Y no, no he pensado en “ese sujeto”. Ya sabes quién. El que se supone que no debería estar en mi cabeza. Ni siquiera quiero recordar la cita “normalita” que tuvimos… o eso quiero creer. Cuando recibí mi primer sueldo, sentí que me lo había ganado de verdad. Quería darme un gusto. Algo solo para mí. Así que me fui a las tiendas, con la intención de celebrarlo sin pensar demasiado. * Caminaba con bolsas en ambas manos cuando pasé frente a Victoria's Secret. Algo me impulsó a entrar. Necesitaba renovar mi ropa interior, y el momento se sentía perfecto para eso. Me dejé llevar y elegí dos conjuntos. Uno rojo oscuro, atrevido y elegante, que resaltaba con mi piel morena. El otro blanco, suave, con un aire inocente que sabía no encajaba conmigo, pero igual me atrajo. En el probador, me desnudé sin prisa. Me puse el conjunto rojo y me miré al espejo. Me sentía hermosa. Mi silueta siempre me gustó: curvas marcadas, cintura estrecha, pecho generoso y unas caderas que heredé de mamá. Me sonreí. Entonces, sin querer, mi mente volvió a aquella vez. Mi única experiencia s****l. Tenía 19. Fue con un exnovio. Todo duró lo que dura un suspiro y, sinceramente, no fue nada memorable. Ni siquiera llegué a terminar. Suspiré, más por curiosidad que por tristeza. ¿Cómo se sentiría realmente tener un orgasmo durante el sexo? Porque claro, los he tenido, pero siempre sola, conmigo misma. Y entonces, como un rayo, apareció su nombre en mi cabeza: Leo. ¿De dónde salió eso? ¡No, Lina! ¡Concéntrate! Me quité la lencería, me puse mi ropa habitual: jeans ajustados, top sin mangas. Pagué sin mirar atrás y salí. El sol estaba en su punto, así que decidí ir caminando a casa. Las asas de las bolsas se me marcaban en las manos y solté una queja ahogada al ver las marcas rojas en la piel. Fue entonces cuando escuché pasos detrás de mí. Me tensé. —¿Te doy una mano?
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD