Caballero de la noche

1503 Words
LEO Apenas cruzamos la puerta del edificio, la guié hasta mi auto. Mi chofer ya se estaba moviendo para abrirnos, pero con un gesto firme de cabeza lo detuve. Esta vez quería encargarme yo. No sabría decir si fue porque el tipo ya tiene sus años y no quería molestarlo... o porque quería que Lina viera que también podía ser atento. Quizás era una mezcla, pero se inclinaba más hacia lo segundo. Llegamos a la limusina. Caminé con paso firme y me adelanté para abrirle la puerta. Me agradeció con una sonrisa, y noté que el tamaño del coche contrastaba mucho con su pequeña figura. Sin pensarlo, le tomé la mano para ayudarla a subir. Su piel era suave, cálida... me estremecí cuando la soltó. Subí detrás de ella. El chofer arrancó en silencio. —Gracias por aceptar venir conmigo esta noche —le dije. —¿Aceptar? Ni siquiera preguntaste. Solo dijiste un “te espero ahí”—, dijo entre risas. Estaba por contestarle, pero sonó mi teléfono. Respondí, resolví el asunto rápido y lo guardé. —Podías haber atendido tranquilo —comentó. —Prefiero no hacerlo cuando estoy con alguien que me importa —repliqué, negando con la cabeza. Pero el teléfono volvió a sonar. No disimulé el fastidio. —Contesta, seguro es urgente —dijo, con tono comprensivo. Respiré hondo antes de responder. —¿Qué pasa? —Jefe, hay un tema en el almacén. Necesitamos que venga. —Encárgate tú. ¿O para qué te pago? —No importa... perdón por molestar —balbuceó. —No quiero más llamadas esta noche —y colgué sin más. Cuando volví a mirar a Lina, tenía el ceño fruncido. —Eso estuvo de más. No deberías tratar así a la gente que trabaja contigo. —No puedo darme el lujo de ser blando con todos. —Pero conmigo sí eres distinto —dijo, casi en tono de reproche. —Tú no eres "todos", Lina. Sonrió. Y yo, sin querer, también. No era algo que me saliera fácil... pero con ella, sucedía. —¿A qué te dedicas exactamente? —preguntó, girándose hacia mí. Mi vista se desvió un segundo a su escote. Me mordí el labio y aclaré la garganta. —Digamos que hago negocios. —¿Del tipo legal o del otro? —Eso te lo cuento otro día —respondí, exagerando mi acento italiano como si con eso pudiera esquivar el tema. —¿Ese acento...? ¿De dónde es? —Nápoles. Me mudé aquí siendo adolescente. —¿Me enseñas a decir algo? —Claro. Repite: sei molto attraente. —Sei molto attraente —repitió. —Y ahora: e non vedo l'ora di scoparti. —E non vedo l'ora di scoparti —dijo, tropezando un poco. —¿Sabes lo que acabas de decir? Ella negó, intrigada. —Me acabas de confesar que te mueres por llevarme a la cama. Se puso roja de inmediato, y no pude evitar reírme. —Bueno, ahora lo sabes —me dijo, atrevida, y me descolocó por completo. —Estás jugando con fuego —dije, todavía sorprendido por su respuesta. —Jefe, hemos llegado —interrumpió el chofer desde el asiento delantero. Bajé primero y me dirigí hacia su lado. Abrí la puerta y le ofrecí la mano. El desnivel era pronunciado, y sabía que con esos tacones necesitaría apoyo. Ella saltó con mi ayuda. Cuando me soltó, volví a extrañar el calor de su tacto. —¿Es esto… el Central Town? —preguntó con asombro. —¿Te gusta? —dije, sintiéndome algo vulnerable. ¿Y si lo encontraba exagerado? —Me fascina. Nadie había hecho algo así por mí —susurró, con los ojos brillando apenas. —Hay muchas escaleras. Te llevo en brazos. Antes de que pudiera protestar en serio, ya la tenía cargada estilo princesa. —Igual lo ibas a hacer aunque te dijera que no —dijo entre risas. Tal vez la excusa era que llevaba tacones... pero la verdad, quería tenerla cerca. Rodeó mi cuello con los brazos y yo sentí su piel rozar la mía. La cabeza me empezó a volar con pensamientos que no venían al caso. Subimos sin prisa. Noté que se tensó. —¿Peso mucho? —Pareces hecha de aire, Lina. Al llegar a la cima, la bajé con suavidad. Rodeé su espalda con la mano y la guié hacia la mesa que ya había preparado. —Reservé el edificio por un par de horas. En breve vendrá un camarero a tomar nota. Le corrí la silla, y se sentó dándome las gracias. Me acomodé frente a ella. Todo iba demasiado bien. * LINA —La llevé a Starbucks... porque olvidé cómo se llamaba. Me eché a reír apenas lo dijo. Era tan absurdo que no podía evitarlo. Leo tenía ese raro talento para arrancarme carcajadas hasta en los momentos más tontos. —¡Qué evolución! De Starbucks a una cita en el Central Town... eso es un salto serio—, le dije entre risas. —No suelo complicarme tanto, pero contigo vale la pena el esfuerzo—, murmuró con una sonrisa que hizo que se me encendieran las mejillas. Terminé la última cucharada de mi cheesecake de fresa y aproveché el momento para cambiar de tema antes de que me derritiera por completo. —Mi primera cita fue un desastre total. El tipo pidió lo más caro de la carta y, justo después, se “perdió” en el baño. Nunca volvió. Esperaba que se riera conmigo, pero frunció el ceño y su mirada se volvió helada. —¿Cómo se llama ese idiota? ¿Y dónde vive?—, preguntó con una seriedad que me dejó sin palabras. Me reí, pensando que era una broma... pero no lo era. —No es para tanto, Leo—, traté de bajarle el tono, pero él seguía esperando. —Bueno... se llamaba Iván Serrano. Nunca me dijo dónde vivía, eso sí—, dije con una media sonrisa. Algo me decía que, si él llegaba a encontrarlo, se lo tendría merecido. Vi cómo sacaba un bolígrafo del bolsillo, anotaba el nombre en una servilleta y se la guardaba con total naturalidad. Cualquiera se habría asustado, pero yo no. De hecho, me gustaba. Me hacía sentir protegida. Había algo en su forma de tomar el control que simplemente me atraía. Era esa energía de “yo me encargo” que te hacía sentir a salvo incluso en medio del caos. —Su cuenta, señor—, dijo el mesero, interrumpiendo mis pensamientos. Leo lo despachó con un leve movimiento de cabeza. Busqué mi bolso, pero antes de que pudiera sacar la cartera, su voz me detuvo. —Tú no pagas. Guárdalo. Lo hice sin protestar. No iba a discutir con él por eso. * —Gracias por esta noche. Me divertí más de lo que imaginé—, le dije cuando ya estábamos en la puerta de mi casa. —Me alegra saberlo, porque planeo repetir la próxima semana—, dijo con confianza. —Tal vez si lo preguntas en lugar de anunciarlo, tengas más suerte—, le respondí con tono juguetón. Soltó un suspiro teatral. —¿Lina, aceptarías salir conmigo de nuevo la semana que viene? —Acepto, Leo. Así sí—, le respondí con una sonrisa. Nos quedamos mirándonos en silencio. No había necesidad de palabras. —Ya es tarde. Debería entrar—, dije en voz baja. Lo vi asentir, pero también noté la sombra de decepción cruzar por su rostro. Me armé de valor y me acerqué. Me puse de puntillas y pasé mis brazos alrededor de su cuello. Sentí cómo se tensaba al principio, pero luego me rodeó con fuerza, como si no quisiera soltarme nunca. En sus brazos, me sentía protegida. Solo quedábamos nosotros. Y por primera vez en mucho tiempo, me sentí completamente segura. —¿Y este quién es, Lina?—, escuché la voz de mi madre desde la puerta, con esa típica entrada de madre. Salté hacia atrás como si me hubieran atrapado haciendo algo prohibido, y Leo me soltó con algo de duda. —Mamá, él es Leo. Leo, mi madre. —Con razón Lina es tan guapa—, dijo Leo, tomándole la mano y dándole un beso. —Encantador el chico... —, murmuró mi madre, sonrojándose como una adolescente. —Pasa, Leo. No te quedes en la puerta—, lo invitó, dando un paso atrás. —Me encantaría, pero debo irme ya—, respondió él con una mirada amable. Ella asintió, con un poco de decepción, y volvió adentro, dejándonos solos. —Hasta pronto, Leo. —Nos hablamos luego, Lina—, dijo, antes de darse la vuelta y alejarse. Entré al apartamento, cerré la puerta y me quedé apoyada en ella, con la sonrisa más tonta del mundo clavada en la cara. Esta vez, lo sentía en los huesos: algo real estaba empezando. Y espero no equivocarme.
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